La elección de Vásquez

PEDRO GIL ITURBIDES
Durante buena parte del siglo XX, muchos se preguntaron por qué no fue don Francisco José Peynado el elegido a la Presidencia de la República en el 1924. Don Rufino Martínez, que legó a este pueblo un magnífico diccionario biográ fico de notables dominicanos, fue de los que musitó la interrogante. ¿Era el hombre necesitado por el pueblo dominicano después de la ocupación militar norteamericana? escribió; pero la mayoría, instrumento de políticos que defendían sus viejos intereses, le negó su voto?

Debido a ello, el 12 de julio de dicho año juró como Presidente de la República el general don Horacio Vá squez, uno de los tiranicidas de Ulises Heureaux. Venía a ejercer el mando por tercera vez. Inhumados los restos de Lilís y provocado por él y por Ramón Cá ceres el alzamiento de San Francisco de Macorís, fue proclamado Presidente. Quiso él, sin embargo, que fuera don Juan Isidro Jiménes el mandatario, y convocó a comicios muy poco después. Dos meses m ás tarde ascendían ambos al mando del Poder Ejecutivo, don Juan Isidro como titular, y él como Vicepresidente.

Las intrigas los separaron.

En realidad eran desconocidos entre sí. El joven general admiraba la lucha del empresario montecristeño contra el tirano. Don Juan Isidro rendía culto al sacrificio del grupo de jóvenes que el 26 de julio puso término al desorden lilisiano, cobrá ndose la vida del general Heureaux. En realidad, fuera de esos lazos, eran dos desconocidos colocados por el azar en una misma y sinuosa hamaca política.

Horacio Vásquez inició tempranamente acciones tumultuarias contra el régimen que propulsó. En abril del 1902 comenzó las correrías que en las dos semanas siguientes permitieron sitiar la ciudad de Santo Domingo. El 2 de mayo cedería don Juan Isidro un mando que Horacio le había otorgado. Ascendió éste como Presidente provisional. Empero, la urdimbre de embrollada cizaña que separó a don Juan Isidro y al general Vá squez no cesó en sus objetivos. De manera que un año después, Vásquez lucía arropado por la malquerencia popular. Estaba cercado por una trama que lo asedió, y, finalmente, venció.

Cuando en 1924 se constituyó en el mandatario impulsado por la Alianza Nacional Progresista fortificada por don Federico Velásquez Herná ndez, ya no era el general de los albores del siglo. Quizá por ello, en el sentimiento y las aspiraciones de muchos, no debió ganar esa alianza, sino la Coalición Patriótica de Ciudadanos, que sustentaba la candidatura de Peynado. Perdió éste, porque no siempre se ha logrado llevar al poder lo que conviene a la República.  

Como escribiera hace años don Rufino Martínez, triunfó una “mayoría (que era) instrumento de políticos que defendía sus viejos intereses? Eso pasó, al entender de muchos, con Horacio Vá squez en 1924. Y ha ocurrido -y sucede con frecuencia- en la historia dominicana.