LA COLUMNA DE HORACIO

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Ya me convencí de que casi por definición, los automóviles resultan un instrumento de alta peligrosidad  y bastante  destructivo, cuya creación el Señor se cuidó de dejarla a la decisión de los hombres para no correr con la bíblica responsabilidad de agregarle gravedades al diluvio y las plagas. Ha causado en mi fuerte impacto la información periodística que revela  que millones de vehículos han salido de fábrica con defectos  tan terribles como es el  de acelerarse ellos mismos contra el deseo y la voluntad de sus conductores. Siempre hemos creído que para constituir un medio   eficiente para el homicidio o para originar   múltiples fracturas y desangramientos, lo más determinante era que las máquinas fabricadas en Japón y otras partes del mundo cayeran en manos de choferes irresponsables de esos que se agremian tan pronto como compran licencias de conducir en Obras Pública para, a partir de ahí, lanzarse como bólidos y chivos sin ley (como bien dice Amet) a convertir las calles en junglas de asfalto con fieras rodantes.

Conocido el hecho, ahora temo incluso a la ironía de que los talleres de mecánica  de la cultura callejera que arropa a República Dominicana acepten el desafío de esas “fallas de origen” de la industria automotriz como una tontería absolutamente manejable. Ya de viejo, los “expertos” criollos se las han arreglado para que la gente más temeraria e infractora siga tomándose  las calles para ella en ruinosas y decrépitas unidades del transporte, cacharros de sobrepasada vida   útil cuya circulación actual parecería el fruto de un milagro.