La filosofía también es metafísica

En un reciente artículo titulado Los enemigos de la metafísica, publicado en el suplemento cultural Areíto, del periódico Hoy, el escritor y poeta Basilio Belliard alude a los filósofos que supuestamente odian la metafísica, en lugar del razonamiento intuitivo y lógico de la ciencia, como límites del conocimiento de la realidad fenoménica y del mundo.
Afirma Belliard que “en el siglo XX la tentativa más contundente por superar a la metafísica procede de Heidegger, en el sentido de postular un pensamiento del ser que no dimana de una experiencia no empírica en sí, sino de una experiencia ontológica del lenguaje. En el fondo, el positivismo lógico rechaza la especulación filosófica, y de ahí su odio a la metafísica, que se refugia en la intuición, la evasión, lo onírico y la imaginación. Los positivistas, con su afán cientificista, reivindicaron la forma científica de pensar, su filiación a la lógica y a la experiencia, y atacaron a la metafísica por su flanco más débil: los límites del conocimiento del mundo”.
Parecería que Belliard intenta desconocer los argumentos que fundamentan la especulación filosófica, desde un análisis distorsionado de la historia de la filosofía, pues analizar cualquier discurso epistemológico a partir de un modelo específico de lenguaje, no implica desconocer lo que Richard Rorty ha llamado la “filosofía de la subjetividad”, o de la emancipación del yo. Rorty ha dicho: “Esta tradición –en mi propia jerga– no sería más que otro de los intentos metafísicos de combinar lo público con lo privado”.
En otras palabras, la “metafísica” de Heidegger y el “logocentrismo” de Derrida suponen una vasta reflexión del ser, como expresión irónica de la razón instrumental y lógica. Esta insistencia especulativa no significa, sin embargo, una pretensión de fundamentación ontológica, en interés de negar la metafísica como límite de expresión intuitiva del lenguaje, poético o científico, como ha escrito Belliard. Si, a pesar de lo escrito por este, nos olvidamos de la metafísica como tarea fundamental de la filosofía, debemos abandonar no solo la distinción positivista entre ciencia y razón, además de la existente entre lo a priori y lo a posteriori, empleada tanto por Russell como por Husserl. Dicho de manera más general: deberíamos renunciar a todos los intentos de convertir la filosofía en una actividad tan autónoma como los filósofos mismos se la imaginan, antes de que comenzaran a tomar en serio el tiempo como problema esencial de la metafísica y su relación indisoluble con la filosofía, la epistemología, la lógica y el conocimiento científico.
Desde Nietzsche fueron los “teóricos ironistas” los que se apoderaron de la filosofía de la subjetividad, pensadores que están más interesados en la filosofía como juego y no como lógica de la razón instrumental, o la ciencia positiva con su determinismo objetivo y lógico.
Habermas y Dewey son herederos de Hobbes y de su idea de que la metafísica reemplaza a la contemplación filosófica como fuente de conocimiento e intuición. La tesis de que la búsqueda de la objetividad no es ni más ni menos que un acuerdo entre sujetos, va de la mano con la tesis de que ningún lenguaje se ajusta más a la realidad que otro. Pero sostener esto comporta abandonar la distinción entre intelecto e imaginación, y entre ideas claras e ideas confusas, si partimos del análisis de Belliard de que la concepción científica del mundo del positivismo lógico desemboca en crítica a la concepción metafísica del mundo, como la crítica de Marx a Hegel. No hay sitio para esa distinción una vez se renuncia a la teoría de la correspondencia entre filosofía y verdad, metafísica y verdad, o metafísica y filosofía.
La filosofía entraña, necesariamente, en su forma o en su contenido, una metafísica particular y propia, en el uso subjetivo del lenguaje y su temporalidad encarnada en los grandes relatos de la historia: la ciencia, la razón, el poder, las creencias religiosas, etc. Desde el positivismo, la racionalidad progresiva de los entes sociales, en su realización y en su conocimiento de la historia, constituyen una forma distinta de la expresión intuitiva de lo metafísico. El positivismo instrumentaliza la razón, con el objetivo de afirmar el tiempo de la historia, y eso también es metafísica. No hay temporalidad histórica en sí misma, sino desde y para la historia, como temporalidad del ser para la historia. La historia del ser para la historia, como ente de la razón indiscernible, y no de la razón instrumental. Es imposible instrumentalizar los entes de la razón histórica, para conocer el ser, sin otra finalidad que el ser instrumentalizado por la historia.
No es ningún absolutismo: el ideal marxista de una sociedad sin clases es antidialéctico, y una forma metafísica de idealismo, imposible de alcanzar. Marx es dialéctico en sus ideas, pero antidialéctico en sus hechos. En él, la verdad es un hecho, mas el hecho no es una verdad. La filosofía de Marx es mesiánica y redentorista, y por ende, metafísica, en la búsqueda ontológica del reino de la igualdad, de la finalidad última de redención del proletariado, aunque no en su epistemología y en el uso de su jerga conceptual.
Al contrario de lo que piensa el poeta Belliard, Gadamer puede aceptar la propuesta de Locke de que al filósofo le corresponde la función de un encargado de limpieza, que barre los desechos de la razón, con el fin de hacer espacio para la configuración del pensamiento irracional e intuitivo. Semejante combinación se encuentra en Bacon y Descartes, quienes relacionaron el intento de eliminar los desechos de la razón aristotélica, con la visión de un futuro utópico. De manera parecida, los intentos de Dewey o Wittgenstein por desligar la filosofía de la herencia de Kant, los de Habermas por desenredarla de lo que llama la “filosofía de la conciencia”, y los de Derrida por liberar la filosofía de lo que se designa como “la metafísica de la presencia”, están todos ellos entrelazados con profecías de un pensamiento completamente utópico, cuyo advenimiento se pretende acelerar con tales intentos de especulaciones metafísicas.
El dejar de inquietarse por la autonomía de la filosofía significa, entre otras cosas, abandonar el propósito de trazar líneas exactas y limpias entre cuestiones filosóficas, por un lado, y metafísicas, religiosas y estéticas por el otro.
Mientras los filósofos no estén dispuestos a aceptar una cierta interdependencia entre el pensamiento y la intuición, a adoptar cierta despreocupación respecto de la cuestión de cuándo hacen filosofía o cuándo no, la filosofía no desempeñará el papel modesto, aunque esencial que Heidegger le asignó, y en consecuencia también fracasarán en asumir lúdicamente, en serio, el tiempo, como problema esencial de la metafísica.
La disputa entre los que aceptan esta crítica de la teoría de la correspondencia entre filosofía y metafísica y quienes las rechazan ocupa, en el mundo intelectual de hoy, el lugar de la disputa platónica entre los dioses y los titanes. Es una disputa entre los que están dispuestos a emprender el descenso a los infiernos –el descenso de Spinoza a Kant, de Kant a Hegel y de Hegel a Nietzsche y Deleuze– y aquellos que, como Basilio Belliard, intentan recuperar la idea de un orden natural y de una facultad llamada razón que nos permite entender ese orden.