La ideología nacionalista en la cuentística dominicana

Si Giovanni di Pietro, en forma abierta o encubierta, descubrió en su investigación acerca de la novela dominicana una ideología nacionalista que se muestra “novela tras novela” con un recurrente prontuario de los problemas sociales, del  devenir histórico y del dilema de las coyunturas políticas de la “nación”, no menos cierto es que el cuento criollo exhibe el mismo derrotero,  y mi indagación incluirá el poema y la pieza teatral.

El problema no es el tema, dijimos, sino su ideologización en el texto de ficción cuando está admitido que el valor de un texto literario reside en la organización del sentido en contra de las ideologías y las creencias de una época. Existen escritores que se conforman con la rebelión o la insurrección en contra del poder y sus instancias o en contra de determinada ideología de las miles que existen en la sociedad.

Si me atengo al concepto de cuento con su hecho-tema único y sus dos leyes fundamentales, la fluencia constante y la palabra precisa para describir la acción, elaborado por Juan Bosch en sus conocidos “Apuntes…” y desecho lo que antes de “Camino real” (1933) se consideraba cuento, concluyo en que el cuento de valor literario comienza con el propio Bosch.

En efecto, si consideramos cuentos los incluidos  por Sócrates Nolasco en su “Antología del cuento en Santo Domingo”, de 1957, no solamente no clasifican como “el relato de un hecho-tema único que tiene una importancia indudable”, según la definición boschiana, sino que tampoco cumplen los requerimientos de las dos leyes imprescindibles del cuento. El propio Bosch califica esos textos de todo, menos cuentos: son estampas, cuadros de costumbres, etc. Todo eso intenté demostrarlo en los dos estudios que siguen a la nueva edición de las obras que integran los diferentes tomos de cuentos y narraciones de la Colección Pensamiento Dominicano publicada por el Banco de Reservas en 2008.

El 90 por ciento de las obras contenidas en tales volúmenes caería dentro de la ideología nacionalista evocada por Di Pietro. Bosch mismo dijo que los llamados cuentos que se escribieron en el pasado, digo yo antes de “Camino real”, plantean un tema político con el cual los escritores se burlaban de los políticos caudillistas, de los generales analfabetos y de las clases que les adulaban.

Pero he dicho ya que el tema político o de coyuntura acerca de lo que sucedía en el país no es motivo suficiente para descartar un cuento debido a su ausencia de valor literario. Si se examinan los cuentos que forman parte de “Camino real”, se observa que del total de 24 que contiene el libro, siete tratan del tema político de las revoluciones o montonera (La verdad, El cobarde, Revolución, Sombras, El alzado, Guaraguaos y Lo mejor); uno (La mujer), violencia doméstica; dos sobre lo real maravi lloso (Dos pesos de agua y San Andrés);  tres sobre los sentimientos de sujetos (Piloncito, El abuelo y El algarrobo); tres sobre supersticiones campesinas (El resguardo, La pájara y Lucero); los demás temas se reparten en fuga de presos (Chucho), pleitos entre campesinos por diferentes motivos como engaño (El cuchillo y La negación), lavar el honor (Cundito y La sangre), los celos (La pulpería) y vida de peones cibaeños (Camino real).

Con excepción de “La mujer”, “Dos pesos de agua”, “El resguardo”, “La pájara” y “Lucero”, los demás cuentos son cuadros de costumbres campesinas ligados al problema político coyuntural a que alude Di Pietro: la revolución o montonera  denunciante del desorden y el caos que impedían el progreso y la civilización de la “nación”, la explotación de los campesinos, las pendencias entre campesinos a quienes las revoluciones mantenían en el atraso y la pobreza.

Creo que “La mujer” y “Dos pesos de agua” son los únicos que salvan el libro, pero no por lo que explica Carlos Curiel en el prólogo al libro de Virgilio Díaz Grullón, “Crónicas de Altocerro”, incluido en la edición citada del Banco de Reservas, en el sentido de que son cuadros o estampas de la vida campesina que han perdido vigencia porque un nuevo tipo de cuento, el de los problemas urbanos de la pequeña burguesía, vino a desplazar esa temática que respondió a una época, la de la novela de la tierra que mimaba una sociedad mayoritariamente agraria hasta el inicio del proceso de industrialización del trujillismo.

No, existen miles de cuentos europeos, norteamericanos e hispanoamericanos que siguen leyéndose hoy, no por el tema, sino por el valor, es decir, por su organización semántica orientada en contra de las ideologías de época y el sistema de poder y sus instancias. Pero estos cuentos, como algunos de Maupasant, Chéjov, Poe, Manuel Díaz Rodríguez, Gallegos, además de cumplir con el hecho-tema único y las dos leyes imprescindibles del cuento boschiano, presentan el trabajo del lenguaje con una intencionalidad artística, tal como sucede en “La mujer” y “Dos pesos de agua”.

Quienes me leen,  ya informados en qué consiste esa intencionalidad artística, quizá se les haga menos difícil entender este concepto de la poética. Pero para quienes no tienen ese entrenamiento, no es ocioso decir que el trabajo del lenguaje con fines artísticos en un texto cualquiera se manifiesta en el ritmo (dije ya más arriba en qué consiste) y en el trabajo de la prosodia, llamado paragramatismo, ambos equivalentes no solamente a la repartición de la sonoridad (el consonantismo y el vocalismo), sino también al fraseo (organización de una sintaxis nueva), de la organización de las metáforas (estas deben poseer un sentido nuevo inexistente en los diccionarios u otros poemas, pues si son gastadas, es decir, ya hechas y escritas por otros escritores, no tienen valor, y son repetición, ideología, pues. Todo esto es medible y analizable en un texto poético o narrativo. El crítico literario no tiene forma de eludirlo.

Aunque con otras palabras, Di Pietro se queja de la ausencia de “una nueva visión de la nación” en nuestra novelística. Yo diría mejor “una nueva visión del sujeto” en el discurso poético, narrativo y teórico. No es posible crear una nueva visión con algo inexistente. Y aunque existiera, crear una nueva visión de la nación, sería ideologizar la obra, todo lo contrario de lo que esta es. El ensayo ideológico-informativo, no el poema o la narrativa, es el responsable de crear un nuevo discurso teórico acerca de la nación a que aspiro. ¿La nación clientelista y patrimonialista o la nación indefinidamente plural, libertaria y justa?