La gran sequía de nuestra democracia

“La sequía había empezando matando la primera cosecha; cuando se hubo hecho larga y le sacó todo el jugo a la tierra, le cayó encima a los arroyos; poco a poco los cauces le fueron quedando anchos al agua, las piedras surgieron cubierta de lamas, y los pececillos emigraron corriente abajo. Infinidad de caños acabaron por agotarse, otros por tornarse lagunas, otros lodazales. Sedientos y desesperados, muchos hombres abandonaron los conucos, aparejaron caballos y se fueron con las familias en busca de lugares menos áridos.” Pero la vieja Remigia se resistía a salir.

En Los cuentos de Juan Bosch, en su prodiga imaginación no hay lugar a la fantasía, solo a una dolorosa realidad dominante que Bosch comprende y sufre. Conocedor de la vida del campo, de las amarguras y afanes del campesino, escoge a una mujer sin miedo al trabajo, a una madre que le traen a su hijo en parihuela para criar a su nieto y hacerlo un hombre de provecho con el sudor de su frente y del sol que le quema la espalda hasta el anochecer de esperanzas.

Aunque la sequía le robe la vida, con fe indoblegable, de creyente reverdecido, Remigia confía en la bondad del cielo, despejado de nubes grises que mancillen su pureza que anunciara pronto con truenos, rayos y centellas la buena venturanza, el final de la sequía, las nuevas cosechas, los campos y montes reverdecidos, los ríos risueños, las gallinas, los cerdos, el ganado abatidos por el hambre y la sed, vueltos a la vida, por tan solo unos cuantos cirios encendidos y dos pesos de agua y de oración.

Y como si el tiempo no pasara y mostrara sus enseñanzas, van con el santo rosario en sus manos, sus cantos plañideros y sus velas encendidas la buena gente de Bonao, con sus dos pesos de lluvia, perdida la fe en quienes tienen la responsabilidad de protegerlos, prevenir y conjurar las desgracias que provoca más que la madre naturaleza, la desaprensión de las autoridades.

Pero Juan Bosch, incapaz de engañar, no se engaña. En cada uno de sus cuentos hay un sabio mensaje, una valiente denuncia, una amarga queja, pareja con su pensar profundo y su sentir, humano, demasiado humano. Conoce de esos sufrimientos y con prosa exquisita, con el arte del saber decir desnuda el drama real, el desamparo y la ingenuidad de la irreductible fe, encarnada en la vieja Remigia que espera con sus rezos mover montañas. Capaz de creer que acudirá la Virgencita de la Altagracia y las mismas animas del purgatorio, con medio cuerpo hundido en el fuego inextinguible, a quienes el buen Dios, despreocupado, les dio el poder de llenar y abrir represas, distribuir el agua bendita y salvadora , igual que la CAASD, el INDRHI o el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, con su fiat administrativo tardío y demagógico que lleva a la quiebra y a la desesperación a cosecheros y empresarios avícolas, agrícolas y ganaderos. La falta de políticas publicas previsoras y eficientes, que atiendan y conjuren los grandes déficits de nuestra democracia que aterradoramente permanecen y crecen como verdolaga.