La estirpe de Caín

Federico Henríquez Gratereaux
henriquezcaolo@hotmail.com 
– Usted dice que en nuestras tierras ocurren sucesos retorcidos. Pero recuerde los personajes que gobernaban en Brasil, en Paraguay, en Argentina. En todos esos países había gobernantes militares: Stroessner en Paraguay, Onganía en Argentina; en Brasil, en esos años, un militar sucedía a otro militar: A Castello Branco le siguió el mariscal Costa y Silva; y después hubo un triunvirato de los cuerpos armados.

 La Fuerza Interamericana de Paz, de la OEA, que actuaba en Santo Domingo en 1965, contaba con tropas de Brasil, de Paraguay, Honduras, Guatemala; desde luego, la infantería norteamericana, en cierto momento, llegó a tener “cuarenta mil efectivos”. Para que entienda mejor esta retorcida historia debe tomar en cuenta que los militares brasileños no permitieron que Perón regresara ese año a la Argentina. Obligaron su avión a volver a España, donde estaba exiliado. Simplemente, militares de un país colaboraban con los militares del país vecino.

– Los “legionarios” que invadieron las Islas Malvinas eran realmente invasores simbólicos; los militares argentinos solo buscaban recomponer su popularidad al enarbolar una bandera nacionalista: defender la soberanía de Argentina sobre esas islas. El destacamento inglés de Las Malvinas capturó a los muchachos y, tras un escarceo diplomático, los despachó para Tierra del Fuego, esto es, hacia el lugar de donde procedían. En la bestial política de nuestro tiempo son frecuentes estos dolorosos “retorcimientos”. Y los hay peores. Aquí, en este país, ha circulado por años y años un refrán terrible entre militares: “el civil no es gente”. Quiere esto decir que el viejo “derecho de gentes” no alcanza ni protege a quienes no vistan uniformes. Los jóvenes que se atrevían a expresar opiniones políticas cuando gobernaba Trujillo eran sometidos a torturas atroces. – He sabido, a través de mi amiga húngara Panonia Vörösmarty, de la existencia de un torturador llamado Pocho Rifleta, que prendía fuego dentro del recto de los detenidos mediante algodones empapados en alcohol. Eso le ha contado a ella su amigo Miklós Ueberblick. El caso lo ha estudiado minuciosamente un estudiante húngaro, laureado, que vive en Praga.

– Conozco bien a ese Pocho Rifleta. Es el autor de muchísimos crímenes. Pero no quiero desviarme del retorcido itinerario de Ascanio Ortiz. Digo retorcido porque usted lo ha bautizado así. Para mi la cosa no tiene recoveco alguno. Es un asunto político típico de guardias. Lo interesante para usted sería saber lo que pasó después que Ascanio salió de la prisión de Ushuaia. En el curso de unos cuantos años todo volvió en América al punto donde se encontraba cuando Marguerite vivía, cómodamente, en Santiago de Cuba. ¿Dígame, qué ha variado en el estilo de los políticos de Europa y de América en los últimos sesenta años? – No debe decir eso; la transformaciones sociales son hoy visibles en muchos países. – ¿Se atrevería usted ha pregonar que han cambiado radicalmente las vidas de los hombres comunes, desde las Antillas hasta la Antártida? – Podríamos tratar esto más tarde. Yo tampoco deseo apartarme del tema principal. Continúe con lo del hijo de Marguerite o con los crímenes de Pocho Rifleta.

– Se trata de algo semejante a lo que usted escribió sobre aquellos catorce jóvenes que fueron fusilados por tener las uñas limpias. En Santiago de los Caballeros, en 1960, circularon unos panfletos contra el gobierno de Trujillo. Los repartieron treinta y dos jovencitos, inexpertos e ingenuos. En la parte posterior de los volantes estamparon una leyenda: “con perdón de la expresión, Trujillo es una mierda”. Con tapones de corcho de botellas de vino y la ayuda de hojas de afeitar, los jóvenes tallaron letras de molde para imprimir esa frase. Así no podría identificarse a ninguna imprenta como responsable del tiraje de los panfletos. De esos treinta y dos muchachos -llamados después “los panfleteros”- fueron detenidos veinte y nueve; uno de ellos tenía catorce años de edad. Finalmente, mataron veinte y siete. Habían cometido la tontería de poner al pie de los volantes un nombre revelador: “Movimiento clero-cultural”. Los agentes del servicio de Inteligencia Militar investigaron las costumbres de cierto cura joven de apellido Cruz. Los jóvenes, una vez detenidos, fueron “interrogados”, uno por uno, en un recinto de torturas de Santo Domingo. Los maltrataron sin tregua durante varios días. Ese Pocho Rifleta estranguló veinte y siete muchachos retorciendo una cuerda con un palo como palanca. Él, personalmente, los desnucó a todos. Están enterrados juntos en el Cementerio Obrero de Santo Domingo. Y no tienen una lápida conmemorativa común. Este sujeto murió tranquilo, muy viejo, casi ciego, al pie del Santo Cerro, el lugar donde dicen apareció la Virgen de las Mercedes en 1495. Ni fiscales ni tribunales tomaron en cuenta los crímenes. Tampoco los familiares de los agarrotados se atrevieron a vengarse.

La estirpe de Caín siempre conserva algún poder. Es una raíz firmemente agarrada a la tierra. Santo Domingo, R. D., 1993.