La ingratitud

El fenecido Joaquín Balaguer solía decir con frecuencia que los ingratos no tienen memoria. El diestro político vernáculo hacía alusión sobre aquella condición que poseen muchos seres humanos desde que la vida es vida. Al tomar la frase del maletero de las luces de aquel experimentado gobernante, prolífero escritor, traigo a reflexión lo que parece perpetuarse en el alma de cada individuo hijo de esta Patria como si se tratase de un acta de identidad nacional, el sello de la ingratitud.
Quienes enarbolan la tesis sobre los históricos desaciertos se refieren a una dominicanidad defectuosa que hemos cosechado, dejando una deuda con el pasado porque a nuestro propio padre fundador se le negó el derecho de morir en la tierra que amó y defendió. Esa negativa de no permitir que Juan Pablo Duarte, enfermo, dejara escapar su último hálito de vida en el país, es una deuda que tenemos con él. Muchos pensadores criollos lo han dicho con otras palabras.
“Un pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla”, pregonaba Juan Bosch en las ocasiones que se hacía necesario enfatizar su afán para que el pueblo elevase su nivel de educación. Don Juan es de los escasos políticos que mostró más preocupación por alcanzar ese objetivo. De ahí que los traspiés históricos tengan su origen en el escaso desarrollo nuestro.
Cuando un ser humano, una familia o un pueblo carecen de un nivel adecuado de conocimiento es más proclive a dejar aflorar esas actitudes que le hacen indigno. La ingratitud, pues, como otras taras hallan caldo de cultivo en la gente sin valores o aquellas con una herencia genética de sus antecesores.
El filósofo alemán Carlos Marx sostuvo que “la historia se repite como si dijéramos dos veces: la primera vez como tragedia y la segunda vez como farsa”. Como tragedia o como farsa ocurren hechos protagonizados por ciertos actores, que aún pasando años nutriéndose de quien lo tomó de la mano, cuando se presenta la primera situación adversa a su mentor, lo denuncia y lo vende. Jesús pasó por esa primera encrucijada.
Esa condición, innoble por demás, se observa hasta en miembros de una familia. Es muy común que un primo, un sobrino y a veces hasta un hermano caigan en ese terreno, lo que asumo se potencializa en aquellos núcleos humanos donde la educación, especialmente en valores, se torna escasa.
No significa que Fulano (a) formado en un hogar donde se enseñaron valores como la responsabilidad, el agradecimiento, el trabajo, la solidaridad y la honestidad, entre otros, pueda resultar un desmemoriado ante quien le tendió la mano. El escritor brasilero Paulo Coelho sostiene que “nadie llega muy lejos si se olvida de aquellos que estaban a su lado cuando lo necesitaba”.