La guardia en la calle

PEDRO GIL ITURBIDES
Nadie ha dicho que mañana a las ocho saldrá la guardia a patrullar las calles. Pero debido a que el tema evoca vivencias dictatoriales, hemos armado un pequeño escarceo, digno de mejor causa. Nadie ha dicho que la guardia patrullará las calles. Lo cierto sin embargo es que los criminales están ganando la batalla al pueblo, y que de algún modo tenemos que enfrentar el problema.

La preocupación, gracias a Dios, tocó las puertas del titular del Poder Ejecutivo. El Presidente de la República, doctor Leonel Fernández, convocó una reunión con importantes funcionarios de su administración, para hablar sobre el tema. Como se dice ahora, se ha dispuesto que una “lluvia de ideas” se encamine a organizar acciones que pongan freno a la creciente delincuencia. No caben dudas que los servicios militares pueden auxiliar, de diversas maneras, a los agentes policiales. No necesariamente con el patrullaje, a lo que muchos temen.

En cuanto todos debemos estar de acuerdo es en reclamar la responsabilidad pública por la seguridad social. Es responsabilidad de los gobiernos ofrecer a los pueblos un clima de seguridad que propicie trabajo y progreso. La inseguridad prodigó miseria en el pasado.

Cuando algunos de los viajeros estadounidenses que nos visitaron en el siglo XIX llegaban a comunidades del interior, se asombraban por el panorama que veían. Tierras feraces, clima propicio al trabajo, y, sin embargo, miseria inenarrable.

A Randolph Keim le dijeron en Montecristi que entre los guerrilleros de conchoprimo y los rateros, disponían del fruto de cualquier actividad. Samuel Hazard, que vino poco después de Keim, escuchó parecidos comentarios en varias comunidades. ¿Para qué trabajar, si los ladrones dispondrán del fruto de ese trabajo? Este sentimiento se encuentra en obras literarias diversas, entre ellas, la novela “Cañas y Bueyes” de Francisco Moscoso Puello.

Sacudidos por Ramón Cáceres, se inició un lento proceso de superación en el quinquenio de 1905 al 1911.

Pero el asesinato de Mon hizo que volviésemos a las andadas, hasta que se produjo la invasión de 1916. Pero fue definitivamente Rafael L. Trujillo quien hizo posible que la casa guardase un cierto orden. Entonces patrullaba la guardia, y apenas los hombres sin oficio veían una patrulla mixta, se escondían para evitarse el confinamiento en una colonia agrícola. Porque la famosa “ley de las diez tareas” se aplicaba a todo el que no pudiese probar que se ocupaba de algo productivo, fuere estudio o trabajo.

A todo adulto que tuviese pinta de borracho lo cargaban en una “Toña la Negra”. Pero hacían lo mismo con cuanto hombre no esclarecía con la prontitud requerida por los patrulleros, la pregunta relacionada con su ocupación habitual. Y puedo asegurarles, porque lo contemplé en más de una ocasión, que esos patrulleros no se andaban con remilgos.

La Policía Nacional, manejada con criterios castrenses, era también un dique de contención a la delincuencia. La rápida detención de Eudes Maldonado y sus hermanos, a raíz del asalto a la sucursal del Royal Bank en Santiago de los Caballeros, es atisbo de los procedimientos expeditivos de que se valía el régimen. Relatos hay que recuerdan los procedimientos de algunos jefes policiales, como el general Federico Fiallo. Perdonaban a los ladrones por una primera vez, pero los advertían de no delinquir nuevamente, pues del castigo jamás podrían dar cuenta. Y al parecer, cumplían su palabra, pues el dominicano de la época se volvió serio a carta cabal.

Estos tiempos son diferentes, por supuesto. Y tienen que ser distintos los procedimientos destinados a contener la criminalidad. Lo que nunca será distinto, aunque se diga lo contrario, es que la lenidad es causa de toda forma de violación a la ley. Cuando la impunidad sustituye el acto de coerción en las sociedades, estamos diciendo a los criminales que ellos son dueños y señores de vidas y haciendas ajenas. Y esto tienen que saberlo los gobiernos.