La dominancia fiscal y monetaria, el caso de la inflación

La dominancia fiscal y monetaria, el caso de la inflación

Haivanjoe NG Cortiñas

  La dominancia fiscal y monetaria en su propósito de cumplir objetivos y metas, tiene vital importancia, por el crecimiento de la economía en un entorno manejable de déficit fiscal, razonable nivel de endeudamiento, estabilidad cambiaria y de precios.  La delimitación de los alcances de cada una de la dominancia forma parte de la institucionalidad, particularmente, la que debe estar más desprovista de la influencia política, que corresponde a la monetaria.

  A diferencia de otros bancos centrales, al dominicano, lo indicado en la Constitución no le asigna como función la estabilidad de precios, aunque en la ley monetaria y financiera en su Art. 2 si lo establece y también en el 15, al señalar como rol, ejecutar las políticas monetaria, cambiaria y financiera, de acuerdo con el Programa Monetario, el que a partir del 2012 estableció el esquema de meta de inflación, indicando a la inflación y su estabilidad como su objetivo.

  Durante la pandemia, como muchas otras economías del mundo, el sitial de la dominancia fiscal se hizo notorio, ante los fuertes desafíos de aumentos de gastos ordinarios y extraordinarios, en adición a la disminución de los ingresos, por lo que, el tema del desbalance fiscal y la derivada que implica de un mayor endeudamiento, la solvencia no resultaba ser la meta ni la prioridad a seguir, de ahí el activismo fiscal.

  Al cerrar el 2020, el déficit fiscal de la economía dominicana terminó en un 7.7 % del producto interno bruto (PIB), equivalente a RD$ 343 mil millones, superior en 5.4 puntos porcentuales, al promedio de los últimos años previo a la pandemia, que fue alrededor de un 2.8 %. El déficit fiscal del 2021 se situó en un 3.0 % del PIB.

  El referido desbalance desbordó la restricción presupuestaria que debe guiar lo fiscal en la materia de que, el endeudamiento público debe ser compatible con el valor presente de los ingresos futuros. La deuda del sector público no financiero pasó de un 40.4 % en el 2019 a un 56.6 % del PIB en el 2020 -movido tanto por el aumento del stock de la deuda, como por la disminución del PIB- y a febrero del 2022 se sitúo en un 50.5 % del PIB, pese a que el monto de la deuda se elevó de US$ 44,622 millones a 47,674 millones. La disminución de la presión en la deuda fue debido a la fuerte expansión del PIB, que creció de US$ 78,829 millones a US$92,987 millones del 2020 al 2021.

  Cuando la referida regla se cumple desde el ámbito fiscal, a la conducción de la política monetaria, poco es lo que debe preocuparle; sin embargo, los persistentes déficits son una amenaza latente para lo monetario, porque incide en el aumento de la oferta monetaria y por ese conducto una mayor inflación que la estimada. 

  Durante el 2021, la Base Monetaria Restringida del Banco Central, la anualizada a noviembre creció en un 16.7 % y a diciembre en un 13.4 %, cuando en el programa monetario la meta era de una expansión de un 8.8 %, de manera que, para todo el año la diferencia fue de 4.6 puntos porcentuales de desviación. Esta evidencia monetaria, muestra la reacción monetaria a contribuir al crecimiento, pero aportó a la presión de precios, al colocarse la inflación del 2021 en un 8.5 %. 

  Alineado a lo precedente, también en el primer año y parte del segundo de la pandemia, el ámbito monetario exhibió un fuerte activismo y expansión, al Banco Central reducir su tasa de política en 150 puntos básicos, pasándola de 4.5 % a un 3.0 %, proveer de mayor liquidez al sector privado con un monto de RD$ 215 mil millones a través de la banca, disminución del encaje legal en 0.5 % para algunas entidades del sistema de intermediación financiera del país y aumentar la base monetaria sobre lo programado. 

  Como puede apreciarse, los ámbitos fiscal y monetario mantuvieron políticas activas, cónsona con el tipo de escenario económico local e internacional que estuvo padeciendo la economía. El referido accionar, de alguna manera condujo al sacrificio de algunas metas, como la inflación, fijada durante varios años en un 4.0 %, cuando antes sirvió de ancla a las decisiones monetarias, que, al preservarse la dominancia monetaria activa, se cumplió la meta con holgura.

  Sin embargo, la dominancia fiscal y monetaria no puede ser permanente, su temporalidad debe llegar hasta cuando la economía comenzó a dar señales de recuperación sostenible con certeza. La prolongación de la dominancia fiscal, ha conducido a promover el relajamiento del cumplimiento de la principal meta de los bancos centrales, la inflación, al tiempo de afectar el grado de autonomía de la entidad monetaria en el control de los precios. 

  En ocasiones, el ámbito fiscal se ve animado a que la conducta monetaria resulte más tolerante a permitir una mayor inflación de la prevista en la meta, entre otras cosas, porque resulta una manera de licuar la deuda interna, haciéndole perder valor. Otra manera resulta, cuando se induce a una apreciación de la moneda, con el objeto de mejorar la razón de la deuda sobre el PIB y contribuir a mejorar su uso para la calificación de riesgos.

  Desde finales del 2021 el Banco Central ajustó al alza la tasa de política monetaria, reacción cónsona con el objeto de reducir la elevación de los precios, en un momento en que el nivel de inflación superó la meta. La referida tasa se ha movido desde un 3.0 % a un 5.0 %, equivalente a un incremento de 200 puntos básicos.

  La reacción tardía de elevar el instrumento básico del ámbito monetario -luego de permanecer invariable durante 15 meses en un 3.0 %- para enfrentar la inflación, puede calificarse como una acción pasiva, que, al dilatarse, favoreció el crecimiento de los precios, probablemente para exhibir como importante logro, una alta tasa de crecimiento del PIB.  

  El aumento de la tasa monetaria, puede ser vista como una vuelta a la dominancia monetaria, rescatando su afectación parcial de la autonomía institucional. Ha de esperarse que la acción monetaria no sea fuente de conflictos con lo fiscal, pues en la actual coyuntura y en la óptica de la economía política, se está consciente de que la inflación socava la base de apoyo social, pasando el control de la inflación a ser un objetivo dual para lo monetario y fiscal. 

  La coordinación entre las políticas fiscal y monetaria en el actual escenario internacional y nacional, adquiere mayor relevancia, lo que debe obligar a que, dentro de ella, cada una se enfoque en su objeto, sin inducir a sacrificar metas no propias de su área; de manera que, la dominancia solo se flexibilice en circunstancias excepcionales,

   El nivel de inflación no es moderado, tampoco transitoria, la elevación de los precios ha estado en ascenso y no se había observado en los últimos 14 años. Justo parte del problema que enfrenta la economía nacional se debe al diagnóstico errado de considerar a la inflación como pasajera, una expresión de la pasividad de la dominancia monetaria.

  El aumento de los precios del petróleo, la expectativa de mayor inflación internacional, la elevación del índice de precios que mide la FAO -asociado a materias primas clave para la producción de alimentos-, la inflación en los Estados Unidos y el aumento del ambiente confrontacional entre Rusia y Ucrania, es un escenario que no debe subestimarse y junto con el local, puede obligar a prender el botón de la alarma inflacionaria.

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