La irrenunciable mentira literaria

http://hoy.com.do/image/article/32/460x390/0/E8EEEF66-28DD-4390-A574-81581A1587ED.jpeg

POR LEÓN DAVID
Todo literato es un impostor y la literatura será siempre trampa para incautos…, con el agravante de que la víctima del engaño, el lector, accede complaciente, casi con alevosa complicidad, al fraude que contra él mismo se perpetra.

Puede que estas palabras con las que de manera un tanto perentoria doy inicio a mi reflexión disgusten a algunos oídos sensibles y desconcierten a no pocos admiradores de la creación verbal. No me voy, empero, a desdecir. Aunque cueste aceptarlo, la imprudente aseveración que acaba de deslizarse entre estas líneas no me parece discutible.

¿En qué sentido sería engañosa la literatura? ¿Por qué acusar de mendaz al escritor? Ensayemos responder a tan inquietantes preguntas con algo más que agudas evasivas… Parto, antes que nada, del principio –verdadero postulado que reputo por obvio y no susceptible de controversia- de que la creación literaria es, en su esencia, ficción. En la ficción predomina la fantasía, ese poder de la mente que impulsa a engendrar universos insólitos, a inventar hechos, sucesos, personajes, a conformar una nueva realidad que, por familiar que pueda figurársenos, resultará, gústenos o no, de cabo a rabo imaginaria. Y si damos por sentado que la verdad del discurso lingüístico depende de que éste se atenga a la enunciación fiel de los acontecimientos que se nos narran, no podremos por menos que arribar a la conclusión de que la literatura está muy lejos de constituir –su manía hiperbólica y adulteradora nos lo confirma- paradigma de exactitud o de objetividad.

No creo, pongámoslo por vía de ejemplo, que sea muy útil lanzarnos a rastrear por la inhóspita meseta castellana, a la manera de Unamuno, las huellas del Quijote; ni tampoco me luce oportuno ni redituable que nos empeñemos en hallar la tumba de Aquiles o de ubicar el lugar donde por vez primera Romeo y Julieta se dieron cita… Es notorio que don Alonso Quijano nunca cabalgó sobre Rocinante, que no hubo villano de carne y hueso apodado Sancho Panza que ínsulas remotas soñase gobernar, que el colérico hijo de Tetis y Peleo, si en algún sitio habitó fue en la mente de Homero y de sus contemporáneos, que jamás pudo Romeo abrazar a Julieta salvo en el escenario de los teatros valiéndose de los maquillados gestos del histrión…

En otras palabras, la literatura nada tiene que ver con la verdad histórica ni extrae su valor de que los hechos que cuenta hayan realmente sucedido. El mundo fáctico, el que investigan, cada una a su modo, las diferentes disciplinas científicas ofrece, a no dudarlo, la materia prima que será transfigurada en arte por el numen del creador. Mas semejante proceso artístico es, al mismo tiempo, aventura de liberación y de protesta contra las inaceptables restricciones que la vida diaria impone cual implacable yugo al espíritu humano… Contra las gastadas convenciones, contra los estereotipos, contra los hábitos congelados, contra la desvaída repetición, contra los mecanismos de la inercia, contra las sórdidas pretensiones de la nada y de la muerte combate el auténtico escritor, sustentando con el vuelo de su imaginación la posibilidad irrenunciable a una existencia de más transparentes y acogedores horizontes.

Para negar el mundo donde vive y que no le satisface escribe el literato. Quien se siente absolutamente complacido con el panorama que sus ojos contemplan no tiene por qué tomarse la molestia de inventar orbes ficticios. La mentira del literato nos impacta porque constituye siempre –se percate o no de ello el autor- un desafío a la relajación de la mente y a la indolencia de la sensibilidad. Nos sacude la literatura de nuestra irreprimible tendencia a la modorra vital. Por eso la pluma audaz inquieta, molesta, fustiga…, por eso la sociedad de los mediocres propende a considerar con suspicacia al creador de valía, cuya inconformidad sistemática no puede menos que hacérsele, a más de extemporánea y excéntrica, definitivamente peligrosa.

La imaginación unida al talento ha constituido siempre una amenaza para quien no posee ni talento ni imaginación. La verdad de los hechos históricos jamás ha podido resistir el asalto de la desbordada fantasía. Tarde o temprano los mitos del literato generan nuevos valores; tarde o temprano de los nuevos valores nacen inéditos proyectos; y cuando un proyecto feliz apunta al horizonte, a despecho de lo utópico que pueda parecer, brotan de la tierra sin que sepamos cómo los hombres capaces de hacerlo germinar cambiando el curso de la historia…

El literato es un impostor. Gracias a su maravillosa mentira podemos entrever, allende los muros de nuestra estrecha celda de rutina y opaco embotamiento, un universo espléndido que invita, que convoca, que conmina a soñar.