La infidelidad

SAMUEL SANTANA
Dentro de la relación familiar y de pareja pocas cosas causan tanto daño como la infidelidad. Se trata de una práctica que disloca de manera total la convivencia no sólo del matrimonio sino, también, de los hijos y de la misma sociedad. Las crónicas policiales están llenas de hechos que describen tragedias sumamente horrendas producidas por la locura de un esposo o de una esposa al descubrir que ha sido burlado o burlada. En los estudios que se han realizado en ese sentido, los expertos han determinado algunas razones por las cuales las personas incurren en esta práctica indebida.

Dentro del matrimonio se van produciendo con el paso del tiempo ciertas insatisfacciones, que van desde lo emocional, sexual hasta lo intelectual.

Es común ver que las parejas caen en una relación rutinaria después de cierto tiempo de estar juntos. Se olvidan un tanto los detalles que se manifestaban en principio, especialmente durante el noviazgo.

Regularmente un miembro de la pareja se concentra demasiado en sus planes y proyectos personales no dándole tiempo ni prestándole atención a la relación. La televisión, el deporte, la oficina o los amigos y las amigas constituyen ahora la parte a la que más tiempo se le dedica.

La infidelidad aquí puede encontrar un nicho si aparece alguien que hace todo lo contrario. A lo mejor un compañero o compañera de trabajo o alguien cercano que empieza a preocuparse por el otro y prestarle atención a cada detalle de su vida.

En el caso especial de las mujeres, ellas necesitan sentirse valorizadas, que son atractivas, deseadas y galanteadas.

La monotonía es considerada como otro elemento que conduce a la infidelidad.

La actitud egoísta de una esposa o esposo con su vida puede llevar a que la relación llegue a un punto muerto, en la que no haya comunicación ni atención alguna.

La presencia de un intruso que aborde a la otra pareja con halagos, con una actitud delicada, con detalles, con encanto y con cierto aire de misterio pueden inducir a correr el riesgo.

Llega el momento en que la infidelidad se convierte en un hábito riesgoso deseable. La razón es que es que el misterio y el peligro que se corre constituyen una aventura que alimenta la adrenalina en el cuerpo humano. Y este factor bioquimico se torna en algo agradable.

Esto es exactamente lo que se contrapone a la vida de aburrimiento y de rutina que se suele vivir en una relación después de unos cuantos años.

Otro de los grandes motivadores a la infidelidad es la existencia de una vida sexual deficiente o rutinaria.

Los expertos sostienen que quien se siente insatisfecho tiende a buscar fuera de la relación la satisfacción sexual que no encuentra en su pareja.

Plantean que hay muchas posibilidades de infidelidad si a pesar de sentir un gran amor por la pareja, en la cama no hay un ambiente excitante o, peor aún, si siempre está el pretexto para la negatividad.

La práctica de la infidelidad tiene justificaciones tan especiales como es el caso de una relación matrimonial en la que todavía uno de los dos no se ha desvinculado totalmente de la dependencia de los padres.

Los sexólogos dicen que se trata de una conducta infantil que impide que la otra pareja se sienta atendida emocionalmente. La dependencia familiar lleva a que se busque una relación fuerte e independiente.

Pero las más comunes de las razones o justificaciones es la búsqueda de nuevos placeres o sensaciones. Ya se ha hablado de la relación rutinaria o aburrida. Esta se contrapone al deseo de seguir enamorado y al de seguir disfrutando de nuevas aventuras y de satisfacer curiosidades.

Lo otro tiene que ver con la idealización de la pareja. Los sexólogos dice que para continuar idealizando al otro, muchas veces se eligen como amante a una persona totalmente opuesta.

La crisis de edad lleva también a la infidelidad.

Claro está, en término real no hay nada que libere a la infidelidad de su condición de práctica indebida e indecorosa y del daño que causa a la familia. Esta práctica ocupa un lugar muy importante como factor generador de crisis en el matrimonio por el resentimiento y la desvalorización que lleva consigo.