La desesperación del ahogado

El tema de la asfixia por ahogamiento es un tópico obligado en la práctica de la patología forense debido a que un considerable número de muertes accidentales es el producto del sumergimiento involuntario de la víctima en el agua.

El trágico fenómeno ha sido estudiado a profundidad desde diversos ángulos, incluyendo el social, cultural, biológico y psicológico. Se han descrito cada una de las etapas por las que pasa la persona que se ahoga ya sea en el mar o en agua dulce. El doctor Werner U. Spitz, uno de los autores del clásico texto de ciencias forenses titulado La Investigación Medicolegal de la Muerte, explica que en una primera fase el individuo entra en pánico ante la inminencia del efecto gravitatorio que empuja la masa corporal hacia el fondo de la fuente acuática.

Narra el doctor Spitz que el infortunado lucha ferozmente por no sumergirse y lo hace repetitivamente hasta casi agotar toda su energía muscular, luego de la cual comienza a descender hacia lo profundo de las aguas. Más adelante y conciente todavía la víctima deja de respirar para evitar aspirar el líquido, sin embargo, una vez los niveles de dióxido de carbono se elevan en su sangre, el cerebro se ve forzado a enviar una señal inspiratoria a los músculos respiratorios, tras la cual el individuo inhala grandes volúmenes de agua. Ya lo que sigue es un reflejo de tos, vómito y pérdida progresiva de la conciencia. Finalmente se notan convulsiones seguidas de paro cardiorrespiratorio.

En el campo político se dan situaciones parecidas a lo que acontece con la asfixia por ahogamiento. El paralelismo es todavía más llamativo en el caso del candidato reeleccionista perredeísta y actual presidente de la república agrónomo Hipólito Mejía quien obstinadamente pretende seguir flotando en las aguas del poder y por ende se mantiene peleando contra la corriente con manos, pies, uñas y dientes, creyendo que así impedirá que las desbordadas aguas de un pueblo burlado y engañado lo ahoguen.

José Luis Sanchos, consultor en varias campañas electorales en España y Sudamérica escribe en su libro Cómo se Gana El Poder, el párrafo que sigue: “Tal como dijo Lincoln, con otras palabras y en otro contexto, durante una semana, un mes, un año, se puede engañar a mucha gente, pero lo que no se puede es engañar a todo el mundo todo el tiempo. A lo largo de una actividad pública, sobre todo si es en una posición relevante, aparece la clara personalidad del candidato, se conocen sus objetivos y se descubre claramente si ha mentido en su presentación anterior. Cuando esto ocurre, el electorado suele ser crítico en extremo y castiga al candidato que ha sido artificial o falso no eligiéndolo de nuevo. Muchas carreras se han visto truncadas en virtud de esta doble faceta de los candidatos, que han sido capaces de mantener una cierta coherencia intelectual y moral”.

Hipólito nadó en aguas mansas durante la campaña de 2000; casi la mitad del electorado lo mantuvo a flote y lo llevó al poder (apenas le faltaron 8,001 para haber sido electo dentro del marco de la ley). Las aguas populares se han percatado de la naturaleza engañosa del nadador y han decidido hacerlo bajar al fondo del río para que una vez haya dejado de respirar aplicarle la consigna que anda de boca en boca y que se ejecutará el 16 de mayo de 2004 cuando vuelto cadáver político repose en la profundidad del charco, boca abajo y sin señales de vida. Entonces oiremos el aliviado coro del pueblo gritando a todo pulmón: Es para afuera que va.

Mientras tanto, comprendamos que en su agitado curso y anunciado desenlace trágico “El hombre de palabra” se debate en una inútil lucha tratando de evitar su inexorable destino: muerte por ahogamiento en las aguas de las promesas incumplidas.