La inversión del 4% debe seguir, con o sin contar con pruebas Pisa

Estudiantes/ Foto Pedro Sosa
Estudiantes/ Foto Pedro Sosa

Las pruebas Pisa acaban de medir-no descubrir- el bajo nivel educativo de la población dominicana. Siendo honestos, antes de las pruebas pocos dominicanos hubieran esperado un resultado mejor al obtenido. La falta de sorpresa no disminuye la tristeza y la frustración de ser un país tan poco educado. Pero no podemos perder por ello ni la objetividad ni la ilusión.
Las preguntas que están en boca de todos son: ¿Cómo es posible que se hayan gastado tantos millones de pesos en educación y nuestros resultados sean tan bajos?; ¿Estamos tirando el dinero a la basura?; ¿Debe el gobierno gastar menos en el sector?;¿puede el gobierno gastar más eficientemente el dinero destinado a educación?; ¿es la ADP el otro brazo de “los dueños del país”. Al final del artículo propongo otras preguntas. Quedemos con estas por ahora.
Cuando se inauguró como presidente en su primer mandato, Danilo Medina confirmó y ha cumplido, que su administración iba a asumir la demanda popular de que el gobierno gastara el equivalente al 4% del PIB en educación, lo que equivale a más de un cuarto del presupuesto nacional. Esto debe ser reconocido y aplaudido, aunque haya otras cosas que criticar.
Debemos recordar que el gobierno anterior, ante nuestras sombrillas amarillas, asumió una postura publica y militante para señalar que “tanto gasto” era innecesario, por más que el informe Atali lo resaltara hasta la saciedad. Y ni hablar de que nunca, nunca, se han dedicado recursos significativos al sector.
Partiendo de donde estamos, sacar notas razonables en una prueba como PISA es cuestión de 30 años, haciendo las cosas bien y con suerte. Y por supuesto, dedicando por todos estos años el 4% del PIB a la educación.
Una primera fase, en la que ya estamos, es crear las bases para que las aulas puedan ser poco más que almacenes de niños: esta fase exige 1) hacer aulas, muchas aulas, para que quepan sin hacinamiento todos los estudiantes; 2) aumentar el número de horas que el niño pasa en la escuela – lo que ha venido a llamarse “tanda extendida”- aunque debería llamarse tanda y ser el estándar; 3) suplir los alimentos que los niños no consiguen en el hogar y al mismo tiempo utilizar estos alimentos como anzuelo para que los padres se motiven a enviar a los niños a la escuela; 4) mejorar la calidad de los maestros para que el tiempo que el niño pasa en el aula sirva para su formación ya que quien tuvo una mala primaria no se recupera jamás, por más años que pase en la escuela; 5) asociar a los padres al proceso, con creación de empleo formal y ausencia de crisis económicas, para que puedan ver la importancia de la educación de sus hijos, saliendo de este “túnel mental” que pone toda la atención en sobrevivir.
La segunda fase puede tomar – si todo se hace bien- entre dos a cuatro décadas y consiste en profundizar las inversiones de la primera fase para mejorar la condición de los padres, de las aulas, y sobre todo de los maestros (ADP de por medio), y consistirá en ir sacando de las aulas (graduando) bachilleres cada vez mejores. El niño que entra hoy en primaria y que se gradúa en 2032 tendrá el mismo nivel PISA que tenemos hoy, pues está garantizado que su primaria será muy deficiente.
El gobierno actual ha actuado sobre los retos de construir aulas, extender la tanda escolar y proveer alimentos y un poco, en mejorar la condición de vida de los maestros, relativamente bien. No lo ha hecho en cuanto enfrentar a la ADP, una institución tan fuerte que permite que un expresidente de la ADP sea hoy el presidente de la Cámara de Diputados.

Esta tarea será responsabilidad del próximo gobierno y hasta que no se resuelva, no puede empezar “la fase dos”. Me gustaría ver en los planes de los candidatos cómo piensan enfrentar el problema, pero no me ilusiono. Me gustaría ver que responden a dos preguntas: 1) ¿cuánto dinero público y de forma transparente (además de capital político, que pagarán con pérdida de votos y popularidad) van a destinar a vencer los intereses y la gran fuerza del sindicato de maestros (ADP) y de la burocracia rentista? Y 2) cuanto pueden desmontar de las redes sociales de protección (empleo público supernumerario, corrupción y programas como Solidaridad), ya que estos coinciden con la estructura de clientelismo que tanto pesa en las elecciones… y aun así garantizar la presencia de niños en la escuela.
Por último, queda la pregunta del millón: ¿podremos gobierno y empresarios cambiar la estructura económica del país? Porque lo triste es que el mercado absorbe a estos estudiantes de bajo nivel y – seamos sinceros -no sufre por la ausencia de bachilleres capacitados. De no cambiar, estaríamos exportando un capital humano que no encuentra en el país empleos con salarios para su nivel de capacidad. La respuesta no es fácil, pues la pregunta es del tipo “que fue antes, el huevo o la gallina”. Sin capital humano no hay inversiones que lo necesitan y sin empleos, no hay incentivo para capacitarse. Aun así, tengamos fe y sigamos dedicando el 4% del PIB a la educación.