La inmigración que no se controla

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Ya las autoridades han proclamado su incapacidad para controlar la oleada de inmigrantes ilegales del otro lado de la frontera occidental, que azotan las calles y esquinas de las ciudades dominicanas, constituyendo una presencia preocupante y sin frenos legales, desplazando a los mendigos criollos que se ven desbordados por mujeres y niños haitianos, mucho más pobres que los nacionales.

La autoridades se declaran incompetentes hasta para controlar la masiva presencia de niños haitianos en las esquinas de las ciudades, reclamando una limosna de los conductores. Las autoridades esgrimen el argumento que no se pueden violar los derechos de los niños, que si se les ponen las manos los organismos internacionales acusarían al país de racista o esclavista, como es ya lo usual por parte de los grupos haitianófilos.

Hasta algunos legisladores haitianos protestan y repudian el que el Presidente dominicano pida por ellos en los cónclaves internacionales. Ellos se lamentan de que ese tipo de petición emane de un dominicano, lo cual revela su enraizado rechazo a los habitantes orientales de la isla.

Y los dominicanos tenemos en Haití nuestra mayor preocupación, muy por encima del galopante aumento de los precios del petróleo, el encarecimiento de todo lo que se transporta, afectando el valor de los alimentos, que deben ser compartidos en gran parte con los vecinos occidentales de la isla, aparte de lo que consumen los cuatro millones de turistas que anualmente visitan el país.

La presencia masiva de haitianos, que huyen de la pobreza y hambre en su territorio y con escasas oportunidades para sobrevivir, obliga a que los sectores nacionales responsables enfrenten con decisión una situación que ahora se deja pasar alegremente, ya que la mano de obra haitiana es indispensable en la industria de la construcción y en la agricultura, pero llegará el día, no muy lejano, que estaremos arropados por el manto de una raza que no piensa arrojarse al mar, sino que avanzará hacia oriente para sobrevivir e implantar por la fuerza, a la que los dominicanos tendrán que ceder parte de su derechos.

Las autoridades están de manos atadas frente a la oleada de inmigración ilegal. No hay decisiones políticas responsables que eviten un colapso de la nacionalidad, que si bien se tardaría algunos años, el grito de alerta de los principales haitianofóbos del patio no se hace oír, y no sería un grito de quimera de gente que no asimilan la evolución de la humanidad.

Y eso que la Unión Europea está señalando el camino de lo quiere hacer con los inmigrantes ilegales, y por igual los norteamericanos, acosando a los ilegales mejicanos y centroamericanos, construyendo un elevado muro en su frontera, pero ¡cuidado! Si los dominicanos pretenden hacer prevalecer su derecho de evitar la invasión a su territorio de miles de ilegales occidentales, como ocurre abiertamente desde hace años.

Pie

Wilson Morfe