La diferencia entre el estadista y el gobernante

RAMÓN NÚÑEZ RAMÍREZ
El estadista es el líder conductor con visión de país, consustanciado con un modelo económico y social presto a impulsarlo contra viento y marea, el hombre capaz de trabajar a largo plazo porque “ve más allá de la curva”, mientras el simple gobernante, líder coyuntural en tanto detenta el poder, carece de la brújula ideológica, de la visión de país y por eso se limita a gobernar en el día a día, sorteando crisis y a veces creándolas. El Presidente-estadista se coloca por encima y ve más allá que el común de sus conciudadanos, con su impronta contribuye a transformar la nación dejando un legado a las siguientes generaciones; por el contrario el Presidente gobernante carente de la capacidad para aprender del pasado, entender el presente y mucho menos prepararse para el futuro, agota una oportunidad histórica sin realizaciones físicas o institucionales y en algunos casos provocando retrocesos. De unos y otros hemos tenido en la historia política posterior a la dictadura.

Joaquín Balaguer fue un estadista, se puede diferir de su estilo de gobierno especialmente en los primeros doce años, pero nadie puede regatear su impronta, su visión de país y la aplicación de un modelo económico y social. Así Balaguer, a la par que sembró el país de obras, tuvo la visión de impulsar el modelo cepalino de sustitución de importaciones, también sentó las bases jurídicas y los incentivos tributarios para el lanzamiento del turismo, las zonas francas y el financiamiento urbanístico vía la banca hipotecaria. En su quinto período, luego de los desajustes macroeconómicos de finales de los ochentas, Balaguer impulsó la más completa reforma impositiva creadora de las condiciones para la sustentabilidad fiscal y la estabilidad en el resto de su período y fue de los pilares, por supuesto no el único, para los cuatro años de elevado crecimiento con estabilidad de la primera administración peledeísta el doctor Leonel Fernández.

Los gobiernos del PRD, el glorioso partido en cuyo seno había dirigentes con visión de país como el doctor Peña Gómez, carecieron de mandatarios con el olfato del estadista y por ello una administración creó las condiciones para los desajustes económicos y el incremento de la deuda, otra se limitó a conducir la nave del Estado por las turbulentas aguas de los ajustes y la crisis de la deuda y el último, habiendo recibido una economía estable y en crecimiento, duplicó irresponsablemente el endeudamiento externo, quebró la estabilidad cambiaria y condujo a la nación a la más grave crisis económica por el pésimo manejo gerencial, e ilegal, de las quiebras bancarias, antes, durante y posterior a los respectivos colapsos.

En el caso de la administración peledeísta del doctor Leonel Fernández se advierte la visión de país y las ejecutorias físicas e institucionales con miras al largo plazo. O acaso los elevados, los túneles y el Metro no representan una réplica a una mayor escala de las avenidas que en su momento ejecutó el doctor Balaguer. O acaso la Autovía del Este, la autopista a Samaná y la ampliación de la vía de San Cristóbal a Baní no representan obras de progreso emuladoras de esas mismas realizaciones en la administración del doctor Balaguer.

Una oposición que en doce años fue incapaz de mejorar la salud y la educación pretende cuestionar un gobierno que está realizando una revolución educativa y social, poniendo la computadora y el internet al acceso de los más pobres, preparando la mano de obra para una nueva economía en el Instituto Tecnológico de Las Américas y captando inversión extranjera de alta tecnología en esa incubadora de proyectos que es el Parque Cibernético. En cuanto a salud, la remodelación de la planta hospitalaria existente, la construcción de la Ciudad Sanitaria y el nuevo hospital oncológico solo tienen punto de comparación con la Plaza de la Salud y los múltiples centros construidos en los 22 años de gestión del doctor Balaguer.

En materia institucional la elección de la Suprema Corte de Justicia en el primer gobierno, la brillante elección de la JCE y la Cámara de Cuentas en el presente, la aprobación de una serie de leyes dirigidas a mejorar la transparencia presupuestaria, la reforma bancaria y finalmente el histórico proceso de reforma constitucional, realizado con las consultas populares y las propuestas de infinidad de organizaciones de la sociedad civil, representan puntos luminosos de una administración encabezada por un estadista que está construyendo las bases de una nueva República, un Estado más institucional y una sociedad próspera.

En menos de año y medio, en la cita cívica del 16 de mayo, los dominicanos y las dominicanas tendrán la opción de votar entre un estadista o un gobernante, entre un conductor con visión del mundo presente de la globalización o el mero administrador con visión de corto plazo, entre consolidar la institucionalidad y el progreso o simplemente el retroceso a los desajustes macroeconómicos, sociales y políticos.