La inmortal esperanza

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Un pueblo con una débil memoria  histórica con frecuencia  se ve compelido  a  repetir los errores del pasado. Un marciano diría con justa y sobrada razón que los dominicanos, aún tropezando de nuevo con la  misma  piedra, no aprendemos  a levantar los pies.

Más de mil seiscientos muertos sometidos a igual número de autopsias registradas en el Instituto Nacional de Patología Forense en el año 2009 nos han enseñado muy poco. De enero a diciembre matamos a balazos limpios a jóvenes desclasados, excluidos de las aulas y lanzados a  las  calles para que al graduarse de delincuentes  recibieran como premio de investidura una inyección de plomo. Los administradores de la  metálica cura están lejos  de comprender que esa forma  de terapia impopular lo que hace es empeorar  el enfermo cuerpo de la nación.

Vivimos amolando y siempre embotados, las herramientas lucen oxidadas y obsoletas. Seguimos recibiendo centenares de criollos repatriados desde el territorio norteamericano. Esos jóvenes vienen a engrosar las filas de los desocupados que de por si representan una cifra que mete miedo. No tenemos la capacidad logística para manejar esos muchachos recién egresados de la cárcel. Tan pesada carga nos llega en el peor de los momentos. La tasa de desempleo agrava los niveles de pobreza que crónicamente venimos padeciendo. El lavado de capitales procedentes del narcotráfico ya ha dejado de ser noticia en este desventurado país, a excepción de los trágicos titulares de ajustes de cuenta, asesinatos por encargo y combates entre capos y pandillas ligados al mundo de las drogas.

La mítica Atenas del nuevo mundo, la  tierra que amó Colón, el suelo de la india Anacaona, el territorio donde sembraron la semilla de sus ideales Juan Pablo Duarte, Gregorio Luperón y Juan Bosch, es hoy terreno del que huyen miles de dominicanos espantados por la miseria, la inseguridad y un futuro tenebroso e incierto.  Solamente  unos contados poderosos ricos de nuevo cuño se rompen la cabeza tratando de encontrar dónde y cómo gastar los pingües beneficios que extraen con facilidad de las arcas nacionales. Por más que insistamos en negarlo, no deja de ser cierto, que aún falta demasiado para acercarnos a niveles aceptables de educación y salud para los pobres, que son mayoría nacional.

El atraso cultural, en término general, es bochornoso y lamentable. El desconocimiento de nuestros valores, el irrespeto a las leyes y buenas costumbres, conjuntamente con la masiva  invasión de modelos importados, pintan una panorámica que a cualquiera le pone los pelos  de punta. Para el manejo inmediato de tan delicada situación  solo se prevé más de lo mismo. Las medidas  de emergencia y los parches transitorios evidencian la improvisación y no la planificación como conducta.

Sin embargo, a pesar de los pesares, los sinsabores y las desilusiones hay algo que no debe ni puede morir. Se trata nada más y nada menos que de la imborrable y dulce esperanza en un mañana mejor cargado de decoro y dignidad. Nadie podrá impedir el triunfo final de los principios que nos legaran los fundadores de la patria. Por algo sentenció sabiamente Juan Bosch: nunca es más negra la noche que cuando va a amanecer.