La educación y la revolución democrática

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POR: RAMÓN FLORES
Mientras el presupuesto de estos últimos cuatro años ha dado para todas las locuras de los gobiernos, entre el 2003 y el 2006 el gasto público en educación promedia el 1.8% del PIB, retrollevando la educación pública a niveles que se entendían superados y manteniendo a la República Dominicana entre los países del mundo que invierte una menor proporción del PBI en la educación de su gente.

Las sucesivas revoluciones tecnológicas han modificado de manera radical el pensamiento y los estilos de vida y producción. Y la importancia de la educación en la sociedad. Hubo una gran revolución tecnológica a finales del siglo XVIII, la cual abrió las puertas de la escuela a la ciencia y la tecnología y las puertas de la fábrica a la escuela, en un proceso fascinante que daría lugar al invento del arte de inventar que es esa cosa que ahora se conoce como investigación y desarrollo.

Ciento veinte años después, ya al final del siglo XIX, hubo una segunda revolución de impacto mucho mayor, la cual consolida el matrimonio entre educación, ciencia y tecnología y el arte de inventar. Sesenta años después, de las grandes innovaciones de la Segunda Guerra se fue forjando una tercera revolución tecnológica que explota justamente en el tiempo que desaparece la tiranía de Trujillo.

Esa tercera reivindica la educación media y superior como un fenómeno de masa que marca el ritmo de desarrrollo y la distribución del bienestar. Treinta 30 años después, en los 90 surge una cuarta revolución tecnológica, la revolución telemática cuya expresión más notable es el robo de celulares. Y hay científicos que piensan que en estos momentos se encuba otra grandiosa revolución cuyo centro sería la genética. Cada una de esas sucesivas revoluciones ha demandado más y mejor educación y ha incrementado el valor de la educación como eje transversal del desarrrollo económico y social.

Los países de la primera industrialización como Inglaterra, Francia, Alemania y Estados Unidos, tuvieron que desbrozar un camino muy difícil. Sin más referencia que la de ellos mismos, esos países marcaban simultáneamente el paso del desarrollo tecnológico, del desarrrollo educativo y del desarrrollo económico, en un proceso de baja intensidad que le tomó siglo y medio. Con otros países como referencia, el acervo tecnológico disponible y un mejor conocimiento de la relación entre educación, tecnología y desarrrollo, los países de la segunda industrialización, como Japón, los países escandinavos y Australia aceleraron su desarrollo institucional y educativo y avanzaron sus respectivos procesos de industrialización en la mitad del tiempo de los pioneros. En los años 60 se argumentaba que el acervo de conocimientos disponibles era tan grande que una nación que lograra concentrar atención y recursos en la construcción de manera simultánea de infraestructura básica, instituciones modernas y un buen sistema educativo podría alcanzar un nivel avanzado de industrialización en tres o cuatro décadas.

Para entonces el mundo veía a América Latina como la próxima región industrializada, con países como Brasil, Argentina y México ocupando posiciones de liderazgo mundial. Muchos países de Europa se veían muy bien, con Portugal, España, Grecia, Irlanda todavía lejos y los países del Este en un limbo. En cambio, Asia era vista como una región misteriosa y atrasada, con una guardia roja haciendo una revolución cultural en China, castas sociales en la India, y una guerra sangrienta envolviendo a todo el Sudeste. Para entonces Corea era una nación plagada de conflictos internos y externos; Taiwán era una provincia rebelde que se abrogaba el derecho a mandar a China; y Singapur, que se había integrado a Malasia y había sido expulsada por incontrolable, ahora intentaba darle un aire de nación a un pequeño territorio habitado por unos pocos millones de personas mayoritariamente pobres, divididas en tres culturas y con tres lenguas diferentes. Para entonces el nivel de desarrollo de cualquiera de esos tres países era inferior al desarrrollo de México, Argentina, Brasil o Chile. En el mejor de los casos se podía comparar con el desarrrollo de la República Dominicana.

Habiendo leídos todos los mismos textos sobre el desarrrollo en tres o cuatro décadas, ¿por que unos siguen las recomendaciones y otros la ignoran? Quizás por su posición desesperada. Para España, Portugal, Grecia, Irlanda, y los antiguos países socialistas, algunos países europeos, la inversión en infraestructura básica, y el fortalecimiento de sus

instituciones y su sistema educativo fue o sigue siendo esencial para su plena integración en la Comunidad. Para la dirigencia de Corea, Taiwán y Singapur, poner el alma y el cuerpo en el desarrollo acelerado de infraestructura, instituciones sólidas y de un sistema educativo que fortalecieran la unidad nacional y les permitieran competir en el mundo que comenzaba a aflorar de aquellas revoluciones tecnológicas era un canto de esperanza. Porque si no lograban desarrollarse rápidamente, sencillamente no sobrevivirían.

Para estos últimos tres países la apuesta no era juego de niños. Construir presas, autopistas, avenidas es una tarea tan vulgar que hasta los gobiernos más incompetentes la hacen. Pero siendo muy pobre, desarrollar simultáneamente los tres componentes era un reto descomunal y lleno de riesgos. Había que movilizar la sociedad alrededor de objetivos tangibles e intangibles que requieren largas jornadas de trabajo y grandes privaciones. Y como la tarea cuesta todo el dinero del mundo, había que dedicarle una buena parte del escaso presupuesto público y estimular a la familia y la comunidad para que dedicaran parte de sus también exiguos ingresos al mismo propósito. Para dar una idea, en sus horas más tristes, mientras desarrollaba infraestructura e instituciones, el Gobierno de Singapur llegó a destinar solo a la educación tanto como la tercera parte de su presupuesto.

En contraste y quizás por la seguridad que le ofrece la cercanía de los Estados Unidos, las elites de América Latina nunca han sentido la necesidad de una gran apuesta que conlleve grandes riesgos o exija emprender alguna tarea heroica; y nunca han percibido el desarrollo institucional y la educación de su pueblo como elementos consustanciales con su propia supervivencia.

Dentro del despreocupado mundo latinoamericano, el desarrrollo institucional y educativo de la República Dominicana es todo un caso. Véase el punto. Después de la muerte de Trujillo, con el inicio de un proceso de construcción democrática, la apertura a la comunidad internacional y la transferencia al Estado de la riqueza acumulada por el tirano, todo estaba pintado para que esta sociedad hiciera de las tres construcciones uno de sus grandes propósitos. Dos elementos adicionales fortalecían aquella esperanza. Primero, en 1962 la República Dominicana era uno de los países más pobres del Continente, pero el gasto público en educación rondaba el 2.9% del PIB, que para esos tiempos era una muy buena cifra. Segundo, Juan Bosch, el primer presidente electo, tenía una obsesión personal por el desarrrollo institucional, la honestidad en las funciones públicas y la educación.

 Pero Juan Bosch fue sacado del poder, estalló una guerra civil, hubo una intervención militar y llego al poder el Dr. Joaquín Balaguer. Con las enormes riquezas que ahora poseía el Estado, Balaguer tenía la inteligencia, la experiencia, el poder y los recursos para construir infraestructura, moldear instituciones democráticas y consolidar un sistema de educación que permitieran dar el salto. Pero Balaguer se había pasado la primera mitad de su vida trabajando en la organización de un Estado moderno que le permitió a Trujillo permanecer en el poder hasta su muerte. Ahora su único sueño era permanecer durante la otra mitad de su vida en el poder. Y para ello la educación y la institucionalidad del Estado que él ayudó a construir se convertían en verdaderos obstáculos a sus pretensiones. Balaguer consideró que menos institucionalidad y educación era bueno para la gobernabilidad. En consecuencia, probado que no afectara su poder personal, Balaguer permitió que cada uno hiciera lo que su poder personal le permitía. Y manejó la educación no como un sector esencial para el desarrollo nacional sino como un problema de orden público al cual se le asignaba los recursos y la atención suficientes para evitar que las protestas salieran a las calles. Y como Balaguer logra permanecer en la presidencia 22 de los siguientes 30 años, e influir en la politica nacional hasta los últimos minutos de su vida, todo el que cree en el continuismo ha seguido su escuela.

Justamente en los años en que la mayoría de los países comienza a centrar su atención en la organización y financiamiento de sus sistemas educativos, la República Dominicana forma parte de un pequeño grupo de naciones en donde la atención política y el gasto público en educación, medido como porcentaje del PBI, desciende de manera sistemática por un cuarto de siglo. Del 2.9% del PIB con que se inicia el periodo democrático, el gasto público en educacion cayó a 0.94% del PBI en 1991, una cifra que en el escenario mundial sólo se observa en países sometidos a prolongados conflictos bélicos.

La situación comenzó a revertirse a partir del 1992 y para el 2002, a más de cuarenta años de la muerte de Trujillo, el presupuesto volvía a alcanzar los 2.9 % del PIB de los años 60. Además, en ese periodo se aprobaron nuevas leyes que definen la organización y el monto de financiamiento público de la educación dominicana. De haber continuado aquella tendencia, para el 2006 el gasto público en educación hubiese alcanzado el 3.4% del PBI, el cual ni es hoy un porcentaje importante ni se ajusta a las leyes aprobadas, pero hablaría de algún avance. Sin embargo, como ya había enseñado Balaguer, la educación no es buena para el “cuatro años más y después veremos”. El Gobierno redujo el presupuesto de educación al 1.9% del PBI en 2003 y al 1.5% del PBI en el 2004. En los últimos dos años, mientras el gobierno se ufana de la vigorosa recuperación de la economía, el gasto público en educación sigue en la hoya.

Evaluado de manera referencial, los datos son de espanto. En los años 60 el gasto anual por estudiante de la escuela pública y el de la escuela privada eran comparables. En el 2006, la diferencia entre los US$200 de gasto anual por estudiante en una escuela pública y los US$1000, US$2000, US$4000, US$8000 de una escuela privada acreditada define un apartheid educativo. Un estudiante del nivel básico debería recibir 5 horas de clase por día durante 210 días del año, sin embargo, debido al asalto sindical y partidario, a la debilidad de la administración escolar y a la falta de aulas y profesores, el estudiante de la escuela pública solo recibe un promedio de 2 horas y quince minutos por día durante 170 días al año. Más aún, se acepta que la República Dominicana es el país de América Latina de mayor tasa de crecimiento en los últimos 40 años; pero el gasto público promedio en educación no alcanza el 60% del gasto promedio de la Región. Mundialmente, el país se encuentra entre los países de ingreso medio bajo, pero su gasto público en educación primaria no alcanza el 45% del gasto promedio en educación primaria de los países de su misma categoría de ingreso.  Para justificar esas cifras de espanto cada gobierno apela a la crisis política, la crisis económica, los altos precios del petróleo, los subsidios a la energía, el pago de la deuda pública, los acuerdos con el FMI, la baja presión tributaria, etc. etc., como si la República Dominicana fuera el único país del mundo que en estos últimos 40 años ha enfrentado esas eventualidades.

Y hasta se ha llegado a insinuar que la acelerada construcción de infraestructura básica, instituciones creíbles y sistemas educativos de clase mundial es un proceso brutal que no puede ejecutarse en una democracia que se respete. Sin parar mientes que en educación como en cualquier actividad socialmente importante, la reciente experiencia europea va demostrando que una democracia valiente siempre lo hará mejor que un régimen autoritario. Y que en la República Dominicana el deterioro de las escasas instituciones y el descalabro de la educación pública fue un proceso brutal en donde el número de muertos, desaparecidos, presos y perseguidos es mejor no recordarlo.

Pero al final, cada país cosecha lo que siembra. En el caso de la educación, en 1966, Corea, Singapur y Taiwan disponían de sistemas educativos muy precarios, pero aun en medio de desgarradores conflictos internos y externos se emplearon a fondo, sacándose el pan de la boca para financiar la educación, en un periodo donde no tenían recursos suficientes para comprar el pan y atender la escuela. Cuatro décadas después no solo contaban con procesos de industrialización muy avanzados sino que las evaluaciones internacionales presentan sus sistemas educativos entre los más respetados del mundo. Y ahora que son ricos, siguen concentrando atención y recursos a la misma tarea. Para mencionar otro ejemplo, el año pasado, Corea destinó a la educación más del 20% de su presupuesto público. Con excepción de los Estados Unidos, fue la nación industrializada que dedicó el mayor porcentaje del PIB a la educación superior. Y según señala con orgullo el Ministro de Educación, sumando los aportes del sector público y el sector privado, es uno de los países que invierte una mayor proporción del PIB en la formación de su gente.

En 1966 la República Dominicana disponía de un sistema educativo precario. En lugar de emplearse a fondo para sacarlo a flote, el gobierno le retiró la atención y los recursos y lo dejó solo. Cuatro décadas después las evaluaciones nacionales e internacionales dan al sistema institucional y educativo dominicano la calificación de deplorable, pero el país había ascendido a la categoría de ingreso medio bajo. Desgraciadamente, con instituciones y un sistema educativo deplorable, el ingreso medio fue concentrado entre unos pocos y el ingreso bajo fue distribuido entre el grueso de la población. Aun así, mientras el presupuesto de estos últimos cuatro años ha dado para todas las locuras de los gobiernos, entre el 2003 y el 2006 el gasto público en educación promedia el 1.8% del PIB, retrollevando la educación pública a niveles que se entendían superados y manteniendo a la República Dominicana entre los países del mundo que invierte una menor proporción del PBI en la educación de su gente.

Pero quizás lo más deplorable es que tras muchos años viviendo la “escuela pobre para los pobres”, en donde el presupuesto se define después que los Gobiernos y las familias han atendido “las cosas verdaderamente importantes”, los presidentes y sus altos funcionarios, los legisladores, los jueces, los síndicos y regidores y el liderazgo político, económico y social de la nación se ha acostumbrado a una escuela pública degradada. Ya ni se asombran, ni se avergüenzan, ni sienten pena, ni sienten rabia, ni protestan, ni dan en la mesa y sueltan una mala palabra, Y aun cuando todos saben cuanto cuesta el colegio de sus hijos a ninguno le interesa saber cuanto costaría una educación pública decente. Y esa deplorable actitud, mantenida por un período muy largo, explica muchas cosas deplorables que están y seguirán pasando en la República Dominicana.