La dicha de llamarse Margarita

POR MARIEN ARISTY CAPITAN
Aún no sabía qué iba a ser de mi vida. Tampoco me importaba. Era pequeña. Pocas cosas tenían relevancia y, dedicada a jugar más que a otra cosa, mis inquietudes no eran demasiadas. Había algo, sin embargo, que a veces me molestaba: mi nombre.

Fácilmente confundible, por aquello de que al ponerle un acento pasaba a ser lo mismo que un cacicazgo, me costó muchos años acostumbrarme a que la gente jamás podrá recordarlo ni pronunciarlo bien hasta que no me conozca bastante. Producto de ello, he sido Mariana, María, Marién, Marión, Marian, Marianne, Maribel, Marcel, Mariel… un montón de mujeres, y hasta algún que otro nombre de varón, que se han ido perdiendo al calor del olvido.

Hoy, con más paciencia y menos tiempo para perder en fruslerías, ni siquiera me molesto en corregir a quienes nunca sabrán cómo me llamo. Al fin y al cabo, ¿qué tan importante es nuestro nombre?

Hasta hace pocos días yo creía que no era más que un puñado de letras con las que nos declararon para que los demás nos identifiquen. Ahora, después de reparar en algunas noticias, he terminado por pensar que estaba completamente equivocada: en este país el nombre lo es todo: desde la estrella y el salvoconducto hacia el éxito hasta el motivo de nuestras mayores desgracias.

Sin dejar de lado el factor de la moda, que siempre tiene un peso vital, en estos momentos parece ser que la suerte le sonríe a quienes se llaman Margarita. La mejor muestra la encontramos en una noticia que nos sacudió la semana pasada: el gobierno hará el controversial y absurdo parque Central Metropolitano de Santiago, cuyo paisajismo será hecho por Margarita Gómez a un costo de 416 millones 476 mil 991 pesos.

Tras recordar oportunamente que Margarita fue la diseñadora del fastuoso edificio de la Suprema Corte de Justicia, donde se gastaron 206 millones 641 mil 936 pesos por concepto de decoración y mobiliario, uno se pregunta: ¿no es una burla, en un país pobre en demasía como éste, que se desarrolle ese proyecto, que tendría un costo total de más de mil quinientos millones de pesos?.

No sé qué relación puede tener Margarita con el gobierno pero, asumo, debe ser demasiado fuerte como para entregarle tanto dinero para que pueda poner a volar su imaginación en crear ese parque de ensueño que con tanto esmero esbozó.

En un país ahogado con los gastos del Metro de Santo Domingo, hecho a imagen y semejanza del ego de sus patrocinadores, es inconcebible que se piense en derrochar más recursos llevando a cabo proyectos que no beneficiarán a quienes los solventan. Porque a nosotros, comunes contribuyentes, ¿de qué nos servirá tener ese parque en Santiago? Tal vez para darnos el tupé de decir que nos gastamos el parque más caro del Caribe.

Y nos lo gastaremos, sí, mientras el sur languidece de olvido; mientras los guardias de la frontera no tienen dónde cocinar; mientras nuestros escolares se sientan en el suelo; mientras nuestras escuelas están surcadas de heridas porque las paredes envejecen sin mantenimiento; mientras hay gente que muere por no tener dinero para llegar a un maltrecho hospital o comprar una medicina; mientras las calles están llenas de hoyos; mientras los niños salen a la calle a pedir; mientras los conucos, esos que daban vida, languidecen por falta de agua; mientras se suceden tantos mientras y mientras existen tantas necesidades que deberían ser cubiertas.

En momentos como este siento vergüenza de ser parte de un país en el que pesan tanto los disparates y tan poco las carencias y los problemas de los demás. Tan sólo espero que, de tanto ver estas cosas, no terminemos hastiándonos y maldiciendo a un gobierno que quiere hacer de lo superfluo lo necesario y de lo necesario un olvido.

En caso de que así fuere, el nombre de Margarita terminará desintegrándose y veremos cómo se llena de mar la garita. Y esa garita, llamada nada más y nada menos que paciencia, no es prudente ahogarla.