La de nunca acabar

La problemática israelí-palestina es “la de nunca acabar”. De hecho en el Apocalipsis, último libro de la Biblia, se habla del Armagedón, de la última gran batalla que se dirimirá en la sabana del Meguido.

Palestinos e israelíes proceden del mismo tronco: Abraham. Pero por cosas del destino, las famosas doce tribus de Israel tomaron diferentes caminos. Dios condujo a Moisés y a los israelíes que durante siglos habían habitado en Egipto como esclavos, prácticamente. Y los condujo a la “tierra prometida”. Y por esa tierra se están matando hoy israelíes y sus hermanos palestinos, gente de la misma sangre, pero divididos, principalmente, por la religión. Mahoma fue el líder de esa división, cuando declaró que ”solo Dios es Dios y Mahoma su profeta”. Y hoy, los mahometanos, seguidores ciegos del Corán de Mahoma, son capaces de cualquier cosa, por tremenda que sea, porque morir por la causa del profeta les dispensaría su vuelo directo al paraíso, donde le esperarían 53 vírgenes para su usufructo personal. Y gente que aquí, en la Tierra, está pasando todo tipo de penalidades, aunque sus países tengan más petróleo que agua, ve como una bendición el “morir por la causa”.

No importa que Israel sea una nación “que cabe en el Cibao y sobra tierra”. El caso es que cuando fueron dispersados por todo el mundo por Tito Vespasiano, en el año 70 de nuestra era, el propósito de cada judío era…”el próximo año, en Jerusalen”, la ciudad de David y la capital de su reino.

Y cuando, ¡por fin!, en el 1948 las Naciones Unidas, reunidos sus miembros en un patinadero de Brooklyn, decidieron crear los estados de Israel y Palestina, los primeros, bajo el mando de David ben Gurión (David hijo del León) y Golda Meir, no perdieron tiempo e Israel fue una realidad rápidamente.

Pero Jerusalén fue convertida en una ciudad abierta, dominada por los ingleses. Los árabes no se dieron por vencidos, y en lugar de emprender la creación del estado palestino, les dio con guerrear contra Israel y su lema fue echar los israelitas al mar. Y así vinieron la guerra de independencia, la del 1956, la del 1967 y otras más en las cuales, a pesar de que cinco ejércitos árabes trataron de conseguir su objetivo, los israelitas vencieron siempre, sin importar que se enfrentaba cada soldado israelita contra 15 árabes.

Y fue en el 1967 que los israelitas decidieron apoderarse de Jerusalén, como siempre habían deseado, expulsando a la mayoría de los palestinos que en la ciudad habitaban. De ahí en lo adelante los problemas han aumentado. Los palestinos exigen que la Jerusalén vieja, la de las ocho puertas en sus murallas, sea la capital de su nunca hasta ahora creado estado. Y han pasado 56 años desde que las Naciones Unidas decidieran la creación de ambos estados. Hoy, Israel es una potencia mundial, con presencia económica en los grandes países del mundo. Pero también es una potencia militar. Recuerdo la Guerra del Golfo, en el 1990, cuando Saddan Hussein bombardeó Israel con más de una docena de misiles. Los israelitas no contestaron ese mortífero fuego, haciendo caso a una petición norteamericana.

Jerusalén es hoy una ciudad vieja y nueva. Fuera de las tres veces milenarias murallas se ha construído una moderna Jerusalén.Pero los palestinos insisten en que la vieja sea su capital.

Ariel Sharon, militar retirado, vencedor de la guerra del 1967, es hoy el primer ministro de Israel. Mantener a su pueblo unido es una misión que solo Dios puede realizar. Y la política, la siempre mahaldada política, podría ser la cuña que divida a los israelíes, abriéndole el camino a sus enemigos.

Hay que recordar que Jesús advirtió que pobre de aquellos que hicieran daño a su pueblo. Los cristianos, los auténticos cristianos, saben esto. Pero los árabes no lo saben. Y de ahí todo lo que está pasando en la Franja de Gaza y otras regiones.

La paz israelí-palestina solo la puede lograr el Ser Supremo. Y yo no creo que El deje a su pueblo a la deriva. Pero como también le dio al ser humano libre albedrío para escoger entre el bien y el mal, dos caminos bien definidos, los israelíes, obnubilados por la política y sus ambiciones, pueden errar en la decisión, llevando este milenario problema hasta la sabana del Meguido y el Armagedón.