La crítica filosófica del arte: Tres momentos

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El momento posmoderno. La crítica filosófica del arte ha tomado plena conciencia de esos fenómenos llamados modernidad y posmodernidad estéticas. Esto equivale a decir que ella ha asumido los cambios, las rupturas y las innovaciones formales que se han producido en el ámbito del arte y la cultura, y que cuestionan radicalmente los antiguos cánones estéticos.
Un aporte valioso de la crítica posmoderna del arte radica en haber incorporado a la teoría estética la reflexión sobre las nuevas modalidades artísticas. Muchos fenómenos estéticos ocurren hoy bajo el signo de la síntesis creadora. Los procesos de fusión e hibridación son propios de la sensibilidad posmoderna. Desde las últimas décadas del siglo XX se registra una integración cada vez mayor de medios, géneros y disciplinas. Todo eso ha dado lugar a lo que nos rodea: un arte emergente, híbrido y “raro”.

Bajo este nuevo enfoque, el concepto tradicional de obra de arte entra en crisis hasta casi caer en desuso. En estética se habla hoy en sentido amplio de texto para referirse a las obras de arte, literarias y visuales. Se habla de leer un cuadro como si fuera un texto, es decir, un tejido de relaciones. Toda obra pictórica, toda imagen visual debe ser considerada como un texto. Toda imagen es una forma compositiva. El cuadro se lee de modo integral como un conjunto de forma y sentido.

Pero también a partir de ahora todo se problematiza. Cada vez gana más terreno un supuesto que cuestiona nuestras aparentes certezas: que lo bello y lo feo en la estética y la moda, o lo bueno y lo malo en arte y literatura, se vuelve hoy imposible de decidir. Se rompen así los viejos cánones o patrones estéticos que nos permitían valorar la creación artística. El anything goes (“todo vale”) posmoderno penetra todo el ámbito de la actividad humana: la economía, la política, la moral, la comunicación, la vida cotidiana, pero de modo particular el arte y la estética. ¿El relativismo estético es aquí principio fundador o corolario? ¿Es el arte contemporáneo producto del pensamiento y la visión personal de su creador? ¿O es más bien resultado del uso privilegiado de nuevas técnicas y tecnologías?

Un rango distintivo del pensamiento estético contemporáneo es la denominada “revolución lingüística”. Esta revolución consiste en la toma de conciencia sobre el valor del lenguaje. Esto es: la conciencia de que el pensar tiene lugar mediante el lenguaje, de que todo pensamiento se concreta en una determinada forma y estilo. Hay una diferencia esencial entre la estética romántica y la estética de nuestra época (llamada posmoderna): mientras la primera está arrebatada por la ciega inspiración, la segunda es demasiado consciente (aun de sí misma), analítica, escéptica desde el punto de vista epistemológico, incluso sobre el valor mismo del arte y del lenguaje. Si la primera no tiene conciencia de sí, la segunda es demasiado autorreflexiva.

Autorreflexividad: autoconciencia del lenguaje. El lenguaje –también el lenguaje del arte- se piensa a sí mismo. Habla de sí y para sí. Autorreflexividad: la obra de arte también se piensa a sí misma. Sólo que ya no habla del mundo –su referente-, sino de sí misma. Pensemos en ese movimiento autorreflexivo de la escritura señalado por Barthes. La escritura reflexiona sobre su propio origen. Escritura en el primer grado: escribo. En el segundo grado: escribo que escribo. De ahí la tarea pendiente: escribir sobre la escritura. Algo análogo pasa con el denominado “texto artístico”: este también reflexiona sobre su propio origen. Se desvincula así de su tradicional función referencial e incluso emotiva para afirmarse casi exclusivamente en su función metalingüística. Resultado: puro narcisismo del lenguaje artístico, del “texto artístico” absorto en una terca y obsesiva contemplación de sí mismo. A fuerza de pensarse a sí misma, la obra se vuelve corrosiva y disolvente, narcisista. Demasiado autoconsciente y formalista.

Hoy es preciso superar las visiones insuficientes y reductoras del arte. Me refiero tanto a la visión romántico-moderna como a la posmoderna. El enfoque semiótico del arte nos podría ayudar en esta tarea. Hablo de ver y comprender el fenómeno artístico en su carácter sígnico. El arte no es propiamente expresión de los sentimientos y las emociones del ser humano, sino más bien símbolo –o mejor, signo- de tales sentimientos y emociones. Como signo, apela a una lectura, a una interpretación, a una descodificación, nunca acabada, nunca completa ni definitiva. El arte no es simple medio para un fin, ni tampoco fin en sí mismo: es un tránsito, una mediación, puente desde y hacia algo. Revelación del ser, revelación del hombre y del mundo, del hombre-en-el-mundo. El arte siempre tiende puentes sobre el abismo de nuestra existencia.

Charles Baudelaire, poeta y crítico de arte francés del siglo XIX, resumía la naturaleza dual del arte en estos términos:

“Elijo, si se quiere, los dos escalones extremos de la historia. En el arte hierático, la dualidad se deja ver a la primera ojeada: la parte de belleza eterna no se manifiesta más que con el permiso y bajo la regla de la religión a que pertenece el artista. En la obra más frívola de un artista refinado perteneciente a una de esas épocas que calificamos demasiado vanidosamente de civilizadas, la dualidad se muestra igualmente; la porción eterna de belleza estará al mismo tiempo velada y expresada, si no por la moda, al menos por el temperamento particular del autor. La dualidad del arte es una consecuencia fatal de la dualidad del hombre”

Es preciso, hoy como ayer, asumir plenamente esa dualidad fatal e irreductible del arte y de la obra de arte. Superar el momento posmoderno de la crítica filosófica del arte conduce necesariamente a repensar el arte y la cultura como totalidad y no como fragmento, como acontecimiento y no como espectáculo, como espacio de acción y territorio de sentido y no como simulacro o mero instrumento de dominación política.