La importancia de un sistema de orquestas

La importancia de un sistema de orquestas

POR CAONEX PEGUERO-CAMILO
Con motivo del relanzamiento del Sistema Nacional de Orquestas Sinfónicas Infantiles y Juveniles. El pasado jueves primero de octubre nos dimos cita para presenciar la presentación del inicio de año escolar de las escuelas de Bellas Artes. Ante un auditorio repleto de profesores, estudiantes y padres, y ante un despliegue de talento juvenil e infantil en todas las disciplinas del arte, concluyó la noche con la presentación de la Orquesta Nacional Juvenil, conducida por sus directores, Darwin Aquino y Fernando Herrera.

Compuesta ya por más de 40 ejecutantes, la agrupación es testimonio de que el sinfonismo dominicano tiene un futuro brillante.

Jóvenes y niños de diferentes instituciones musicales, incluyendo varios de otras provincias, se reunieron para proclamar su decisión de expresarse a través de ese gran instrumento que se llama orquesta.

Escribo este artículo con el propósito de marcar la histórica ocasión.

El repertorio aún no es nuestro, pero los instrumentos sí lo son. Independientemente de su país de origen. Y es que el sinfonismo es un medio de expresión sonora que permanece vibrando en los más modernos ritmos de la música comercial o acompañando los más sofisticados efectos de la cinematografía moderna.  Ahora bien, ¿Por qué ejercerlo en este laboratorio de mezcolanza racial que se llama Caribe?

Nunca olvido los comentarios recibidos por mi estudiante del violín, Aisha, luego de su audición en  la prestigiosa escuela Yehudi Menuhin de Londres, cuando le preguntaban perplejamente, “¿Y es que en las Indias Occidentales hay orquesta sinfónica?” agregando, “…¿quién te enseñó así?.. ¿cómo aprendiste eso?”.

Para muestra un botón: ¡Estamos rodeados! Porque Puerto Rico es un pequeño gigante de la música sinfónica, y Cuba es un gigante pequeño de este arte que llegó a estas tierras para quedarse. Algunos dirían que ambos países tienen “excusa” para tal desarrollo musical: el respaldo de las dos potencias que dominaron la mayor parte del Siglo XX. Pero no así Venezuela, que es un prototipo de lo que ha pasado y de lo que puede pasar en la región. Y en vista de que comparte con nosotros el fogoso mar Caribe, nos dedicaremos a analizar lo que sucedió allá en el ámbito musical.

El Europeísmo en Venezuela

En Venezuela, solamente un grupo selecto de la burguesía, compuesta en su mayoría por inmigrantes o descendientes de primera generación, tenía acceso a la tradición sinfónica.   Era entonces natural que este sector prefiriera para sus orquestas la contratación de músicos europeos, que a su vez venían a completar su modus vivendi en las aulas de los conservatorios y las escuelas de música.

Aquí surge el pequeño gran problema de que en muchas ocasiones, y se podría decir que hasta en la mayoría de los casos, los ejecutantes no necesariamente poseían el don de la enseñanza y no producían la cantidad necesaria de instrumentistas que eventualmente los relevasen o viniesen a expandir el arte sinfónico por las extensas regiones de ese gran país.  Esto dio lugar a las interminables ondas migratorias, que ante la disminución de los conflictos armados europeos y la creciente estabilidad económica de esos países, se hicieron cada vez  menores y de menor calidad. 

En ese orden, españoles y franceses, italianos y polacos, ¡hasta norteamericanos! y finalmente, europeos del Este, se fueron sucediendo unos tras otros, concluyendo con una pequeña pero importante inmigración cubana.

A pesar de que cada vez más una mayor cantidad de criollos podía desarrollar su talento al mismo nivel que sus análogos extranjeros, esta alegada supremacía del artista foráneo se eternizó en la psiquis del empresariado patrocinador que nunca ofreció el apoyo necesario a los mestizos y mulatos que bajo todo tipo de contrariedades se habían superado allende los mares. No fue sino hasta cuando surge un movimiento autóctono, dirigido en su gran mayoría por especialistas patrios formados en el exterior, que Venezuela comienza a ver frutos en todas las áreas musicales.

Florecen agrupaciones corales y orquestales por doquier. Se crean centros de enseñanza que no venían ya a servir rigurosos y anticuados programas a la usanza del conservatorio de París del Siglo XIX, sino a responder a las rápidas y cambiantes necesidades de una nueva generación de jóvenes artistas. Así, y de manera vertiginosa, el movimiento pronto arropó la pequeña circunferencia estacionaria que había ocupado la élite del establishment musical.

A raíz de los avances y triunfos del movimiento, y sobre las alas de una efectiva plataforma diplomática impulsada por el Departamento de Estado de Relaciones Exteriores, los venezolanos comenzaron a exportar su movimiento orquestal, compartiendo con mucho éxito la ilusión de que esta área tan especializada del arte podía ser una realidad en Latinoamérica.

Ahora, después de un largo compás de espera, con un silencio de cuadrada bajo un calderón eterno, retomamos en la República Dominicana este sueño de ese gran apóstol de la música Latinoamericana, José Antonio Abréu, formador y forjador de un legado que va más allá de las líneas fronterizas creadas por el hombre.  Él, y no el ya paseé director-dictador de antaño, debe ser el modelo a seguir, para que unidos a una férrea voluntad política, aunada a una enfocada estrategia cultural, podamos dejar una herencia de expansión a las futuras generaciones de artistas que continuarán siendo representantes de los más bellos sonidos eufónicos de la gran orquesta.

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