LA COLUMNA DE HORACIO
Más hojas y frutos o a
Dios que reparta suerte

Irremediablemente, ya no hay otra forma de mirar a las verduleras y demás emisarios que traen productos del campo para los supermercados  que no sea como los verdaderos heraldos de la fe en los alimentos.

Ya era tiempo de que la risible batata, el menospreciado guandul y la perecedera lechuga ocuparan lugares más dignos en la atención de la gente.

El más contundente e irónico reproche  a la  trascendencia cobrada por artilugios que nos hacen víctimas de la rapidez y esclavos de la comunicación  sería que en vez de los periódicos  emerger día a día repletos de ofertas de celulares, todos pudiéramos encontrr   en sus espacios formas  más expeditas de adquirir remolachas, papas, rulos y el exaltable anón que sana y alimenta.

A causa de una manipulación mercadológica, dentro de la gastadera a  que estimula el libre comercio, todos llegamos a creer que adquirir un iPop, o llevar colgada una lap top es más importante que preparar un arroz con maíz en casa. Y sucede que al ritmo de los acontecimientos actuales, nadie podrá  llenar el estómago para recuperar energía mientras al mismo tiempo, y con superfluas adquisiciones colmamos de  dinero los bolsillos de chinos, y japoneses, fabricantes de aparatos menores que nos han convertido  en robots de consumo.

Gran momento es este en el que la berenjena va camino a desvivirnos. En este país ningún espacio  será dejado sin sembrar con tal de salvarse del hambre. Los víveres deberán acabar el culto con que el dominante  mercantilismo ha llenado nuestras vidas. O cultivamos más y nos alimentamos como debe ser o no podremos seguirle el paso al expoliante consumismo.