La decadencia de una opción absurda

En el marco de una especial coyuntura caracterizada por una confusión lamentable, un pueblo, prisionero de una abrumadora campaña demagógica, vio en Hipólito Mejía la posibilidad de su redención social. Mejía fue presentado como “un hombre sencillo de pueblo, técnico eficiente y capaz y empresario exitoso”, que en el período gubernamental de 1978 a 1982 había resuelto todos los problemas de la agropecuaria dominicana. Montado en el gran mito de su famosa gestión en la Secretaria de Agricultura, Hipólito llegó a creerse lo que la publicidad decía de él, que era un superdotado capaz de hacerle frente a todos los problemas del país. Con su llegada al poder se resolverían todos los problemas nacionales. No valió que el PLD realizara una racional, pero desoída, campaña para poner en evidencia las incompetencias de Mejía para ocupar la posición de presidente de la República, al final la demagogia dio sus frutos. El país cayó en manos de un hombre sin las más mínimas condiciones para gobernar.

La ya celebre entrevista del presidente Mejía con el periodista Jorge Ramos, de la cadena Univisión ha puesto en evidencia el “real y verdadero” Hipólito Mejía, un político conchoprimesco que no respeta las necesarias “liturgias del poder”. Un hombre que personaliza las acciones de gobierno, y parece tener una pobre idea de las diferencias entre lo público y lo privado, amén de ser un atrevido codicioso del poder político. La imagen que a diario se proyecta es la falta de escrúpulos a la hora de ejercer el poder. Para muchos dominicanos, conocedores de la historia del país, Hipólito Mejía comienza a ser comparado con Jiménez, aquel político jugador de gallos, y a quien había que llevarle los decretos que debía firmar a la gallera. Ciertamente Mejía “no se ha sentado a gobernar”.

Da mucha pena oír a un presidente, que se vendió al país como un hombre de palabra, explicar que para él ahora la política es el arte de mentir. Es lo que se desprende de su respuesta a la pregunta sobre sus aspiraciones reeleccionistas. Pero en Hipólito también la política se ha convertido en el arte de la hipocresía. Después de haberse pasado mas de tres años justificando su política de endeudamiento público, ahora de buena a primera, en la XIII Cumbre Iberoamericana, celebrada en Santa Cruz, Bolivia, se despacha con un discurso denunciando la agobiante deuda externa que afecta a los países en vía de desarrollo y demandando una solución justa y duradera que garantice un flujo de recursos adecuado. Es previsible que en el futuro inmediato lo escuchemos culpar a los países que nos han prestado dinero de ser los responsables de la deuda externa dominicana.

Hipólito Mejía ha constituido una opción política absurda. Durante la campaña electoral del 2000, una amplia mayoría de la población fue algo más que benigna con los desatinos de Mejía. Por mucho tiempo hasta se le celebraron sus malos chistes, y, durante los dos primeros años, enormes torpezas nunca fueron puestas en evidencia, y hasta se llegó a sostener que estaba realizando una buena gestión. En el ínterin, Hipólito gozó del carguito. Hoy, la realidad le está dando en la cara a todo el mundo.

Puede afirmarse que las consecuencias que tendrá que enfrentar el pueblo dominicano, producto de los desaciertos de este gobierno, representarán un costo social inconmensurable. Si bien ya parte de ese costo se está padeciendo, de aquí a agosto del 2004, “queda mucho por ver y por hacer”, y en ese sentido habrá que esperar hasta el final del gobierno para poder calibrar la magnitud del daño producido. Hoy, un país que había tenido una estabilidad macroeconómica importante, que había experimentado un crecimiento económico singular durante varios años, se encuentra no sólo sumido en unas de las peores crisis de los últimos cincuenta años, sino que está camino a empeorar y deteriorar sus ya de por si difícil situación. La causa: la incompetencia del gobierno que preside Hipólito Mejía.

Ojalá que terminemos de aprender que no todo el que quiere ser presidente puede ser presidente.