La hermosa epopeya de abril

BIENVENIDO ALVAREZ-VEGA
Aunque parezca paradójico decirlo, la guerra de abril de 1965 constituyó una hermosa epopeya. Un pueblo se levantó en armas, con el apoyo de amplios sectores de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, para restituir la legalidad violada, para volver a los cauces constitucionales, para deshacer los entuertos protagonizados por quienes, burlando la decisión de los votantes, sacaron del poder a un gobierno constitucional.

Lo común y ordinario en la América Latina y el Caribe de entonces era el golpe de Estado como el que se había perpetrado en la República Dominicana en septiembre de 1963. El primer ensayo constitucional y democrático de un pequeño país que empezaba su andadura democrática después de 31 años de cerrada dictadura, fue abortado por altos militares, empresarios y un sector del gobierno de los Estados Unidos.

Pero el golpe de Estado de abril de 1965 fue diferente. Fue el resultado de una larga conspiración de militares comprometidos con el orden constitucional violado, quienes en connivencia con el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y militares que respondían a otros grupos políticos querían y reclamaban constitucionalidad sin elecciones. Es decir, esta iniciativa no era la obra de la guerra fría, de los gorilas castrenses, ni eran maquinaciones de la derecha, etcétera.

Cuando el dictador Trujillo fue ajusticiado, en mayo de 1961, muy pronto quedaron decantadas las posiciones políticas y las visiones que se tenían de hacia donde debía dirigirse la sociedad dominicana. Los burgueses reprimidos por Trujillo, conservadores casi todos, procuraron rápidamente tomar el comando del país. En el otro lado estaban los liberales enraizados en la democracia al estilo norteamericano, profundamente antitrujillistas aunque tácticamente tolerantes con quienes habían servido al régimen recién caído. La campaña electoral expresó muy claramente estas dos presencias, estas dos maneras diferentes de considerar el presente y el futuro de la República Dominicana.

Los comicios de diciembre de 1962 fueron ganados de manera abrumadora por Juan Bosch, el fundador y líder del Partido Revolucionario Dominicano, un político que había luchado largamente contra Trujillo desde el exilio, un político de profundas convicciones democráticas, de espíritu laico y con un concepto del orden social diferente a los dirigentes y público agrupados en Unión Cívica Nacional, el partido que perdió los comicios.

Poniendo en práctica la máxima criolla según la cual el que pierde arrebata, quienes tenían en su agenda controlar el país después de Trujillo no observaron las reglas democráticas y pronto empezaron una conspiración contra el nuevo gobierno que terminó con el golpe de Estado de septiembre de 1963. Bosch sostuvo, sin embargo, que su gobierno fue derrocado antes de que él tomara posesión. Una forma metafórica de plantear cuan temprano empezó la conspiración.

Pero como anotamos arriba, un sector importante de los militares enamorados del orden democrático, en alianza con políticos del partido más afectado por el golpe de Estado, el PRD, inició un movimiento hermoso y patriótico, inspirado en devolver a la población su soberanía y el valor de su decisión electoral de diciembre de 1962. Este movimiento desafió las “leyes” de la guerra fría y desafió también la fuerza conservadora militar y empresarial, y liquidó por la misma vía el Triunvirato con la consigna de constitucionalidad sin elecciones.

La resistencia de Estados Unidos contra Juan Bosch hizo posible que el golpe de Estado se transformara en una guerra patriótica. Los norteamericanos no fueron capaces de discernir el sentido de este movimiento político-social, ni de entender los cambios políticos que estaban registrándose al interior de la sociedad dominicana. Su obsesión por Castro los llevó a invadir la República Dominicana con miles de soldados, aviones, barcos y tanques.

Abril de 1965 se convirtió, entonces, en una hermosa epopeya que convocó a todos los sectores políticos comprometidos con un país diferente al dejado por los Trujillo. América Latina y el Caribe recibieron así el ejemplo de una pequeña nación que luchaba por restaurar la ley, por restaurar el orden, por reimponer la libertad, por reivindicar el valor del voto de sus ciudadanos, hombres y mujeres, y por disponer de un gobierno decente y democrático.

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