La difícil gobernabilidad

R. A. FONT BERNARD
Por manías, porque ya sobrepasamos biológicamente el Cabo de las Tormentas, o por lo que fuese, ya para nosotros no hay espacio para cambiar de conducta, de pensamiento, y de lo que en el pasado siempre hemos sido. Y es por ello, por lo que sustentamos la convicción, de que en nuestro país, la gobernabilidad democrática, supone un reto permanente, para la preservación de la institucionalidad de la Nación.

Y es que como lo sentenció don Miguel de Cervantes, que fue sabio y sigue siéndolo, tenemos una muy justificada desconfianza, en el proclamado patriotismo de la mayoría de los integrantes de la llamada clase política del país.

En apoyo de nuestra convicción, nos basta escuchar, en la voz de los que se autoinvisten del derecho a opinar, de todo y sobe todo, las criticas festinadas, que en la actualidad se le formulan, a un gobierno, que aún no ha cumplido los ya tradicionales “cien días”, y al que su predecesor dejó descalzo, y hasta proclive, a caer en un estado de mendicidad.

Como lo hemos dicho, -y ahora consideramos pertinente repetir-, gobernar democráticamente en países como el nuestro supone, enfrentar cotidianamente, el eterno problema de las dificultades. Y en el nuestro, como lo sentenciase don José Ortega y Gasset, “La posesión del poder exige una plena dominación de si mismo, y una línea divisoria entre el yo y las circunstancias envolventes”.

El doctor Joaquín Balaguer, sin cuya referencia no se podría escribir la historia del siglo XX dominicano, nos dijo en una ocasión, que en el diccionario del latín, “persona” quiere decir “máscara”. Y es que detrás de una persona, se oculta siempre un hombre, que en el orden político, solo da a conocer la parte de si mismo, que quiere que se conozca.

Para el doctor Balaguer, ninguna actividad humana está tan cerca al teatro como la política, inclusive en lo que se contrae al drama, con la diferencia de que en el teatro, el apuntador y el actor principal pueden dejar el entarimado, y confundir las suyas, con las pequeñas vidas de la cotidianidad.

Lo que no nos dijo el doctor Balaguer, porque no era conveniente, en el período de los doce años, es que en la actividad política como en el teatro, el autor principal, -digamos el máximo dirigente de un país-, puede ser sorprendido por una inesperada caída del telón, y la función quedar interrumpida.

El poder político tiene sus propias dimensiones, y es ubicuo en el tiempo y en el espacio. Está en todas partes y en cualquier momento. Es una máscara, una persona, pero como es un prisionero de la soledad, no son pocos, los que entre los que le rodean, creen como los niños, que los reyes duermen con la corona en su cabeza.

Con las precedentes reflexiones, anotamos la suma de responsabilidades contraídas por el doctor Leonel Fernández, al asumir el pasado 16 de Agosto, juntamente con la función de Presidente de la República, el máximo liderazgo político de la Nación. Es un desafío que no tiene antecedentes en la historia de nuestro país. Un desafío, que demanda de él, un permanente estado de alerta, porque detrás, de determinadas declaraciones públicas supuestamente institucionalistas, se advierten hilos sutiles, moviendo las marionetas.

Supondría tropezar dos veces con la misma piedra, como lo suele expresar el pueblo llano, si el Presidente Fernández, excediéndose en su liberalidad, se dejase sorprender, como fue sorprendido el Profesor Juan Bosch, el año 1963. Como lo denunciase, este, ya acorralado por la gravitación de los intereses creados, el nuestro es el pueblo más veleidoso del litoral latinoamericano. Una veleidad históricamente comprobada, cuando en el alba de nuestra nacionalidad, la reacción propició la entronización de la barbarie, personificada en el General Pedro Santana, contra el inmaculado idealismo del patricio Juan Pablo Duarte. Una irracionalidad repetida el año 1924, cuando la mentada voluntad popular, prefirió el retorno del “macheterismo” representado por el General Horacio Vásquez, a la civilidad del restaurador de la III República, el licenciado José Francisco Peynado.

En su discurso inaugural del 16 de Agosto retropróximo, el doctor Fernández advirtió que al asumir la Jefatura del Estado, quedaba sentado sobre un campo minado. Fue un atinado señalamiento, no solo en lo que se contrae a la severidad de la crisis económica heredada, sino además, y sobre todo, por su juiciosa identificación con el consejo dado por Don Quijote a su escudero Sancho, al posesionarse éste de la isla Barateara: “Gobernar Sancho, es aventurarse en el proceloso mar de miles y renovadas sirtes”.

En éste su segundo aire, el Presidente Fernández, -Profesor al fin-, está proyectándose como el ejecutor de una misión didáctica, en la tarea de reconstruir la ruina dejada por un Presidente de la República, que comenzó sin saber hacia donde iba, y que cuando llegó, no sabía donde estaba. Pero en las presentes circunstancias nacionales, ejercer el magisterio desde el poder, no basta. Se impone gobernar, teniendo en cuenta, que en el presente de nuestro país, hay sordos renuentes leer las lecciones de la Historia.

Por eso el ladino y sentencioso General Lilís, solía decir que “la sabiduría consiste en saber dudar, y nada más conveniente, que estar a todo evento prevenido”.