LA COLUMNA DE HORACIO
El látigo sin mazorca en el ahora animado Haití

Años atrás la Comunidad Internacional metió su brazo armado en la tierra de Toussaint y Dessalines, más preocupada por lo insurreccional que por lo gástrico, aún cuando está bien sabido que es difícil amansar a un tigre o a las masas si tienen el estómago vacío.

Las tropas de la ONU se aparecieron con fortalecidos y albos carruajes nutridos de plomo, soldados bien comidos  y cascos bonitos, pero sin muchas libras de arroz y petit salé  para disparar directamente sobre el hambre.

Los ilustres sabios de la Asamblea General, que siempre están alertas a la ingobernabilidad, estudiaron, en medio de una de las crisis recurrentes del vecino Estado, el mal average institucional, sin pasar a alguna página siguiente que expusiera los horrores del insuficiente  conteo de calorías y nutrientes que tan expandido ha estado siempre. Pasó a resultar que la estabilidad haitiana depende exclusivamente, y en pura apariencia, del poder de persuasión de vehículos artillados que solo podrían impresionar por largo tiempo a la gente que haya desayunado y tenga claridad de juicio y un mínimo de interés por llegar con vida al próximo turno de comer en el día, y esa no abunda en el Haití de nuestras penas.

En ese país que ellos pretenden disciplinar, hubo en sus orígenes noches  de afilados cuchillos para las gargantas de los amos y, luego, cuando ya no había más cabezas que cortar, pasaron a morir los bosques y la capa vegetal. Un pueblo en miseria extrema no pregunta cuántos son, sino dónde están los verdugos.

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