La globalización arropa al cristianismo

POR  FABIO R. HERRERA-MINIÑO
Una buena parte de la cristiandad ha olvidado por completo en esta semana, el objetivo de la Iglesia para celebrar los acontecimientos bíblicos de hace dos mil años, cuando el Mesías fue empujado a una ignominiosa muerte en la cruz, la cual estaba destinada tan solo a criminales repudiados por las sociedades de aquellos tiempos.

La agonía, previa al apresamiento en el Monte de los Olivos, de un Hombre que había estado predicando su mensaje de amor fraterno entre los seres humanos, alcanzó ribetes de desesperación, cuando, por momentos, intentaba sacudirse del objetivo que Dios había determinado como la mejor forma de que, lo predicado por Jesús en las áridas tierras palestinas, perdurara y transcendiera por los siglos, como el mensaje final divino, y de cuál debía ser el objetivo de la humanidad para la convivencia en armonía.

Jesús quiso, en una fecha como hoy, en las horas previas a su detención por la guardia de seguridad de los rectores del templo, de darle forma a su doctrina, y en un extenso parlamento durante la Ultima Cena, y recogido por los evangelistas, plantea cual debía ser la forma de vida de la humanidad, para que se encauzara en el sendero de la redención y así alcanzar la meta del Padre que es la divinidad de cada ser humano.

Los evangelios describen con pormenores, la agonía de esos últimos momentos del acelerado caminar, que Jesús se impuso como una urgencia divina de brindarle a la humanidad el medio que Dios había dispuesto para la redención de la raza humana. Esto, después de desplazarse por toda Galilea, Samaria, Nazaret y Judea para darle la oportunidad a un puñado de hombres y mujeres muy humildes que asimilaran lo que sería el destino de los humanos para alcanzar la salvación eterna.

Hoy, el cristianismo conmemora con diversas ceremonias la instauración de la Ultima Cena, y en el catolicismo se establecen los ritos destinados a que los fieles se recojan en su interior y mediten sobre aquel ser divino que sembraría la semilla de la superación humana, para que fuera otra cosa, distinta a sumergirse en el interior egoísta de cada quién, buscando sus propios fines, en perjuicio de los demás.

Pero el mundo ha ido evolucionando, a medida que el desarrollo mundial va atrapando a todos los países, y los sentimientos espirituales se van relegando para acordarnos tan solo cuando nos llegan los momentos supremos de la partida hacia la otra existencia u ocurre un terremoto.

Después de la II Guerra Mundial, otros intereses, ideales e ídolos surgieron para crear las sociedades, sin el símbolo de la Cruz, que era la meta para el disfrute de la vida eterna, sino, con el avance de la globalización, ahora en el siglo XXI, la preocupación de estos días es a qué playa o montaña vamos a ir, qué tipo de traje de baño se utilizará, donde está el mejor crucero en barcos, o a qué destino de ultramar se puede viajar para disfrutar por un largo fin de semana que sirva de asueto, de libertades sin las ataduras morales del temor de cometer actos carnales, hasta de una gran irreverencia a lo que significa las celebraciones de la Semana Santa.

La transformación de las sociedades las están conduciendo hacia una agonía de disfrutar de los medios que permiten gozar de una vida disipada y llena de la urgencia de la concupiscencia de la carne, en donde el uso de las drogas arropa a muchos sectores sociales. Esto se manifiesta de cómo el tráfico de drogas ha ido en aumento, y muchas personas se arriesgan para llevarle el medio de la evasión, a quienes la globalización, o los ha hecho ricos, o los ha empujado a ofrecérsela a quienes buscan nuevos medios de escape y disfrute de las cosas terrenales.

Casi todo el fervor religioso se ha ido perdiendo, pese a los certeros esfuerzos de las autoridades de la Iglesia, para destacar la necesidad de acercarnos al prójimo como la vía correcta para encontrar la razón de ser y de conducta de vivir las enseñanzas divinas. Sin embargo, hay señales de que las inquietudes están sembradas en la conciencia de los seres humanos que integran la sociedad, quedando algo de los esfuerzos, de ver en cada semejante al prójimo bíblico al que debemos acercarnos, como única vía de superar tantas crisis que afectan el desarrollo normal de las actividades humanas.

La globalización ha estremecido los cimientos de la fe religiosa y el proceso de ateísmo arropa a Europa, reflejándose en sus conductas y en su incredulidad, con las iglesias vacías, las poblaciones menguando, tan solo habitada por personas mayores, frente a un derrumbe de la fe y con patrones demográficos en rebeldía con el mandato bíblico de creced y multiplicaos.

Hoy por hoy continúa la tenacidad de la Iglesia para conmemorar cada año el paso de Jesús a la divinidad, con el objetivo de hacernos ver nuestro valor como hijos de Dios.