La guerra en mis recuerdos

ROSARIO ESPINAL
Era una niña cuando estalló la guerra civil de 1965. Llegó la noticia a Santiago y mi madre salió apresurada, calle abajo, en busca de sus tres hijos con un grito de “vengan, vengan que hay una guerra”. Así terminó para mí un día de inocencia montando bicicleta. Luego vino el encierro que imponía el miedo a la guerra. No hubo confrontaciones intensas en el pueblo porque aquella fue una lucha fundamentalmente capitaleña, pero estábamos a la espera. Los tiroteos del Hotel Matún constituyeron la evidencia más contundente de que se peleaba una guerra.

Recuerdo ventanas y puertas removiéndose a ritmo de temblor de tierra. Fue mi mayor susto con la guerra. Después desaparecieron los tiros y los toques de queda, y mi vida volvió a la rutina provinciana que arropó el resto de mi infancia y adolescencia.

Fue más tarde, en mis años universitarios a mediados de los 70, que me reencontré con la famosa guerra. Ahora era un evento de la historia, un hecho consumado, un documento a estudiar; pero con los ánimos aún caldeados por la guerra era imperante pensar, tomar una posición concreta; o mejor dicho, correcta.

Mi mayor interrogante provino de no entender por qué a ese conflicto armado se le llamaba guerra. No se parecía a la Primera ni a la Segunda mundiales, ni a la de Vietnam, ni siquiera a la de Cuba en la Sierra Maestra. No se ajustaban las comparaciones en mi incipiente lógica taxonómica de la historia.

Después de agonizar con este dilema, que en aquel entonces era casi de vida o muerte, concluí, quizás para no traicionar mi propia necesidad de conciencia histórica, que una guerra puede durar un día o cien días, un año o diez años, ganarse o perderse. Que su trascendencia no radica en la duración, sino en el sabor y el olor que deja; en lo que tuerce y retuerce; en lo que logra y malogra. Con esas ideas pude entonces darle categoría de guerra a lo que ocurrió en Santo Domingo en aquel abril de 1965.

Esa guerra pudo haber repuesto a Juan Bosch en el poder, primer presidente libremente electo después de la dictadura; pudo haber empalmado con la revolución cubana, transformando radicalmente el curso de la historia dominicana; o pudo haber sido lo que fue: un intento fracasado de lucha armada, fracturado por una ocupación norteamericana.

Las dos primeras hipótesis quedaron sin verificación histórica, lo que causó indignación en mucha gente. Por eso, a partir de ahí, florecieron las más diversas utopías y proyectos políticos que buscaron compensar por aquel fracaso.

Posiblemente no hay muchos dominicanos y dominicanas mayores de 45 años que no tengan en la guerra de 1965 un referente importante de coincidencia o diferencia, de liberación o terror, de nostalgia o desdén. Sin saber lo que hubiese sido, de haber sido, nuestra generación le asignó a ese evento una categoría referencial, un lugar especial.

Por ella, y a partir de ella, se estructuraron todos los proyectos políticos que definieron la vida dominicana de los últimos 40 años. Juan Bosch, José Francisco Peña Gómez y Joaquín Balaguer con sus proyectos y personalidades enfrentados; las izquierdas más diversas, desde el maoísmo agrarista hasta la dictadura con respaldo popular boschista; las guerrillas que fueron desmanteladas con encarcelamientos, exilios y muertes; la convergencia del marxismo y el catolicismo; la contra-revolución; el balaguerismo y el anti-balaguerismo; y la preeminencia de tres partidos que se nutrieron de esos eventos y que, al día de hoy, no saben exactamente qué hacer después que murieron sus caudillos.

Para conmemorar el 40 aniversario de la guerra civil de 1965, comparto unos versos que escribí hace varios años, en un momento en que recordé esa guerra y el espíritu transformador que dejó en ebullición.

Revolución.

Casi siempre se encontraban nuestros pasos,
eran tiempos difíciles,
pero creíamos en el encuentro.
La ideología del triunfo nos dominaba,
cada tarea era posible,
cada sueño imaginable.
Sobraba energía y faltaba miedo.
Eran tiempos robustos,
en eso coincidíamos.
El pasado invadía el presente,
la fusión era intrascendente.
El objetivo era alcanzar el futuro.
La narración era visión,
los acontecimientos nos conmovían,
el compromiso era deseo y obligación,
pero nunca una simple opción.
Reuniones clandestinas y no clandestinas;
historia, proyectos, seducción, promesas.
Cantar era un himno al ser
a la vida y a la muerte.
La nueva trova, la vieja trova.
La política era alimento no apto para la saciedad;
el cansancio era impensable,
la obediencia esperable,
la solidaridad incuestionable.
Revolución:
Soñada, difundida, perturbada,
abortada, confundida y extinguida.
——
rosares@hotmail.com