LA COLUMNA DE HORACIO
Una relación cómplice de policías y civiles

Aumentar la presencia de agentes en las calles para prevención no debe hacerse sin reducir antes el costo de la vida o mejorar sus ingresos. Hablamos de que los huevos  y el pan deben volver  a 50 cheles, el arroz a doce pesos  y el pollo a 15 y aun así tendríamos poca garantía de que los guardianes de la ley estarán bien físicamente y mentalmente fuertes para las tentaciones de los bienes que a veces desarreglan conductas.

En verdad desde que un plato de comida comenzó a salir por más de 25 pesos hace años, el raso fue empujado hacia cualquier “informalidad” para  no morir de hambre con su familia. Su mayor lucha ha sido para  completar el presupuesto del hogar que el chequecito no cubre, y debe lograrlo a las buenas o a las malas. Le sirve de mucho el hecho de que en la vida civil  abunda la conmiseración. Los guardias y los agentes  siempre han tenido tarifas rebajadas  para cines y espectáculos y en los talleres a donde llevan sus motos destartaladas.

La ciudad está llena de negocios, grandes  pequeños,  que se inclinan a dar  “asistencia” al polizonte de turno, ese que cada semana llega con un mensaje: “comando, siempre estamos por aquí para cuidarlo”. Es como decirle a la caja registradora que se abra ella sola. Al sargento que impresiona a pulperos y  almacenistas le va  mejor en sus relaciones con la comunidad que con el jerarca  que lo puso en nómina. Se  trata de una  forzada solidaridad hacia la tropa de los mal pagados que el Estado manda a “prevenir”.

Pero a la hora de que en vez de una ronda por día sean tres, y que haya por las calles más alistados pasando necesidades, el civil tendrá que huir no solo de la delincuencia. También de los remedios puestos al efecto.

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