LA COLUMNA DE HORACIO

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El respeto a los “asuntos internos” entre países es una construcción teórica para contradecir con sordina las leyes de la física y a la sociología. Meterse hasta la tambora en casa ajena puede parecer que tiene un sentido diferente si se manejan apropiadamente los conceptos y las relatividades. Pero lo que nunca va a ocurrir es que en algún lugar se pueda vivir a espaldas de los otros seres del planeta. Las líneas asépticas entre territorios son para vacas y caballos. La gente nace con intereses y desvelos que trascienden los espacios  con amores y odios.

Hugo Chávez se jactaba de que regalaba gasolina y gas dentro de las fronteras de Estados Unidos para herir el orgullo de sus gobernantes; y luego se queja, con gesto enmascarado, de que Leonel sea consecuente con la realidad y le salve la campana a Zelaya y a Lobo al mismo tiempo. Ninguna ayuda a Haití hubiera llegado todavía si primero tenía que reunirse el congreso de Puerto Príncipe, que aún hoy tiene  a casi la mitad de sus miembros aplastada bajo escombros, para aceptar o no a las apresuradas manos extranjeras que acudieron en auxilio tras el terremoto.

Los pocos haitianos que alcanzan a vivir con cierta suficiencia hace tiempo que están haciendo provecho de las soberanías ajenas, asentándose de manera desbordada en Estados Unidos, Canadá y República Dominicana aunque esos países preferirían que se quedaran en la aridez, atraso y miseria de su lugar de origen. ¿Qué sería de las economías de muchas  naciones si tuvieran que prescindir de las remesas que les envían las hordas migratorias que lanzan al exterior con visa y sin visa?