La filosofía al rescate de la economía

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FABIO RAFAEL FIALLO
Con este artículo me propongo, amigo lector, mostrar la manera en que la filosofía, disciplina abstracta por excelencia, puede arrojar luces sobre cómo enfocar, y eventualmente resolver, un problema de orden material que agobia al mundo de hoy, a saber, la incapacidad en que se encuentra la economía de responder a las expectativas de la humanidad. Para ello, estableceré un paralelismo entre dos siglos que presentan a mi juicio una interesante similitud: el siglo XVIII y aquel, el XX, que recién dejamos atrás.

El siglo XVIII, llamado siglo de la Ilustración, fue el momento en que se consolida la fe en el progreso científico, una fe cimentada en aportes revolucionarios recientes tales como las teorías de Copérnico, Galileo y Newton. El siglo XX, por su parte, es el momento en que el progreso técnico lleva a creer en la posibilidad de alcanzar una sociedad de abundancia a nivel mundial. Dos maneras optimistas, pues, de situarse frente a la noción de progreso.

La simetría no se detiene ahí. Ambas épocas experimentaron igualmente gran dificultad en atender a objetivos que ellas mismas habían creído poder alcanzar. Me explico.

En el siglo XVIII, los avances científicos y la consiguiente fe en el progreso dieron nuevas alas a la esperanza de responder al fin a las tres cuestiones que el ser humano se ha planteado en todo tiempo y lugar: ¿Es que Dios existe? ¿Es que el mundo fue creado? ¿Es que el alma humana es inmortal? Cuestiones que constituyen el meollo de la rama de la filosofía llamada metafísica, es decir, lo que existe más allá de la realidad observable. Dos corrientes filosóficas rivales dominaban en ese entonces el debate en la materia.

El racionalismo, que databa en gran medida del siglo precedente, encarnado fundamentalmente por Descartes, Spinoza y Leibniz, veía en el progreso científico de aquella época, y en el papel que en el mismo habían jugado las matemáticas, la prueba de que el hombre, valiéndose exclusivamente de su capacidad de razonar en forma abstracta, es decir, sin fiarse de sus sentidos, engañosos por naturaleza, puede llegar a resolver los tres grandes problemas metafísicos antes aludidos.

Algo radicalmente diferente pensaba la corriente filosófica conocida con el nombre de empirismo, representada por tres filósofos ingleses: Locke, Berkeley y Hume. Para ellos, sólo es válido lo que conocemos a través de los sentidos; y como las cuestiones de la metafísica quedan fuera del campo de lo observable, el empirismo ponía en tela de juicio que ideas abstractas pudiesen llegar a dar una respuesta a las cuestiones metafísicas.

Surgía de esa manera una inextricable dificultad. Si bien el racionalismo tenía razón al afirmar que el razonamiento abstracto había permitido enormes progresos científicos, ¿por qué, sin embargo, dicho razonamiento no había avanzado un ápice en la respuesta a cuestiones, las de la metafísica, que los filósofos habían tratado de elucidar desde los griegos de la Antigüedad? Pero, al mismo tiempo, si el fracaso de la metafísica parecía darle la razón al empirismo escéptico, ¿por qué, en ese caso, el pensamiento abstracto, por medio de las matemáticas, sí había permitido avances en el campo científico?

Una crisis semejante tiene lugar hoy en un terreno no menos crucial para el ser humano que el de la metafísica: el terreno de la economía. Aquí, dos sistemas compitieron a lo largo del siglo pasado por ofrecer una solución a los problemas materiales de la humanidad: el socialismo y el capitalismo.

Pero dichos sistemas no han tenido más éxito en el campo de la economía que el racionalismo y el empirismo en el terreno de la filosofía.

Así, a finales del siglo pasado, con el desmoronamiento del Muro de Berlín y la inaudita mutación del capitalismo, la historia se encargó de desmentir, no sólo el llamado socialismo real, sino incluso los pilares teóricos del mismo, definidos por su principal exponente: Karl Marx. En efecto, nadie puede atribuirle hoy al proletariado el papel de vanguardia de la revolución que dicho proletariado ocupa en la escenografía marxista. Como tampoco se atisba el fin del capitalismo en la forma y por las causas previstas por Marx. Como tampoco la colectivización de los bienes de producción resultó ser la panacea que el marxismo había dejado entrever. Y a una teoría sin el proletariado como vanguardia, sin la superación del reino del mercado mediante la lucha de clases, y sin la colectivización de la economía como base del socialismo, se le puede dar cualquier nombre, salvo el de marxismo. De ahí que movimientos políticos diferentes, particularmente en América Latina, estén actualmente en la búsqueda de vías inéditas para alcanzar objetivos perseguidos otrora por el socialismo de inspiración marxista.

No por ello las cosas andan mejor en los predios del capitalismo vencedor, sostenido ideológicamente por el liberalismo. Un capitalismo generador de pobreza, de desigualdades sociales e internacionales, y de daños al ecosistema que hipotecan el futuro de la humanidad. La expoliación ecológica y el despilfarro de los recursos naturales nos están conduciendo, no a la soñada abundancia, sino a nuevos tipos de escasez.

Valga un ejemplo. Se ha calculado que si la China y la India, para citar solamente estos dos países en rápida expansión, adoptaran los patrones de vida norteamericanos, se necesitarían no uno, sino tres planetas Tierra para suplir los recursos naturales necesarios. Añádase a esto que la pobreza y las desigualdades, tanto internacionales como dentro de cada nación, alcanzan niveles explosivos. Añádase además que la globalización actual se ha convertido en un vehículo de destrucción de tradiciones y culturas ancestrales.

El capitalismo real lega así a las generaciones venideras, aquellas que por no haber nacido aún no pueden ni siquiera protestar, un mundo deteriorado y empobrecido. Deteriorado en su ecosistema, empobrecido en su diversidad cultural.

De ahí surge una triple similitud entre la crisis de la filosofía del siglo XVIII y la de la economía de hoy. Primero: al igual que el progreso científico no llegaba a hacer avanzar la solución del problema metafísico en el siglo XVIII, de esa misma manera el progreso tecnológico de hoy no nos acerca a una solución de los problemas económicos. Segundo: al igual que el racionalismo se equivocó al anunciar una respuesta definitiva a las cuestiones metafísicas por medio de la abstracción, de esa misma manera el marxismo se equivocó al vaticinar la sociedad de abundancia por medio de la lucha de clases. Tercero: al igual que el empirismo no lograba explicar las posibilidades del pensamiento abstracto, de la misma manera el liberalismo no logra responder de manera efectiva a la necesidad de preservación del ecosistema y de justicia social e internacional.

¿El interés de ese paralelismo? Hélo aquí. Gracias a un pensador genial que respondía al nombre de Immanuel Kant, la filosofía consiguió rebasar la crisis que la afectó durante el siglo XVIII. Esa solución kantiana, pienso, puede sugerir pistas inéditas para resolver la encrucijada en que la economía se encuentra hoy. Y son esas pistas las que en la próxima entrega intento explorar.