La justicia mediática: ¿impunidad desde el silencio?

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Uno de los derechos fundamentales que se constituye en pilar de la democracia es la libertad de expresión e información. Anteriormente, y como reseña Rodríguez (2008) este derecho era tratado como libertad de imprenta y luego como libertad de prensa, términos que no abarcan toda la dinámica contemporánea. Aun así, hay que reconocer que la prensa ha sido el soporte de su reconocimiento, independientemente de que pueda ser ejercido por cualquier persona. La prensa es el instrumento democrático por excelencia de la libertad, siendo decisivo para el control de los poderes públicos, tanto así que Burke lo llamó el “cuarto poder”.
Actualmente, los avancen nos hacen hablar de medios masivos de comunicación que cumplen, según Rodríguez Villafañe (2001), con un deber de justicia participativa para con el pueblo, pues una información adecuada es básica para generar una opinión con desarrollo de juicio crítico.

No obstante, suele ocurrir que profesionales de la comunicación, en ejercicio distorsionado, suplantan la función del poder jurisdiccional convirtiéndose en tribunales, a través de lo que se conoce como justicia mediática, la cual, según Esteban Rodríguez (2000) nos habla no solamente de la mediatización de la justicia sino de nuevas formas de administración que no transitan por los canales correctos y que afectan la justicia oficial (Poder Judicial) sea cuestionándola, redefiniéndola o reinstituyéndola en situaciones que desatendía.

Hay quien justifica los casos de intervención mediática (esencialmente en asuntos penales) por la innegable realidad de los hechos de corrupción judicial y de las serias críticas a la credibilidad, por influencia política, que están afectando la legitimidad del juzgador; y lo hacen en procura de que la pantalla, el papel y el micrófono se conviertan en una condena previa a cumplir en la cárcel inmisericorde de la opinión pública.

En todo caso ese accionar es injustificable y las razones de existencia de la injerencia van más allá de esa posición. Rodríguez Villafañe (2001) argumenta que el hecho de que haya jueces que no actúen a la altura de sus responsabilidades, no autoriza a los periodistas a generar un escepticismo en la sociedad sobre el necesario papel que cumple el juez.

Se destaca que la credibilidad y la transparencia son la médula moral del Poder Judicial y que los medios de comunicación inciden, como control, en prevenir la corrupción. Empero, esta función se trastoca, incisivamente, convirtiendo ese control en presión mediática, influyendo, negativamente, en decisiones judiciales que se inclinan reverentes a la voz mediática por miedo a la indestructible sanción de la opinión pública y a otra disciplinaria, ya que ese temor escala al más alto tribunal que, para lucir severo, “castiga” a los suyos, incluso, sin derecho a defensa.

Las causas de la justicia mediática son distintas, se cita el enfrentamiento entre el manejo de procesos judiciales rigurosos y la urgencia del “palo noticioso”. El citado autor es contundente al afirmar que “…el respeto a las garantías individuales, no necesariamente coincide con las urgencias del “rating” radial o televisivo o con el índice de ventas de diarios o revistas” (p. 70).

Esa inmediatez provoca que algunos medios de comunicación se concentren en declarar la culpabilidad o inocencia en los inicios de la investigación. Normalmente, los juzgadores mediáticos desconocen los términos jurídicos o lo tergiversan a sabiendas, confunden o hacen confundir una medida de coerción con una condena; y su seguimiento no sobrepasa la audiencia preliminar o el juicio en primera instancia, ya que la serenidad de lo judicial mata el interés y pasan a cubrir, una vez impuesta la pena mediática, hechos más notorios.

Esto es grave, pues “los verdaderos grandes delincuentes saben que deben soportar el primer embate de la ola noticiosa, que una vez pasada la misma, tal vez nadie se acordará del problema y su causa duerma sin resolverse. La somnolencia de la conciencia colectiva es lo que hay que eliminar con un periodismo que evite impunidades desde el silencio”. (Rodríguez V., 2001, p.70). El buen ejercicio en los medios da un seguimiento constante, nunca calla, nunca deja de observar ni de ejercer el justo control.

En estos momentos, se requiere buscar laanhelada armonía entre la libertad de información y expresión, los derechos de los imputados, el ejercicio ético del periodismo y la imperiosa necesidad de jueces que actúen libres de cualquier presión mediática y política. Para ello hay que alinear los medios de comunicación con su función de control e investigación objetiva, y al sistema judicialcon la credibilidad, transparencia e independencia.