La interceptación de los suministros del enemigo

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El mantenimiento del control de las ciudades del Sur y del Este del país por parte de los anexionistas criollos y extranjeros, conllevaba el envío desde Santo Domingo de los suministros necesarios para abastecer a las tropas que estaban en dichas poblaciones, y fue precisamente el ataque a los convoyes que por tierra se les llevaba la principal actividad bélica de los restauradores, a partir de su fracaso en La Sabana de San Pedro el 23 de enero de 1864.
La misma se hacía bloqueando el camino con árboles gruesos y trincheras. Al acercarse el convoy, desde los bosques les disparaban a la vanguardia, al centro y a la retaguardia. Los españoles tenían una caballería que escoltaba al convoy, la que se desplazaba hacia el lugar donde el fuego enemigo era más nutrido. Hacían disparos de granadas y metralla seguidos de una carga a la bayoneta, por lo que los guerrilleros se dispersaban hacia los bosques.
En estas escaramuzas había unos pocos españoles y criollos anexionistas muertos y heridos, pero eso sucedía diariamente y en diversos lugares de la geografía nacional.
Por su parte, cuando los restauradores se internaban en la espesura de los bosques, se llevaban sus bajas. El no poder ver a quiénes habían matado o herido, constituía un factor desmoralizante para las tropas anexionistas criollas y españolas.
El problema fundamental que el Alto Mando español tenía que resolver día por día, era la manera de hacer llegar los suministros a las muchas tropas reunidas en los campamentos, a veces situados en zonas donde se producían muy pocos comestibles.
Para las que se encontraban en el Este, había dos rutas; una por la vía acuática usando vapores desde Santo Domingo hasta donde estaba la barca de Santa Cruz, San Pedro de Macorís, y luego hasta la desembocadura del río Soco, a unos diez kilómetros en el camino hacia La Romana, para desde allí navegar por dicho río a Guasa (hoy Ramón Santana) y después ir por tierra a Hato Mayor y a El Seibo.
En la desembocadura del Soco había un puerto de embarque y un lugar de descanso para los caballos.
La otra ruta era todo el tiempo por tierra: Santo Domingo, Guerra, Los Llanos, Hato Mayor y El Seibo.
Las tropas que se encontraban en Samaná eran abastecidas por medio de barcos de guerra.
Las acantonadas en Guanuma y Monte Plata lo eran con suministros llevados por vapores por el río Ozama hasta el paso del Yabacao y desde allí a Guanuma o a Monte Plata. Los vapores utilizados en las diversas rutas eran hostigados con disparos hechos por los restauradores.
Las ciudades costeras del Sur eran abastecidas tanto por la vía marítima como por la terrestre.
En el transporte por tierra se empleaban mulas, las que acarreaban principalmente municiones, arroz, tocino, galleta, sal, azúcar, café, manteca y raciones de legumbres secas, guisadas o cocidas. Pero las continuas lluvias y la escasez de animales de carga dificultaban el aprovisionamiento.
El problema fundamental de los restauradores era conseguir las armas y las municiones, no la comida, porque la mayoría eran hombres del campo habituados a alimentarse de lo que producían las zonas rurales circundantes, y en los campamentos restauradores generalmente no se concentraban grandes cantidades de combatientes.
En las Islas Turcas los patriotas canjeaban tabaco pagado por el Gobierno Restaurador a los cosecheros cibaeños con papel moneda por cañones y fusiles, y en el norte de Haití por sal, e igualmente con pólvora y plomo, con los que en Santiago se hacían balas. Los restauradores liderados por el general Cabral en el Sur pasaban la frontera para intercambiar reses y bestias de carga por municiones a los haitianos.
Siempre el restaurador estuvo peor armado que el español y carente de municiones. En Puerto Plata, donde los patriotas enfrentaron a las tropas ibéricas en una sangrienta guerra de trincheras, había patriotas con solamente tres cartuchos, según lo relatado por dos soldados del regimiento de la Coronafugados del campamento rebelde en Puerto Plata en enero de 1864.
Los restauradores combatían con machetes y fusiles viejos, y los españoles con otros muy modernos en su época. Además, contaban con cañones que utilizaron en la defensa de Puerto Plata y la retoma de Monte Cristi.
Al estar la zona fronteriza bajo el control de los restauradores, se les hacía imposible a los españoles impedir el tráfico de armas y municiones por tierra, por lo que concentraron sus esfuerzos en tratar de localizar y destruir los almacenes en la zona costera de Puerto Plata y Monte Cristi, en los que los patriotas criollos guardaban el tabaco para fines de canje en las Islas Turcas, como también las pequeñas embarcaciones que iban y venían entre la costa norte dominicana y dichas islas, las cuales eran posesiones inglesas en esa época.
Las Islas Turcas eran una colonia británica. Sus autoridades nunca hicieron nada para impedir el canje de tabaco por cañones que tenía lugar en su territorio. Y la marina de guerra española nunca se atrevió a emprender acciones bélicas dentro de las aguas marítimas bajo soberanía británica, como lo demuestra el hecho que el buque de guerra español África trató de interceptar en alta mar la goleta inglesa Gold Munster, en la que Duarte y cuatro compañeros se habían embarcado en La Guaira, Venezuela. La persecución cesó cuando la embarcación llegó a la zona marítima bajo jurisdicción inglesa.
Las fragatas con lanchas cañoneras utilizadas por los militares españoles en la intercesión de pequeñas embarcaciones sospechosas del contrabando de armas y municiones eran también usadas para lanzarles granadas a los restauradores que hostigaban las fortalezas y los campamentos en Samaná y Puerto Plata.
Los españoles fracasaron en sus tentativas de cortar las líneas de suministros de los restauradores y evitar que estos hostigasen sus convoyes, sus vapores y sus cuarteles, fuertes, fortalezas y campamentos, porque el Ejército español estaba preparado únicamente para una guerra regular, y no supo adaptarse a la guerra de guerrillas que los restauradores emplearon como método de lucha.