La democratización del odio

Dibujo

Odiar más allá del encono. Odiar como señal de identidad, santo y seña que identifica grupos. Alardear con su manifestación sin freno ni reparo. Pasó el tiempo de los odiadores profesionales y archiconocidos, la plaza pública, ese púlpito mediático que rige y manda, esas redes sociales furiosas y superfluas, transmiten odio. Reparten la pócima sin temor ni recato. Más allá de la difamación y la injuria, odian. Parece una conquista y la exhiben.
Después de la cancelación de las visas que concede EUA para poder visitar su territorio, al presidente de la JCE y de algunas designaciones, dispuestas mediante decreto, por el presidente de la República, el odio ha sido premisa y tendencia. No hay discusión ni cotejo, prima el odio. Nombran y acusan. Amenazan.
Presente en nuestra historia como en la historia de la humanidad. Encubierto, velado, ha determinado embates y cruzadas. Asume formas diferentes, como el recipiente que intenta contenerlo. Tan potente sentimiento evaluado desde el principio de los tiempos, se resume en citas de autores inexistentes o trastocados, cuando de atribuir la autoría se trata: Cólera de los débiles, venganza de cobardes, esa parte de un mismo que se ve en la otra persona y un etc. interminable.
Otrora, las manifestaciones de odio tenían sus protagonistas, algún tizne de pudor impedía su devoción colectiva. La jurisdicción del odio tenía nombres, gestores. Esos, con sus diatribas e imputaciones, agredían, y continúan agrediendo, a cualquiera, con fiereza incontenible. Disparan sus dardos como el áspid su veneno. Hacen daño, lo saben y disfrutan el efecto. Sin embargo, se resisten cuando de asumir la militancia odiosa se trata. Fingen defensa de ideales, propósitos piadosos, para disimular la actitud. Porque decir yo odio, es, o era, inaceptable. Predicarlo también. El sentimiento se oculta porque confesado es impotencia, como escribió Balzac.
En el año 2013, cuando el Tribunal Constitucional pronunció la sentencia 168, las manifestaciones fueron tales, que algunos temían lo peor. La sensatez escapó, el agravio sustituyó argumentos y el odio ocupó el espacio de la razón. En aquel tiempo de la sentencia, advertía,en esta columna la peligrosidad del odio. Útil recrear algo de lo escrito:A nadie se le ocurriría ganar adeptos propalando viva el odio! aunque el viva la muerte! sea consigna. Los escritores de los discursos de Trujillo supieron esconder el odio, odiando. Exaltaban virtudes, fustigaban desertores, referían conquistas pendientes, compromisos nacionales pero preferían el temor al odio. Mejor Maquiavelo con el príncipe más temido que amado. Cualquier régimen más que profesar el odio se vale de odiadores. El odio permanece. Aglutina sin reparar en diferencias sociales. El miedo puede vencerse a pesar de su secuela y la batalla engrandece. Por eso hay sediciosos, rebeldes, héroes y mártires, exiliados y prisioneros. El miedo implica sumisión, necesidad de que alguien asuma la protección frente al peligro real o creado. Alguien decide atemorizar, escoge las razones, maneja los elementos. Frente a la amenaza se produce cohesión coyuntural. El aviso de un fenómeno natural exige medidas, se acogen para salvarse, pasa el riesgo y la normalidad se impone. Así ocurre con la eventualidad política. La inminencia de un ataque terrorista, de una invasión, de una sanción, provoca reacciones colectivas que cambian cuando concluye, desaparece, o no se realiza, la contingencia temida. Un relato del horror en la Kampuchea Democrática describe la exposición de los cadáveres, y el porqué del método “… estaban a la intemperie, devorados por las ratas y los gusanos, derretidos por el sol, anegados por las lluvias. Eran el abono del miedo”. El teatro criminal trujillista tiraba los cuerpos delante de las puertas, avisaba accidentes, dejaba pudrir en parques y caminos, supuestos suicidas y el aterrado entorno no miraba ni decía. Laurence Rees sostiene en “El Oscuro Carisma de Hitler”, que Stalin unía con el miedo como Hitler con el odio. Aquí, ahora, odiar es la nueva apuesta. Ya no es privilegio de unos cuantos. Es Opción de la mediocridad.