La corrupción

Es sorprendente lo mucho que puede afectarle a usted, a la economía, a las empresas y a las naciones enteras, porque es universal… ¿De qué hablo? De la corrupción, de ese vicio que afecta a todas las regiones del mundo y a todos los niveles de la sociedad, aunque, según expertos, el efecto es mayor en países en desarrollo.

Resulta que el término corrupción proviene de la combinación de dos palabras en latín: romper y corazón. Ese sentido metafórico significa justamente la pérdida de la esencia de un objeto o valor. Porque es la acción y efecto de corromper (depravar, echar a perder, sobornar a alguien, pervertir, dañar). El concepto, según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), se utiliza para nombrar al vicio o abuso en un escrito o en las cosas no materiales.

El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, expresó que: “La corrupción engendra más corrupción y fomenta una cultura destructiva de impunidad”.
Después cuestionamos la degeneración institucional, pero no nos damos cuenta que lo peor de todo, es que la corrupción está afectando al bienestar subjetivo de esta sociedad también por su impunidad, vive atroces momentos de frustración, fatalismo y depresión. Un estado de ánimo que, sin embargo, empieza a dejar paso a la indignación y al deseo de hacer justicia con sus propias manos buscando cambiar la situación.

Y no solo hablo de la corrupción política, de esa que se refiere al acto de abuso de poder para sacar un provecho, generalmente económico, que no responde a las funciones que ese poder asigna, sino en general, porque hay varios tipos, está la corrupción en la literatura y lingüística que puede darse cuando una palabra es utilizada de forma diferente de la que establece su definición, o la corrupción en informática, porque el almacenamiento de los datos no es un acto infalible, y también la corrupción de menores, sometiéndolos a realizar actividades como la prostitución, y demás.

El tráfico de influencias, el soborno, la extorsión y el fraude son algunas de las prácticas de corrupción, que se ven reflejadas en acciones como entregar dinero a un funcionario público para ganar una licitación o pagar una dádiva para evitar una clausura. Y sus efectos tienen un gran alcance: pueden socavar la estabilidad política, social y económica, e incluso, amenazar la seguridad de la sociedad en su conjunto.

Para crear conciencia contra esta lacra y difundir el valioso papel de la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción a la hora de luchar contra ella y prevenirla, la Asamblea General de las Naciones Unidas designó el 9 de diciembre como Día Internacional contra la Corrupción, con el objetivo de este día promover mensajes, campañas y acciones que resalten la importancia de prevenir y luchar contra la corrupción a nivel internacional. La intención es contribuir a que los miembros de la sociedad interioricemos esa percepción subconsciente de que defraudar es algo lícito y aceptable. Debemos unirnos contra la corrupción para el desarrollo, la paz y la seguridad. Urge erradicar la tolerancia y benevolencia ante la corrupción, así como esa falta de conciencia y desmotivación social por cumplir las leyes.

Aunque ya hay quienes han pasado de una actitud de tolerancia a otra de indignación y rabia. Y me huele a peligro eso de que nos estemos enfadando tanto así, porque estamos ignorando el cambio que está surgiendo en la cultura mundial, ya no somos colectivistas, sino individualistas. Eso mina la corrupción porque si pensamos a nivel individual vemos que no nos aporta nada, por lo que se hace cada más ineludible la necesidad del endurecimiento de las leyes para estas situaciones y de una reforma política generalizada.
*La autora es Psicóloga Clínica