La historia de Ossama

POR MARIE PIER ACEVEDO ALVAREZ
Ossama Dauajhre murió el primero de noviembre del año 2003. Usaba el computador en la sala de su casa mientras un amigo y su hermano desarmamaban (o ensamblaban) la nueva arma que aquel cercano amigo recién había comprado. De repente se zafó un tiro, aquella bala que hirió a Ossama en el costado. Eran las 10:30 de la noche de aquel sábado tan triste, tan amargo.

Llegué a mi casa quince minutos más tarde y desmontándome del vehículo que conducía, alcancé a oír gritos, lamentos provenientes de la casa de la esquina. Yo me apresure como alguien que es enviado de Dios a realizar una misión.

Los vecinos estaban nerviosos, lloraban, gritaban, daban vueltas y vueltas con sus celulares en las manos. Con una expresión de desconcierto llavaban sus manos a la cabeza. Que momento más difícil, más trágico. En aquella atmósfera reinaba el nerviosismo y la desesperación. Sin dudas algo muy grave había ocurrido, algo para lo que ninguno de ellos estaba preparado.

Entraba a la marquesina de los Dauajhre cuando pude ver el cuerpo de Ossama tendido en el suelo. Lo primero que pensé fue que se había desmayado, seguramente a causa de un golpe en la nuca o en la cabeza,  que lo había dejado inconsciente.  Creí que esa era la razón por la que todos estaban asustados, hasta que mis ojos se percataron de toda la sangre que bañaba su cuerpo y que se extendía por la sala. Entonces, algo mucho peor que un golpe en la cabeza había acontecido, ¡algo terrible!  Pregunté a una solidaria vecina que salía de su casa, ubicada justamente en frente, aturdida por el sonido de la desgracia. Con tormento me dijo en pocas palabras lo que había ocurrido. Y yo empece a clamar a Dios pidiendo misericordia.

 Llegué muy tarde, no sé si todavía respiraba, si aún latía su corazón. Estaba allí, en medio de todo este espeluznante escenario. Ninguno de los allí presentes, ni yo, podíamos hacer nada para remediarlo. No podíamos rebobinar el reloj, no podíamos devolverle la vida. Sólo pude ver el desconsuelo de una madre desauciada cuyo corazón era consumido por el más profundo de los dolores;  el remordimiento de un amigo espantado por la sorpresa ingrata de la muerte; la desesperación de un hermano por causa de su impotencia y el lamento reprimido de su padre que, por ello, tal vez sea el mas intenso que del alma pueda surgir. 

¿Cómo es que algo tan súbito e impredecible pueda llevarse la vida de alguien en un instante? Siquiera arrancarla poco a poco, lentamente, para dar tiempo al adiós ¿Cómo pudo ser arrebatada aquella vida que había sido cultivada por 24 años, en tan sólo segundos? No es acaso inconcebible que un error tan torpe, tan estúpido produzca el final de toda una vida?

Y comprendí que la vida es sencillamente frágil. Creémos que es nuestra hasta que se nos escapa de las manos. Y olvidamos que el sólo hecho de existir, de nacer, de respirar es un milagro que Dios nos regala cada día.

No sigamos pensando que somos autónomos, dueños y señores de nosotros mismos si nada hicimos por estar aquí lúcidos y vivos. Todos, absolutamente todos, unos mas tarde que otros, reconoceremos esta verdad: La autoridad y potestad de Dios sobre nosotros y sobre todo lo creado? ¿Quién puede asegurar nuestras vidas? ¿Quién  podrá asegurar nuestro futuro?, ¿Acaso lo hará una compañía de seguros?, ¿Acaso los bancos?  ¿La ley? La policía? analicemos, pues,  en qué ponemos nuestra confianza, nuestra fe. Y quién podrá asegurar nuestras vidas después de la muerte. Sólo hay una respuesta: Jesucristo. Porque de él y solo de él viene la vida. Él quiere que te sientas confiado y seguro. El vino para que tengas vida en abundancia, vida eterna.

Para recibir toda esta promesa de bendición abre tu boca y reconócelo como el Señor de tu vida, como tu salvador. Ábrele tu corazón, entrégale tu alma, pon en sus manos tu vida.  No sabes cuanto te ama, ¡Cuánto ama tu alma! No sabes cuando desea darte vida.

Recuerda que él murió por ti. No esperes más. Tu vida, tu eternidad depende de ello. Tu vida sin él es frágil como la hierba:” Como la hierba que crece en la mañana: en la mañana florece y crece; a la tarde es cortada y se seca.” ( Sal 90:5).