La increíble historia de Melquiades Iguri

En los finales de la tiranía, en la capital se estableció un hombre de nombre Melquiades Iguri. Era el hijo menor de una familia larga.
Y aunque por tradición sus padres se habían dedicado a cultivar las tierras en la zona del sur, un día él metió sus ropas en un morral y se alojó en la casa de un primo que vivía en un tugurio próximo al río. En principio se había ganado la vida distribuyendo friquitaqui y chucherías en una bicicleta de canasto. Sin embargo, decidió dejar el oficio.
Así que cambió el negocio por un puesto de ruletas en la esquina de una avenida principal.
No le iba mal pero alguien le habló de las ventas de espuelas de gallos de peleas. Tuvo gran éxito porque, aparte de las auténticas, él aprendió a preparar las de guaragua. Y como era un arma ilegal, él se las arregló para hacerlas llegar de manera clandestina.
Pronto el éxito le llevó a tener renombre social.
Se hizo amante de los caballos de paso fino y vestía con sombreros de alas anchas, botas de charol y se compró, además, una escopeta de doble cañones y en el pecho se terció una cartuchera cruzada donde incrustó dos revólveres niquelados.
Llegó el momento en que su fortuna era incontable.
Y fue tanta la distinción, que un día llegó a su casa el presidente del partido liberal para proponerle la membresía y un puesto dentro del comité de orden.
Cuando llegaron las elecciones de medio término en el país, Melquiades Iguri había ganado el cargo de alcalde del litoral norte.
Con su poder de inmunidad, incrementó las espuelas de guaraguao y luego, según se rumoraba, ya había soñado con ser presidente de la República.