La inaudita esperanza de Alberto Peña Lebrón en la era de Trujillo

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Sabíamos que Alberto Peña Lebrón (1930) había figurado en las publicaciones de la Colaboración Escolar que hacía doña María Ugarte España (1914-2011) en 1948, de ahí que perteneciera a dicha generación, constituida por jóvenes estudiantes del bachillerato que luego, salvo alguna excepción, cursarían la carrera del Derecho por ser la más afín a sus inquietudes culturales, pero no teníamos noticia del poema que el 17 de octubre de ese año en la página 11 de ‘El Caribe’ se había publicado: ‘Una voz de esperanza’, hasta que lo hemos encontrado en un volumen editado en Moca con prólogo de José Rafael Lantigua (1949), compilado por Juan Santos (1983) titulado ‘Voces de una tradición Renovada, homenaje al poeta Alberto Peña Lebrón por sus 70 años de poesía’ (Impresora Soto, Santo Domingo, 2018), con poemas y datos de unos 18 jóvenes que en ese momento no rebasaban los 35 años: Por orden alfabético: Leoni Disla (1990), Roberto Miguel Escaño (1992), Rosalba Escaño (1982), Ronny García Guzmán (1995), Jennífer González (1993, Nathalia Grullón (1990), Karmith Herrera (¿19..?), José Frankelly Hiciano (Kelly) (1980), Alfredo Jiménez (1987), Crismely Jiménez (1992), Winston Paulino (1987), Víctor Peña (1999), Pablo Ramos (1992), Fari Rosario (1981), Yadira Rosario (1989), Juan Santos, Rocío María Santos (1985) y Natalie Tejada (2001).
En otra ocasión podríamos decir algo de esta juventud lírica. Por ahora, al tema:
Una voz de esperanza

Una voz de esperanza se oye venir de lejos. / desde el cielo y el mar, desde todos los hombres que gritan/ en el mundo, / una voz que se eleva clamorosa y potente en las tinieblas, / despertando las ansias ya dormidas / y anunciando la aurora de un mundo nuevo y puro.
El aire que agita presuroso, / convulsionando, ardiente, por el temblor de un eco, / de una voz, de una angustia, de un reclamo, / hiere todos los tímpanos dormidos / en la inmensa quietud de la forzada inercia / y promete a los ojos ansiosos de horizontes / paisajes, panoramas soñados.
Este grito que el viento repite roncamente / se esparce intensamente por el inmenso espacio, / y alienta con sus notas encendidas / el corazón deshecho por el dolor y herido, / atormentado y roto por la espera sombría / de ese día luminoso de sol indeclinable / en que las voces todas de los hombres entonen / un canto de alabanzas y de amor a la vida.
Mientras tanto en las noches los hombres gritan / y la sangre se mezcla con el llanto, / una lágrima amarga, dolorosa y violenta, / inundando los pechos, lavando las pupilas / purifican los hombres para la nueva aurora.
Repetimos. El poema fue publicado en el periódico de Trujillo, El Caribe, en 1948. Aunque luego aparecerían en Los Cuadernos Dominicanos de Cultura en el No. 72 de agosto de 1949: ‘Poema’, ‘Presentimiento del otoño’ y ‘Preludio gris’ con una nota de Pedro René Contín Aybar, y ‘Aniversario del silencio’ en el No. 78/ 79 de enero –febrero 1950 cuando aún no había cambiado su nombre original de Agripino por el de Juan Alberto. Aunque poéticamente prefiere el Alberto.
En otras ocasiones hemos comentado este último poema y otros de su libro Órbita inviolable, Imp. Arte y Cine, 1953 (reeditada por la Editora Nacional este año en una edición homenaje). Ahora nos concentramos en ‘Una voz de esperanza’ por ser el más antiguo y el que le dio categoría para pertenecer a toda una generación.

Alberto Peña Lebrón en su biblioteca personal. Durante mucho tiempo, Alberto Peña Lebrón, aunque se mantenía firme en su vocación literaria y en sus relaciones con muchos escritores que le visitaban en Moca, en los tiempos de Héctor Incháustegui Cabral (1912-1979), tuvo cátedras en la Ucamaima, además, Lupo Hernández Rueda (1930-2017) lo citaba y escogía poemas suyos en sus diversas antologías y juntos fundaron la revista Testimonio (1964), acompañados de Luis Alfredo Torres (1933-1992) y Ramón Cifré Navarro (1926-1986); sin embargo, a pesar de esa presencia y de algunos comentarios de diversos escritores (entre los cuales nos incluimos), esos recios poemas, escritos en un momento en los cuales no solo las libertades habían colapsado sino que existían persecuciones, especialmente contra jóvenes estudiantes luego de la mascarada democrática de 1946, cuando el régimen permitió la creación de otros partidos, quizás (o sin quizás), en el fondo para que se declararan algunos, pero fueron tantos, que se asustaron, y de ahí que fuera arriesgado escribir lo que fuese que se pudiera interpretar como contrario al régimen.
Es en ese marco de terror contra quien usara con libertad la palabra escrita o hablada, que aparece ese poema, en ese medio precisamente, con un título tan aparentemente lejano de la política o de una clara protesta social (que sin duda existió en su libro citado), como lo señaló Diógenes Céspedes (1941) en Areíto el 28 de mayo pasado, en un artículo titulado ‘Juan Alberto Peña Lebrón un poeta con ritmo consonántico’, cuando, entre otras cosas dijo:
«Opino que es el libro más importante de la generación del 48, porque al leerlo de nuevo, a la distancia de esos 45 años no solo inscribió la crítica al poder de la dictadura trujillista y sus instancias en forma simbólica, sino que leída esta obra hoy, guarda el mismo tono crítico en contra del sistema social en el que nos encontramos, lo cual indica que la orientación política del sentido de cada uno de los poemas contenidos en Órbita inviolable no ha envejecido con el tiempo».
Ciertamente, más inaudita no podía ser su esperanza en aquellos momentos, como bien señala Céspedes en otra parte de su artículo, hablando de los poemas anteriores a la edición del libro.
Señalemos lo que este muchacho, que por su inteligencia, excelente comportamiento y buenas notas, había ganado El Premio Ramfis, que le permitió a él y a muchos otros jóvenes de lugares lejanos entonces, tener una beca que les permitió cumplir algunos de sus sueños, como poder hacer estudios superiores en esta ciudad. Mayor fue su audacia, por menos que eso le hubieran no solo quitado la beca ganada honestamente y fuera de politiquerías, hubiera perdido su libertad. De modo que arriesgando tanto, se magnifica el hecho de que se atreviera a soñar con un nuevo tiempo, manteniendo viva una esperanza inaudita.
Veamos algunas expresiones, después de conocer estos detalles:
«Una voz de esperanza se oye venir de lejos. / desde el cielo y el mar, desde todos los hombres que gritan / en el mundo, / una voz que se eleva clamorosa y potente en las tinieblas, / despertando las ansias ya dormidas / y anunciando la aurora de un mundo nuevo y puro».
Que poco a poco va subiendo de tono en la esperanza, hablando de ese grito que lo lleva el viento, que:
«se esparce intensamente por el inmenso espacio, / y alienta con sus notas encendidas / el corazón deshecho por el dolor y herido, / atormentado y roto por la espera sombría / de ese día luminoso de sol indeclinable / en que las voces todas de los hombres entonen / un canto de alabanzas y de amor a la vida».

Todavía la esperanza podría no confundirse con la realidad política circundante y ser (que no lo es solamente) un canto general, al mundo. Pero los versos finales ya no dejan duda alguna:

«Mientras tanto en las noches los hombres gritan / y la sangre se mezcla con el llanto, / una lágrima amarga, dolorosa y violenta, / inundando los pechos, lavando las pupilas / purifican los hombres para la nueva aurora».

¿Quién diría que esos hombres que gritan, esa sangre mezclada con el llanto, esa lágrima dolorosa y violenta, que inunda los pechos, no son de una esperanza ciertamente inaudita, de que está lavando las pupilas para purificar a los hombres para la nueva aurora? Tardaría ocho largos años con el Magnicidio para iniciar el largo y lento proceso, como dice Céspedes refiriéndose en una parte a la actualidad, en la ruta hacia el final de la larga espera de ver la “aurora de un mundo nuevo y puro.”

Nota: Cuando Céspedes habla de 45 años no se refiere a la fecha del libro, que fue en 1953, es decir, hace 66 años, sino al conocimiento que tuvo del autor.