La disyuntiva frente al nuevo amanecer político

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El escándalo de la Odebrecht ha estremecido todos los altares políticos en América Latina. Cada día vemos caer a nuevos personajes involucrados en el acto de corrupción más publicitado y sazonado en la historia hemisférica del siglo XXI. Y el más descarado.
Y las consecuencias de haber aireado tan profusamente el escándalo Odebrecht, con tantos detalles espantosos de una corrupción flagrante y determinante, abre las puertas a una disyuntiva para definir el curso institucional del sector público hemisférico en los próximos años.
O nos involucramos con acciones militantes para cortar de raíz tantos abusos al disfrutar de un cargo público. O nos hacemos los chivos locos como es nuestra costumbre de siglos y mirar para otro lado cuando se involucren nuevos actores de la corrupción. Quisiéramos esperar el surgimiento de un hombre nuevo después de esta hecatombe moral. Pero el molde de los seres humanos del hemisferio no ha cambiado. Es que el sistema educativo se ha corrompido por mala fe, ignorancia e incapacidad de los forjadores de nuevas mentes.
La disyuntiva para inclinarnos por la moral y la honestidad está a las puertas de los dominicanos. Y es que las posibles consecuencias del escándalo brasileño, si bien todavía permanece en la etapa del amenazar y no dar, tiene a muchos sobre ascuas. Todos esperan el ventarrón carioca que desnude a muchas fortunas que se creyeron blindadas cuando se recibía fervorosamente las comisiones de obras sobrevaloradas.
El escándalo de la Odebrecht nos ha colocado en la disyuntiva del siglo XXI. O nos sacudimos de nuestras pasión por la riqueza fácil proveniente de administrar fondos públicos y hasta privados, para ser más transparentes y honestos. O continuamos sumergidos en el lodo putrefacto, fruto de la malversación descarada e impune de los recursos públicos. Por culpa de la corrupción la sociedad dominicana ha sido permeada por esa abyección de estar a la cacería de oportunidades de agenciarnos dinero mal habido y trepar en la escala social de nuestras comunidades. Y al mismo tiempo estar muy desacreditados a nivel mundial.
La tradición de la corrupción en el servicio público dominicano recorre toda la vida institucional dominicana desde su creación en 1844. Tan solo el gesto de honestidad que dio el Padre de la Patria Juan Pablo Duarte cuando retornó al Tesoro Nacional la mayor parte del dinero que se le había entregado para sus actividades en ocasión de la batalla del 19 de marzo de 1844 realza la reciedumbre moral del patricio. A partir de la Ocupación Norteamericana en 1916 la corrupción adquirió patente de corso con las famosas comisiones por los servicios prestados permitiéndole a Trujillo desde 1923 iniciar la acumulación de su fortuna para escalar el poder en 1930.
Durante los 30 años de la dictadura eran normales las comisiones del 10% para todos los negocios desde ventas de los productos más diversos de alimentos hasta las construcción de obras donde los contratistas tenían la obligación de ceder parte de sus ganancias para engrosar la fortuna del dictador y sus familiares o de algún funcionario avispado que pudiera evadir los rígidos controles de la dictadura. Pero Trujillo y sus más allegados colaboradores eran los que más se enriquecían con el trasiego de comisiones, mientras el país permanecía sumido en la pobreza.
A partir de 1961 el panorama se transformó con el nuevo orden que se instauró en donde la corrupción adquirió ribetes de epidemia. Desde entonces la más mínima diligencia, desde el nivel de conserjería, requería de un engrase adecuado hasta el funcionario que autorizaba el pago del servicio prestado. Pero todavía se estaba a los niveles del discreto 10 al 15% de comisión.
Los peledeístas salieron del poder en el 2000 con escándalos de corrupción poco notables con excepción del PEME. Ellos se lamentaban a todos los niveles de no haberse servido con la cuchara grande, alegando que trabajaron para el país. Al retornar al poder en el 2004 llegaron con nuevos bríos y los funcionarios comenzaron a forjar sus fortunas. Y se apareció la Odebrecht que colmó todas las necesidades de los funcionarios que ahora están expuestos a la ignominia. Todavía se cree que el borrón y cuenta nueva podría aplicarse. Pero el país está en la disyuntiva de erradicar las prácticas corruptas de años. Es un Estado carcomido por las mañas de una sociedad que arrastra las bellaquerías de unos viciosos políticos que por generaciones han asaltado los recursos que pertenecían al pueblo dominicano. Ahora el miedo campea por el continente a la espera que surja una nueva era de transparencia después que caigan los que han deshonrado la confianza que los pueblos depositaron en ellos al ser cautivados por un verbo convincente de un político carismático.