La Feria en un trencito

 ÁNGELA PEÑA
Parece que se construye una gran ciudad moderna impregnada de atractivas novedades. Es como si la capital, el país, se hubiesen trasladado a la Plaza de la Cultura a crear un mundo maravilloso de película, novela, cuento de hadas. Cientos de obreros construyen casetas, levantan pabellones, arman tarimas, colocan mesas y sillas, pintan paredes y techos, instalan cables y luces, cargan y desmontan, martillean, taladran, serruchan, clavan, mientras vehículos de todos los tamaños y marcas transitan impacientes buscando estacionamientos imposibles.

Ya no es la Plaza de la Cultura. Es el ámbito, la fisonomía, las distribuciones de la Feria del Libro que anteayer comenzaba a opacar las viejas edificaciones de ese entorno para dar paso a los imponentes pabellones, las diversas casetas, los cafés, las áreas de exhibiciones y espectáculos. Así, todavía sin libros, tiene apariencia de naciente metrópoli con sus trenes recorriendo las calles rotuladas en bellos cartelones: José Mármol, Rubén Suro, Silvio Torres Saillant, Jeannette Miller, Jacinto Gimbernard, Iván García Guerra, Rafael Solano, Daysi Cocco de Filippis, entre otros poetas, ensayistas, catedráticos, abogados, músicos, dramaturgos, narradores, actores, compositores, escritores vivos ya inmortalizados en esta fiesta del intelecto en la que se exhiben sus biografías resumidas.

Como en un pueblo grande, todas las fuerzas del orden están representadas, reglamentando el tránsito, imponiendo respeto, exigiendo disciplina, sometiendo a la obediencia. Celosos agentes de Amet, el Ejército y la Policía acompañan en sus misiones necesarias a chicos y chicas uniformados de “Seguridad” y a una policía especial privada que inspecciona trabajos y gentes estrenando relucientes autos.

Pese a la descarga y a la postura de carpas, alfombras, lonas, tubos, estantes, y el incesante pasar de la flotilla de “Four wheelers”, es imposible extraviarse, perderse un “show” o accidentarse porque señales sobran. Hay indicaciones de control de velocidad y de todas las muestras de esta impactante Feria: Pequeñas biografías, País invitado de honor, Pabellón Juan Pablo II, Casetas editores nacionales e internacionales, libreros, embajadas, artesanías, tarimas de expresión popular y de merengue, agencias publicitarias, áreas de universidades, explanada de banderas, Prensa y Telecomunicaciones, Libros de cocina, Autores dominicanos, Pabellón del Quijote, Pabellón de la Diáspora, Pabellón de Juan Pablo Duarte, se observan en llamativos letreros.

Están señaladas, también, las fundaciones culturales, ONGs, institutos y academias, oficinas gubernamentales, exposiciones pictóricas, áreas infantiles, Laberinto y Palabras de autores. Los espacios reservados a los niños son hermosos, originales, rebozantes de colorido, música, fantasía, figuras clásicas de la infancia creadas de forma relevante.

Allí hay vida, actividad, movimiento, alegría. Músicos y otros artistas hacen más ameno el entorno ensayando con sus guitarras y acordeones, tamboras y güiras, violines y trompetas. Se aprecian en vivo, personalmente, al igual que a intelectuales distinguidos que ya asoman paseándose maravillados por esas rutas que combinan entretenimiento y saber con el libro como motivo principal de celebración al que esperan, como a novias en bodas, lugares tan especiales que parecen templos en los que se exhibirá sagrado, venerado.

Esta Feria pinta innovadora, un encanto. Mejor es no perdérsela e imaginarse dar la vuelta al mundo en ferrocarril, saludar a los amigos a distancia, llegar con puntualidad a las funciones, bajar a hacer compras, satisfacer necesidades y caprichos, hojear libros sin cansarse y seguir la fiesta cultural estrenando asiento, felices, como niños, montados en un resplandeciente trencito azul.