La delincuencia destruyó la influencia de las madres

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El derrumbe del principal sostén de la sociedad que era el núcleo familiar, considerado como su piedra angular, puesto que casi todos los valores de la familia que adornaban a los países de la Tierra a través de los siglos se han diluido para caer en un sendero del egoísmo y cada quien preocupado por sus intereses.

Ese derrumbe familiar se confirma en el imperio de la delincuencia, siendo el principal atributo de las comunidades universales, donde ya impera la ley del más fuerte, y obliga a los que todavía tienen dignidad y respeto de esos valores a refugiarse en sus hogares y evitar ser víctimas de agresiones desaforadas que no se detiene ante nada, y mucho menos frente a la represión oficial.

Se constriñe el círculo de los grupos que conservan y luchan para que nuestros países no sean lugares para el salvajismo desenfrenado, tratando a duras penas de conservar aquellos valores que, en un momento dado, fueron responsables del progreso de las naciones y de su liderazgo a nivel mundial, originado por las reservas y enseñanzas que venían de las familias de hogares estables y enaltecido por la presencia de una madre amorosa.

Mañana, el país rinde tributo a la mujer que por su naturaleza se convirtió en la responsable de ejercer el liderazgo íntimo de moldear al ser salido de sus entrañas, como piedra preciosa, para proporcionarle los mejores atributos que Dios deseaba para los seres concebidos a su imagen y semejanza.

Con el derrumbe de las familias, provocado por el desorden social, la unidad familiar, que era por la madre, se dislocó en el seno de los hogares; ya la tasa de divorcios supera más del 55% de los matrimonios, y en muchos países es costumbre la unión consensuada y no establecer una atadura legal o religiosa por medio de un matrimonio formal.

La familia inició su dislocamiento en los países desarrollados, después del triunfo del capitalismo en la II Guerra Mundial, entonces el mundo se hizo a imagen y semejanza de las sociedades triunfantes de ese holocausto, y el hombre y la mujer comprendieron la necesidad de aparearse ante la eventualidad que se vivió en aquellos años de una amenaza nuclear latente. El desmembramiento familiar se produjo por las libertades adquiridas y a la vez la invasión de la vida moderna con todos los artilugios electrónicos para hacerla más cómoda.

La madre quedó como último reducto en contra de la inversión y pérdida de valores. Su preeminencia la mantenía en los hogares latinoamericanos, donde para los años 90 del siglo pasado existía un respeto muy acendrado por la importancia de la mujer en su condición de madre, que contra viento y marea luchaba por forjar a sus hijos en las enseñanzas que conocían cuando fueron niñas a la sombra de sus madres.

El derrumbe moral y social, con el surgimiento de una delincuencia feroz y descontrolada, se ha agravado a medida que avanza el siglo XXI; los resultados lo vemos cada día con otras aspiraciones de los seres humanos, envueltos en la obsesión de las riquezas, en donde no dejan de tener su responsabilidad las ambiciones de las clases políticas, que con su asalto al poder, se han convertido en los modelos a seguir por la impunidad de sus acciones.

Los delincuentes se aferran al modelo de los políticos irresponsables, y por provenir de hogares sin la presencia de una madre consciente de sus deberes, a sabiendas que así como a los políticos no se les castiga, así ellos consideran que sus asaltos a la vida y propiedades tampoco serán juzgados por una justicia inexistente en los países como los nuestros. Se debe iniciar el rescate de los valores que adornaron una vez a las mujeres como madres para salvar las sociedades, la nuestra y las restantes del mundo, de su disolución, esa es ahora la señal que nos envían las costumbres disolutas de sus integrantes, con “matrimonios” del mismo sexo, como símbolo de la libertad de elección de los seres humanos, despojando a la madre de su elevada gravitación en la Creación.