La cultura y su valor

Mientras Platón excluía a los poetas de su magna obra titulada “República”, en una insólita, por original, declaración de la “inutilidad” de su función creativa; al mismo tiempo, regresaba Ulyses a los brazos de su fiel y muy prudente amada Penélope, tras veinte años de épicas batallas, descritas minuciosamente en la “Odysea”, magistral poema atribuido a Homero.
Platón transitaba por el campo de la filosofía; Homero, a su vez, lo hacía por los senderos de la inspiración poética. Ambos en la Grecia Imperial, sentaban los cimientos de la vasta cultura occidental.
En el presente, vivimos los años mozos de la época denominada por el gran filósofo polaco Zygmunt Bauman (1925), como “modernidad líquida” o posmodernidad, durante la cual van disminuyendo gradualmente los habitantes de la Tierra que recurren a los tesoros del saber, por considerarlos “inútiles” ante el delirio materialista imperante. El planeta gime ante la displicencia generalizada en la consecución de los nutrientes intangibles que alimentan el intelecto. Estos, reemplazados a su vez, por remedios materiales que sacian los ímpetus a veces incomprensibles, de su desviada realidad. En consecuencia, el “homo oeconómico”, lleva la delantera en la carrera para sustituir y aun aproximarse al “homo sapiens”. ¿Pero, se preguntan algunos, de qué sirven los deleites del espíritu, si tantos son los focos de atención que nos dirigen hacia los indispensables requerimientos de la población consumista?
A esta interrogante de la actualidad, responde en el siglo pasado, el genial filósofo y escritor español, Miguel de Unamuno, que : “Sólo el que sabe es libre, y más libre es el que más sabe. Sólo la Cultura da libertad. No proclaméis la libertad de volar si no das alas; no la de pensar, si no das pensamiento”. Para terminar diciendo “La verdadera libertad que hay que dar al pueblo es la cultura”.
Somos, sin duda alguna, mitad materia que compone la armadura del animal viviente que vino al mundo; y como tal, comemos, hablamos, nos movemos, defecamos y hacemos el amor, entre otras actividades; pero sobre todo, sobresalimos en la creación porque somos los únicos seres provistos de la venerada capacidad de pensar, lo cual nos distingue orgullosamente de los demás animales y otros entes. Y tanto necesita nuestro cuerpo de los alimentos para poder sobrevivir, como también requiere nuestra mente del combustible intangible del saber, para con estas herramientas, hacernos siempre más libres y más felices.
Deplorable debe ser la realidad de los analfabetos, y aun de algunos que simplemente desestiman las bondades que ofrece la cultura, puesto que en una mente y una mirada vacías de tantos conocimientos distanciados de los rudimentos del diario vivir, se ven obligados a conformarse sólo con lo esencial, siendo ellos incapaces de analizar y conceptuar sobre los infinitos recursos de que disponemos en esta posmodernidad, para colmar cada uno dentro de su propia capacidad, esta efímera existencia terrenal, disfrutando así del conocimiento que nos brinda todo este grandioso universo.