La droga en toda su dimensión

El consumo ilegal de narcóticos crece desbordado por el mundo en un marco aprovechado por la criminalidad más lucrativa y poderosa para dañar a la sociedad. República Dominicana no es la excepción, y la forma en que cobra dimensión localmente este problema manifestado en tráfico y uso, obliga a revisar los métodos aplicados para contrarrestarlo. Predominan signos de que se confiere prioridad a perseguir la adicción y la distribución al detalle que tienen más presencia en la clase social baja. Operaciones policíaco-militares que no resultan suficientes para el principal objetivo que debe fijarse toda autoridad que es el de reducir integralmente la demanda y la oferta con programas que impacten en la sociedad con efectos disuasivos, especialmente en los jóvenes, para comprender y manejar los factores que conducen a la dependencia de sustancias al tiempo de multiplicar las opciones de rehabilitación.

La penalización no debe ser motivo para abstenerse de llegar a la raíz de una calamidad que se ha diseminado y suele encontrarse en realidades de individuos atrapados en conflictos emocionales sin preparación para enfrentarlos y en hogares afectados material o moralmente por disfunciones. Combatir el tráfico sin llegar a los cabecillas ni a su capacidad de eludir sanciones, deja indefensa a la sociedad y alimenta el submundo en que están atrapados los acólitos y viciosos menores.

Un San Pedro sin puerta a la gloria

Lo glorioso en este caso pertenece demasiado al pretérito y ahora no aparece quien rehabilite su grandeza: Así está el municipio de la antigua y aclamada serie 23, el de poetas, vieja danza de millones, estrellas del beisbol etc. Su dinámico puerto de los buenos tiempos es una ruina que mil veces prometieron rescatar. Su rica arquitectura republicana se pierde; y su acueducto es el “traje” de agua potable que correspondería a un pueblo mucho más pequeño. Nada de alcantarillado sanitario.

Muchos habitantes del San Pedro de Macorís que los políticos del poder desprecian sin sacarse las promesas demagógicas de los labios se “sotorríen”, seguramente, al escuchar la retórica oficial de crecimiento, modernización y progreso; y lloran además cuando les auguran que el próximo cuatrienio será diferente.