La gente que me gusta

“Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace.  La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad.Me gusta la gente con capacidad para asumir las consecuencias de sus acciones, la gente que arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño…Me gusta la gente que es justa con su gente y consigo misma, la gente que agradece el nuevo día, las cosas buenas que existen en su vida, que vive cada hora con buen ánimo dando lo mejor de sí, agradecido de estar vivo, de poder regalar sonrisas, de ofrecer sus manos y ayudar generosamente sin esperar nada a cambio.Me gusta la gente capaz de criticarme constructivamente y de frente, pero sin lastimarme ni herirme. La gente que tiene tacto. Me gusta la gente que posee sentido de la justicia… Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría y la prédica. La gente que mediante bromas nos enseña a concebir la vida con humor. La gente que nunca deja ser aniñada. Me gusta la gente que con su energía contagia.Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos razonables a las decisiones de cualquiera. Me gusta la gente fiel y persistente, que no desfallece cuando de alcanzar objetivos e ideas se trata.Me gusta la gente de criterio, la que no se avergüenza en reconocer que se equivocó o que no sabe algo. La gente que, al aceptar sus errores, se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos. La gente que lucha contra sus adversidades. Me gusta la gente que busca soluciones….

Mario Benedetti.

¡Qué hermosas esas palabras escritas por el gran escritor Mario Benedetti! Recibí el mensaje a través de Internet. Cuando lo recibí,  estaba inmersa en mil y una ocupaciones, no tenía tiempo para poner atención. Lo guardé hasta nuevo aviso. En un momento me sentí agobiada, y entonces, como hago siempre, busqué alguna lectura que me devolviera la paz y la inspiración para seguir trabajando. Me llegó en el momento preciso. Lo leí con atención y me surgieron muchas reflexiones e inquietudes.  Aprovecho este Encuentro para compartirlas con ustedes. 

Independientemente de nuestras preferencias políticas, humanas y sociales, tenemos la necesidad de vivir en una sociedad. Para ganarnos la vida, hay que trabajar. Diariamente, y sin proponérnoslo, debemos transitar por las calles y convivir con mucha gente. Los que salen apresurados porque llegarán tarde y la angustia los consume. Los que salen a las calles a vender un producto cualquiera para ganarse el pan de ese día. Los que salen sin prisa. La niñez que, a pesar de sus protestas cotidianas, se ve obligada a salir a la calle para ir a la escuela.

Finalmente llegamos al trabajo. Allí tenemos que lidiar con gente.  ¡Qué difícil tarea!  Nos encontramos con todos los tipos y tipologías.  El grupo que trabaja por simple necesidad y su meta es pasar el tiempo haciendo lo mínimo, mirando cada hora el reloj esperando las 5:00 PM para partir presuroso de la tortura.  El grupo que asume el trabajo como reto, se compromete, se siente obligado y para quien las horas son referentes. Existe también el grupo compuesto por personas egoístas que ven en los demás el enemigo a enfrentar. 

La familia es un grupo social difícil. Tuve suerte de heredar un padre amoroso y responsable y una madre abnegada, trabajadora y luchadora.  Tuve suerte de recibir en el seno familiar 8 hermanos locos y unidos.  Y a pesar de esas premisas, temperamentos distintos, intereses diferentes y elecciones de vida por senderos opuestos, ponen a veces en peligro la unidad familiar.

Los amigos y amigas, aquellas personas que elegimos y constituyen nuestra familia elegida, resultan a veces difíciles de mantener.  Lidiar con herencias diferentes, a veces contradictorias, visiones sobre la vida con matices opuestos, convierten a la amistad en una tarea de constante esfuerzo.

El tener que relacionarnos permanentemente con tanta gente y en tantos y diferentes planos, nos hace a veces añorar la soledad.  Después de soportar el bullicio cotidiano, después del esfuerzo de escuchar, después del esfuerzo de callar, la mejor compañía es estar con uno mismo. Hacer un balance del día. ¿Tuve la buena fortuna con la gente que tuve que compartir? ¿Qué hice hoy? ¿A cuántas personas tuve que atender? ¿Me escucharon? ¿Supe escuchar? ¿Pude soportar sin tener que sufrir?

Cada día nos relacionamos con gente de todo tipo.  Los que te aman de verdad, sin preguntarse cómo eres. Son aquellos que puedes ser tal cual eres, sin poses ni temores al desengaño.

 Los que te halaban sin razones, a esos hay que temer.  Los que te dicen lo que sienten, aunque sus observaciones sean duras y dolorosas, a esos debemos de respetar. Los que son indiferentes, porque pasan por tus vidas sin dejar huellas, a esos los olvidamos. Los que con su trabajo sencillo, te apoyan y te hacen la vida más fácil, a esos hay que apoyar.  A veces me pregunto qué sería de nuestras vidas sin los “sin nombres”, los marginados que por míseros sueldos te acompañan en silencio. 

Pero siempre elegimos.  Me gusta compartir con la gente sincera, que no tiene poses. Me gusta la gente que trabaja no solo para ganar el pan, sino para hacer aportes a la sociedad. Me gusta la gente que tiene la capacidad de reírse de sí misma. Me gusta la gente comprometida con lo que hace. En fin, me gusta la gente capaz de amar hasta la inconciencia y que sea capaz de reír y llorar por un ser amado

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