LA COLUMNA DE HORACIO

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Si siempre se ha hablado del “crimen organizado” es porque la maldad puede alcanzar estructuralmente el valor de las instituciones que se crean para el bien. Así como la amistad puede ser el inicio provechoso de planes y empresas, el trato entre humanos tiene que incluir algún reverso.

De infamias, conveniencias o condescendencias. El “dejar pasar, dejar hacer”  se cumple porque con frecuencia alguien dice que “sobre todas las cosas, ese tipo es mi amigo”.

Una cínica sabiduría popular enemiga de la profilaxis proclama que “el verdadero amigo se conoce en la cárcel y en el hospital” donde los que están en desgracia necesitan solidaridad.

Esta máxima parece tener sentido en que para delinquir con éxito y envergadura conviene disponer de muy buenas relaciones sociales, incluyendo el ámbito político.

Dime cuántos amigos tienes en los partidos y en las instituciones y te diré cuánto vales. En todas las épocas se ha sabido de personas que desestimaron cargos en gobiernos.

A Trujillo algunos relacionados se lo dijeron en su propia cara: “Jefe, me basta con su amistad. Cada vez que usted venga a mi pueblo no deje de venir a mi casa”.

A partir de la pública evidencia de nexos efectivos con el que manda, muchas puertas se abren solas.

Memorables búsquedas de impunidad han comenzado con sendas tacitas de café en alguna sala de recibo. Allí brindan el que quiere ser pecador y el canchanchán de arriba que encierra algún potencial para hacerse de la vista gorda.