LA COLUMNA DE HORACIO
Un desmantelamiento con excusa legal

Recientemente un grupo barrial enfurecido linchó a un hombre que fue sorprendido  fundiendo cables eléctricos que la noche del día anterior había sustraído dejando al vecindario  sin luz. Muchos  rufianes hacen lo mismo por todo el país: usan el fuego para dar un aspecto diferente a los objetos metálicos  que roban. Luego  las piezas refundidas llenan furgones que salen por las aduanas con toda la aprobación de las autoridades, dando vigencia a un insólito renglón de exportación  que ha puesto a la República a competir en el mercado del cobre aunque no hay aquí un solo yacimiento de ese mineral.

La prensa ha informado del robo de sables a estatuas de  Máximo Gómez y Gregorio Luperón, entre otros, y de la tarja de Caamaño en la avenida del Puerto, antes de que su busto fuera también descabezado en el mismo lugar. En pocos meses, el costoso sistema  de iluminación de la autopista Las Américas fue robado cuatro veces. A pesar de lo hiriente y escandaloso de estos desmantelamientos, los exportadores de metales suelen decir tranquilamente: “nosotros solo compramos desechos metálicos” para despachar cargamentos. 

La transformación clandestina logra que  objetos patrios parezcan  piezas intrascendentes. Se puede vaticinar que el vandalismo que nos va dejando sin metales en las vías públicas va a seguir porque el valor que deberían tener  las autoridades para enfrentar ese problema parece que era de hojalata y también fue hurtado. Las decisiones contundentes escasean. Se emprenden  muchas mediaciones y pocas ejecuciones y al limbo han ido a parar los  conflictos  entre  Chevron y transportistas,  entre  las compañías de gas y  las gasolineras y entre   Caribe Tours y los caciques regionales.

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