LA COLUMNA DE HORACIO
Haciendo mutis en  porciones diferentes

He comprobado que la llamada fuga de cerebros es algo más que una figura retórica y que algunas personas siguen entre nosotros aunque su racionalidad parezca haberse ido a otra parte. Cualquier trabajador de mecánica que nos haga las cosas al revés, al punto de que después se funda el motor o los frenos queden  peor que lo que estaban o la ignición sirva menos que antes tenía que tener su cabeza en otro sitio cuando “arregló” el auto.

A lo mejor al otro lado del canal de la Mona esperando  a su dueño. Recuerdo un caso civil de la tía Gertrudis, que Dios tenga en la gloria. Un intento de despojarla de su tierrita la obligó a ir a Justicia y quiso economizar lo más que podía contratando a un abogado poco exigente en honorarios pero menos aún en el manejo de procedimientos. Un individuo  que en el contencioso lo más que puso fue toga y e birrete, pues continuamente la que tenía que intervenir con desespero por su propia causa fue la tía. La mente del supuesto defensor brilló por su ausencia.

Tengo un amigo de elocuencia y teorías al que acepto tazas de café. Sus ideas son cristalinas y sus premisas en el análisis suelen dejarme sin palabras. Pero si a alguna mesa cercana a la que estamos pasa a ocupar sitio una mujer fuera de lo común, de escotes pronunciados y falda corta, su verbo pierde acento; el hilo se le va y con él la capacidad de tratar los temas.

Me consta que su cuerpo sigue ahí pero que su imaginación se va a otra parte. Percibo sin embargo que hay cerebros que no viajan fácilmente. Nunca una cajera de supermercado me ha cobrado de menos por estar lejos de su asunto. La posibilidad de un descuadre contable al final de la jornada le impide  a su atención emigrar.

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