La doctrina Obama

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Recuerdo vívidamente lo que pensé el primer día de clases de la materia teoría de las relaciones internacionales impartida por el inolvidable profesor Herman Schwartz en New School for Social Research en el invierno del año 1988.

Su primera cátedra magistral o “lecture” versó sobre la tensión entre idealistas y realistas en el seno del establishment estadounidense. Viniendo de un país que ha sido invadido dos veces por los Estados Unidos y cuyo más sanguinario dictador fue una creación de su aparato interventor, me resultaba cuesta arriba que hubiera idealismo en una potencia que, a mi juicio, solo disfrazaba con un discurso redentor lo que en realidad no era más que la ambición desnuda y desmedida de preservar el poder en nuestra América, para mantener nuestra sumisión neo colonial al servicio de sus multinacionales.

A medida que avanzó el curso, llegué a la conclusión de que, si me daban a escoger, preferiría sin duda a los realistas pues no por azar un idealista como el presidente Wodrow Wilson, el hombre que prometió ir a la guerra para poner fin a las guerras, fue quien ordenó la invasión de Haití en 1915 y de República Dominicana en 1916. Me parecía que, a fin de cuentas, los realistas eran más sinceros, ya que no escondían la realidad pura y dura del poder tras un discurso vaporoso y, por lo menos, reconocían en sus adversarios la misma legitimidad para luchar en el terreno internacional, a fin de preservar o aumentar sus posiciones de poder.

El discurso de Barack Obama al recibir el Premio Nobel de la Paz me hizo recordar esta tensión entre idealistas y realistas. ¿Es posible conciliar ambas corrientes de pensamiento como afirman quienes se han apresurado a elogiar las contorsiones retóricas de Obama en su afán de lograr un justo medio para su política exterior? No lo sé. Quizás tal conciliación sólo puede lograrse mientras menos idealista sea Obama y más tienda a un realismo que no criminalice al adversario.

De entrada, la apelación a la guerra justa produce escalofríos en todos aquellos que reconocen sus peligros. En efecto, como bien demostró Carl Schmitt, el retorno del concepto medieval de guerra justa conduce directamente a que se borre la distinción entre enemigo y criminal, con lo que todas las restricciones para conducir la guerra logradas durante el siglo XIX –distinción entre civiles y combatientes, prohibición de armas de destrucción masiva, etc.- se eliminan, pues a un criminal internacional no se le reconocen los derechos que a un legítimo adversario. En nombre de la humanidad, todo es justo y legítimo, incluso la tortura. En este sentido, George Bush II, contrario a su padre, fue un idealista que quería en Afghanistán e Irak liberar a las mujeres y a los mercados y sembrar la democracia metralleta en mano.

Nadie puede cuestionar que, como bien dijo Obama, un jefe de Estado se reserve el derecho de actuar unilateralmente si es necesario para defender su país. Lo que sí es cuestionable desde la óptica del Derecho internacional, que nada tiene que ver con guerras justas aunque sí con la licitud de los medios bélicos, es que una nación decida actuar unilateralmente de modo preventivo ante una amenaza que ni es real ni es inminente. Como cuestionable es también que, en nombre de los derechos humanos, se violen las libertades  de una categoría de personas a quienes ni se les reconoce el estatuto de combatiente ni se admite su condición de seres humanos, como ha ocurrido con los prisioneros en Guantánamo.

Al afirmar que la no violencia no hubiese detenido a Hitler, vemos a un Obama claramente realista, aunque no podemos olvidar que fue inhumano terminar una guerra bombardeando indiscriminadamente a Dresden y borrando del mapa a Hiroshima y Nagasaki. Pero, en el fondo, el Obama que emerge parece ser idealista: por eso, el discurso gustó a los (neo) conservadores, pues son éstos quienes han asumido el idealismo radical esgrimido antes por los denominados “liberales”. Y es que el recurso unilateral a la fuerza, el bombardeo humanitario y la guerra justa en nombre de la democracia y la libertad constituye el código operativo del –mal llamado- idealismo norteamericano.