La gloria y la grandeza del poder continuista

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La Revolución Francesa desafió al poder absoluto. La   Revolución Americana sustituyó al poder absoluto por la democracia presidencialista. Y la Revolución Industrial abrió el camino a la sociedad del conocimiento. Si bien estas revoluciones iniciaron procesos radicales que cambiaron la manera de pensar, de vivir y de producir, las mismas resultaron insuficientes para modificar en los gobernantes la vocación por un poder ampliado, extendido y de ser posible hereditario. Al principio, por los sueños. Después, por la costumbre. Y al final, por  el miedo a dejar el poder.

Esa vocación continuista resulta incompatible con la democracia presidencialista y con la velocidad del cambio social. En primer lugar, desde su etapa de diseño se intuyó que delegar en un solo ciudadano poderes extraordinarios para dirigir un país que aspiraba a ser regido por instituciones demandaba reglas políticas muy estrictas. 

En segundo lugar, las sucesivas revoluciones tecnológicas y la creciente apertura de las naciones propiciaron incrementos tan notables de la capacidad productiva de hombres y pueblos que terminaron comprimiendo la historia. Empero, los gobernantes se agotan rápidamente,  aun cuando se mantengan 50 años en el poder.  Y una vez se agotan, concentrarán su atención no en los problemas de la nación sino en sus proyectos favoritos, se aislan para solo escuchar su propio discurso,  y se colocan por encima del bien y del mal para cerrarle el vidrio a la realidad. La jubilación, aun de aquellos más honestos, competentes y sabios, constituye, no derrota o desgracia, sino un imperativo para renovar las energías del gobierno, para corregir desviaciones,  para cambiar de rumbo, para estimular el desarrollo de nuevos lideres y  sobre todo para lidiar con los cambios vertiginosos de este mundo.

Esos elementos explican por qué en democracias presidencialistas que han desarrollado muy fuertes instituciones, los gobernantes no permanecen mucho tiempo en el poder ni entran y salen del Gobierno como dueños por su casa. En algún punto del camino,  sus líderes descubrieron que la institucionalidad es esencial para el desarrollo. Que no se puede institucionalizar una nación si previamente no se institucionaliza la Presidencia. 

Ahora bien,  si los hombres de poder anhelan un poder ampliado, extendido y de ser posible hereditario y son ellos quienes construyen las instituciones políticas,  ¿por qué van a propiciar la creación  y fortalecimiento de instituciones que limiten su poder o lo jubilen? Usualmente no lo hacen. Y ello explica por qué tantos gobernantes que alcanzaron el poder después de luchas frontales contra el colonialismo, las tiranías y las dictaduras y otras formas de abusos y desmanes, terminan reclamando el poder ampliado y extendido que combatieron. Explica también por qué  en un mundo repleto de constituciones garantistas, no hay tantas naciones donde el poder de las normas predomine sobre las normas del poder.

América Latina sirve para ilustrar el punto. La democracia presidencialista se suscribe muy temprano. Pero en muchos países la preeminencia del líder sobre las instituciones sería tan notable que el éxito de los gobernantes se mediría por los años que logran mantenerse o por las veces que logran entrar y salir del poder. Como consecuencia, las luchas alrededor de una presidencia que no se institucionaliza han sido constantes. Y en ellas se han desperdiciado las mejores energías y las mejores oportunidades de desarrollo. Después de tantos sufrimientos y tiempos perdidos, era plausible esperar que el  periodo democrático que se inicia a finales de los 70s terminara institucionalizando una alternabilidad presidencial razonable. A  pesar de su historia, o quizás por la cultura política que esa historia crea, el continuismo retorna con caudillos civiles que comienzan clamando por la reelección al estilo norteamericano y terminan defendiendo la reelección indefinida.

En el caso de la Republica Dominicana, el patrón se reproduce. Santana, Báez,  Lilis, Trujillo y Balaguer son los “los prohombres a emular”. Trujillo, el arquetipo del éxito, se mantuvo 31 años en el poder y a la hora de su muerte era ya uno de los hombres más ricos en una de las naciones más pobre de America. Tras su muerte,  el continuismo retornó con Balaguer. Y cuando muchos sospechaban que la salida de Balaguer fortalecería una alternabilidad decente, el continuismo aparece de brazos de dos partidos bochistas que ganaron principalia combatiendo a Trujillo y/o  Balaguer. Y una vez la mentalidad continuista reconquistó su lugar en el Olimpo,  el desenfreno reconquistó la categoría de política pública. Y las grandes decisiones tomadas o pospuestas tendrían como transfondo la reelección del Presidente de turno.

Mejia, el antirreeleccionista, jamás debió adquirir una reforma constitucional que le permitiera optar por “cuatro años más y después veremos”. Y Fernández, el antirreleccionista convertido al modelo norteamericano de hasta dos periodos,  jamás debió procurar un tercer periodo presidencial.

Por eso, la discusión de una constitución  llamada a guiar el tránsito del país hacia la modernidad quedaría atrapada. Y  los retrocesos institucionales contenidos en el Proyecto de Reforma quedarán como pruebas de cargo contra un Gobierno y un partido dispuestos a negociar hasta las asentaderas por batata, con el solo propósito de evitar la jubilación natural de un Presidente que ya ejerce su tercer periodo. Y es una pena.  La Republica Dominicana tiene una historia. Y en ella no aparecen gloria ni grandeza asociadas al poder continuado. La gloria y la grandeza de partidos y gobernantes se encuentran en la reciedumbre moral para vivir de acuerdo con sus convicciones políticas. Procurando  colocarse por encima de las  miserias que el mismo poder engendra.

La constitución

Un continuismo descalificado

 Hipólito Mejía, el antirreeleccionista, jamás debió adquirir una reforma constitucional que le permitiera optar por “cuatro años más y después veremos”. Y el Presidente Leonel Fernández, el antirreleccionista convertido al modelo norteamericano de hasta dos periodos,  jamás debió procurar un tercer periodo presidencial. En este país no aparecen glorias ni grandezas asociadas al poder continuista.