LA COLUMNA DE HORACIO
Bellas mulitas de carga infame

El consumo de estupefacientes, generador de adicción y de daños físicos y emocionales, está además vilmente asociado a un tráfico ilegal y sin pulcritud basado en  bolsitas cuyos contenidos hacen unos feos recorridos por el interior de individuos de baja calaña antes de llegar a los destinatarios.

Llama la atención el  que alguien para drogarse tenga que aceptar que las porciones a consumir estuvieran previamente en la denigrante compañía de jugos gástricos y humores intestinales de procesos que de ordinario deben desembocar exclusivamente en los sistemas sanitarios y no ir a parar a las manos y narices de la gente. Hay polvos de esos que tras salir de la industrialización en Colombia ingresan al inevitable envejecimiento de un vuelo trasatlántico al calor visceral de un italiano, griego o español que a lo mejor un día antes estuvo hartándose de chicharrones en Villa Mella para luego forzar al organismo a hacerle espacio a la clandestina mercancía.

Los jefe de tráfico sabrán, gracias  a la acumulación de resultados que conocen, cuáles fosas ventrales son, según la nacionalidad, las de mayor capacidad y ritmo puntual de funcionamiento. Supongo que las tales mulas son obligadas a una estricta programación de funciones intestinales. Jamás podrían “dar del cuerpo” en el avión a un costo de miles de dólares en pérdidas para la desgraciada mafia en operación. Pero me cuentan que también son interceptadas con cierta regularidad hermosas mujeres repletas de sustancias prohibidas, auténticas muñecas andantes que cualquier consumidor quisiera tener entera para sí, en atención a su parte exterior, pero que debe conformarse con lo que de ellas salga por la ruta de las excreciones.

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